Inicio NOTICIAS El músico de Varsovia

El músico de Varsovia

Por
0 Comentarios

El último día de enero de 1933, Klaus Mann, el hijo del célebre novelista Thomas Mann, anotó en su diario personal la siguiente profecía: «Cuando Hitler fue nombrado canciller del Reich, Alemania se transformó en el país de las posibilidades ilimitadas». Nadie, sin embargo, sospechaba hasta qué punto esas posibilidades se emparentaban con lo terrible. En el último film de Roman Polanski, El pianista, película que tuve la oportunidad de ver hace unos días como anticipo de su próxima presentación comercial, la condición de lo ilimitado encarna y se multiplica en la perfecta construcción del mal. Un mal planificado, arquitectónico, pensado como un programa de vida a partir de la muerte.
.
La historia es simple y aplastante, y también poderosamente atractiva. Estamos en Varsovia en 1939 y los nazis acaban de ocupar Polonia. Las familias judías empiezan a sentir el alarmante e insidioso clamor de un antisemitismo estructural y burocrático. Prohibiciones absurdas, casi irrisorias y por lo tanto inadmisibles se difunden por la radio y los periódicos: a los judíos ya no les está permitido pasear por los parques o sentarse en los bancos públicos; tampoco podrán acceder a la Ópera o a un cierto número de restaurantes. Lenta, aunque no tan lentamente, vemos de qué modo sutil la «normalidad» se desliza hacia el oscuro campo de lo anómalo, donde prevalecen las peores aberraciones y la enajenación más total. En poco más de un mes, dejan de existir las garantías civiles y no se admite a los judíos en los empleos públicos, pronto tampoco en los privados. Una marca ominosa los señala: ya es obligatorio el brazalete con la estrella de David. Se racionarán sus alimentos y no podrán gastar su dinero con la libertad con que lo hacían antes. En muy poco tiempo más, ni siquiera tendrán dinero: todo les será confiscado. Surge entonces el gueto cercado por un muro de ladrillos y hay que habituarse a caminar entre cadáveres que se pudren en las veredas.
.
En las garras del hambre
.
.
El núcleo central del film enfoca la peripecia de un hombre cuya familia –los padres y tres hermanos– es deportada para morir en un campo de exterminio. El hombre es un joven de veintisiete años, Wladislaw Szpilman, pianista en la Radio de Varsovia, a quien «las manos del destino» le ahorran una muerte segura para lanzarlo a una supervivencia solitaria bajo la tensión de condiciones infrahumanas.
.
Szpilman había nacido en 1911 en Varsovia, la ciudad donde murió casi a los noventa años, en junio de 2000. Al terminar la guerra, el músico volvió a la radio e interpretó una vez más a Chopin, prohibido por los nazis debido a su carácter nacionalista. En 1946, convencido de que la única respuesta contra el anatema que pretendía erradicar a los judíos de la memoria humana era escribir su propia aventura de sobreviviente y prófugo oculto en la misma Varsovia ocupada y bombardeada, produjo sus memorias bajo el título de La muerte en la ciudad.
.
El libro tiene dos méritos indiscutibles. El primero, aunque no el más importante, es que se trata de una obra testimonial escrita inmediatamente después de los acontecimientos padecidos por el protagonista. El segundo es su curioso valor literario, basado en la llaneza de su estilo acrítico, despojado de toda emoción contaminante y directamente descriptivo. Szpilman, el músico, narra objetivamente todo cuanto vio y padeció mientras estuvo obligado a vivir, como otros miles de judíos, en la miserable estrechez del gueto de Varsovia, y luego, cuando logra escapar de él, en los escondites que le facilitan polacos resistentes de la red clandestina, refugios que, curiosamente, nunca están fuera del radio urbano y uno de ellos, como si se tratara de una paradoja cruel, queda precisamente enfrente de los muros del gueto.
.
Lo llamativo de este relato (y vale igualmente para el film que a partir de él logró Polanski) es que Szpilman jamás acusa; ni siquiera es la suya una narración sobre la Shoah o sobre el propio gueto. Hablando de sí mismo y del mundo que lo rodea, el autor traza la memoria viva de la condición humana llevada a los extremos de la sordidez y la abyección, donde la humillación, el hambre y la muerte son los elementos corrientes de la vida diaria.
