Mientras el gobierno ordenó mantener «bajo perfil» frente a la campaña militar en la que no se cansa de repetir que «no está involucrado», fuentes de inteligencia militar deslizaron que las próximas 24 o 48 horas de ataque aliado serán «críticas» para saber si Israel puede ser blanco de una reacción iraquí. Un ala minoritaria no desecha la hipótesis de que Saddam reserve para el final una ofensiva contra su máximo enemigo en la región. Ambas lecturas reflejan la incertidumbre en que sumió el ataque.
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No fue casual que el primer ministro Ariel Sharon afirmara que Israel «pasará a la ofensiva» si es atacada. Su indisimulado apoyo al ataque aliado elevó también el contraste en esta geografía difícil, donde horas antes la Autoridad Nacional Palestina condenó el bombardeo con la misma virulencia con que pidió el final de «la ocupación israelí de la tierra palestina y árabe».
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Hubo varios sustos durante el día. El primero, cuando Saddam condenó la guerra «promovida por los asesinos sionistas». Fue la primera vez en que el dictador aludió a Israel.
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Vivir con máscaras
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Diez minutos después, el gobierno de Sharon lanzó un nuevo pedido a la población para que no se apartara de sus máscaras antigás. Pero la gente reaccionó como pudo y marcada por lo vivido hace 12 años, en la primera Guerra del Golfo. Así, el poblado de Ramat Gan, cerca de esta ciudad, parecía un pueblo desierto: nada se movía y casi ningún chico fue a clase. «Todavía recuerdo la lluvia de misiles. ¿Cómo pretenden que actuemos como si nada?», dijo una mujer, al borde de una crisis de nervios.
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Muy distintas fueron las primeras 24 horas en Jerusalén. «Me rindo», suspiró la dueña de un puesto en una calle céntrica. Sus manos artríticas llevaban un cuarto de hora forcejeando con las cinco correas de su máscara antigás sin lograr ajustarla. «Si cae un misil, sólo hay cuatro minutos para colocársela; yo jamás podré», dijo, pero no muy inquieta. «Nada pasará aquí, es una Ciudad Santa», aseguró.
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Lo mismo pensó la mayoría de sus habitantes. Casi ninguno acató la orden de desplazarse con las máscaras a cuestas. Entre los dos extremos, los matices empezaban ni bien se abandonaba Jerusalén rumbo a sitios considerados «menos seguros», como Tel Aviv.
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Muchos viajaban pendientes de los informativos y con las máscaras a cuestas, sobre todo los más jóvenes. «No es tan molesta, es mejor tenerla cerca y, además, no me dejan entrar a clase sin ella», dijo Saúl.
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Otro de los sustos del día ocurrió al sonar la advertencia de ataque enemigo en una batería antimisiles, cerca de la ciudad de Pamlahin. «Fue una falsa alarma», dijo el oficial a cargo.
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Entre sustos y sirenas, muchos israelíes se esfuerzan por actuar como si nada ocurriera. En Tel Aviv se ofrecen funciones de teatro a las que pocos asisten y la mayoría de los comercios abren sus puertas, desesperados por algún cliente que active sus cuentas en baja. Pero lo que más se ha vendido en los últimos días fueron cintas y aislantes de plástico para instalar cuartos antibacteriológicos en las viviendas.
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Ese mismo miedo causó ya cinco hospitalizados por inyectarse la fuerte medicación antibacteriológica que acompaña la máscara antigás. Se trata de una ampolla de atropina -una droga para contrarrestar los efectos del gas mostaza- que tiene graves efectos colaterales. Aunque el gobierno insista en que no participa en esta guerra, Israel no puede sustraerse de ella.
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Por Silvia Pisani
La Nacion
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