.
Las permanentes e increíbles atrocidades cometidas por alemanes, lituanos, ucranianos y también por los policías judíos y polacos reclutados por los nazis para vigilar, hostigar y asesinar a sus propios compatriotas reducen a migajas nuestra «normal» capacidad de juicio. Estos méritos políticamente incorrectos hicieron que las autoridades comunistas de Polonia descartaran la publicación del libro por encontrarlo «poco viable e instructivo». Szpilman debió esperar cincuenta y dos años para verlo al fin editado. Roman Polanski, por su lado y similarmente, debió aguardar hasta sus sesenta y seis años antes de dar con un libro que le facilitara hacer la película que se debía a sí mismo desde siempre. Como Szpilman, en la misma época y en la misma ciudad tomada, arrasada y humillada, Polanski, solo a los cinco años de edad, pudo sobrevivir hasta el fin de la guerra como un chico perdido en manos del azar. Esta historia, ha dicho en Cannes el año pasado cuando lo honraron con la Palma de Oro, es también su historia.
.
Es asombroso asistir, tanto en el libro como en el film, a la casi desintegración del protagonista. Lentamente, el orgulloso y refinado joven Wladislaw Szpilman va siendo objeto de una metamorfosis radical: solo, aislado bajo llave en un departamento desde cuya ventana observa la sublevación armada del gueto en abril y mayo de 1943, y presencia el final de los resistentes y el bombardeo que reduce a ruinas ese lugar de oprobio, con escasos alimentos perecederos, enfermo de hambre, sucio y enflaquecido, se alza sobre la muerte arrastrándose como una bestia. Por ese entonces, ¿ qué es el arte para él? Tan sólo la memoria delirante de un compás imaginario, de unos acordes que suenan en el vacío de la mente mientras se le achica el estómago y lo dobla el dolor.
.
La salvación por el arte
.
.
Si este final hubiese sido planeado por la imaginación de un novelista, habría motivos suficientes para sospechar de sus intenciones «conciliatorias» en pos de lo mejor de la naturaleza humana, contra y por encima de las obtusas distorsiones ideológicas. Pero Szpilman no inventaba nada, tal vez porque reservaba su potencial creativo para aplicarlo a la música y porque jamás se propuso ser novelista. Obstinado en narrar los hechos, nos hace saber que en la última etapa de su vida como prófugo oculto, fue a parar, sin saberlo, a la buhardilla fuera de uso de un edificio en ruinas, utilizado como cuartel por un destacamento del ejército ocupante, en la ciudad reducida a escombros tras lo bombardeos de los últimos meses de la guerra.
.
Y es allí donde lo descubre un militar de la Wehrmacht, el oficial Wilm Hosenfeld, que, sorprendido ante la presencia de aquel fantasma harapiento y tembloroso que ha salido de su cueva porque el hambre lo empuja, le pregunta qué hace y quién es. Cuando Szpilman responde que es músico, Hosenfeld le ordena que toque en un piano desafinado que hay en la sala. Es el momento mágico, Szpilman encara el teclado con sus dedos oscuros de roña y despacio, como si retrocediera en el tiempo, recupera sus dones e interpreta a Chopin. El oficial alemán lo escucha en silencio y cuando concluye le ofrece comida y abrigo y le pide que vuelva a ocultarse. Una vez más, la mano del destino lo arranca de la historia mediante el salvoconducto del arte. El pianista de Varsovia vivirá para contarlo, el oficial Hosenfeld morirá siete años más tarde en un campo de concentración soviético.
.
Szpilman, como ya dijimos, murió el 22 de junio del año 2000 después de haber aceptado que el director de cine Roman Polanski transformara su libro Muerte en la ciudad, de 1946, en la película El pianista. Lamentablemente, no pudo verla y apenas si pudo ver su propio libro editado por primera vez en 1998. Szpilman, director de la Radio de Varsovia, era un agradable anciano de ochenta y ocho años que gozaba en su país y en el resto de Europa de un merecido prestigio artístico.
.
Por Rodolfo Rabanal La Nacion
.
.

También te puede interesar

Este sitio utiliza cookies para mejorar la experiencia de usuario. Aceptar Ver más