A menos de dos años de las últimas elecciones y tres meses después de desmembrado el gobierno de Ariel Sharon, la ciudadanía israelí vuelve a las urnas.
Las encuestas, que por más profesionales que sean, no constituyen ciencia exacta-, muestran que el partido del actual primer ministro, Ariel Sharon, se perfila como ganador, con un margen amplio de ventaja.
Quien es considerado su principal adversario, el partido laborista, encabezado por Amram Mitzna, parecía estos días correr el riesgo de no sólo verse reducido, sino de quedar relegado al tercer puesto.
Paz y seguridad
Sharon no quiere hablar de paz mientras no se resuelva la violencia.
Como casi siempre, la sensación es que los israelíes van a votar teniendo en cuenta, ante todo, temas de «paz y seguridad».
Tras dos años en el gobierno, está claro que Ariel Sharon se opone totalmente a negociar bajo fuego, pide vencer primero a lo que considera terrorismo y recién después volver a la mesa de conversaciones con los palestinos.
Mientras que el laborista Mitzna sostiene que precisamente para derrotar en forma efectiva la violencia, paralelamente a la lucha contra los atentados es imperioso negociar, trata de llegar a un acuerdo.
Si bien es consciente de la difícil situación económica, de las grietas sociales y la aguda polémica sobre las relaciones entre la mayoría secular y la minoría religiosa ultraortodoxa, al colocar el voto en la urna, el israelí parece pensar más en el conflicto con los palestinos, y el modo en que esto influye en su vida y la de su familia.
Aunque de por medio también hay elementos como votos «emocionales» y «tradicionales», cuyo mejor ejemplo es el fenómeno existente en parte del electorado del Likud: numerosos miembros del partido, aunque decepcionados y molestos por las investigaciones policiales por supuesta corrupción, aclaran que también ahora votarán por esta agrupación política, «porque el hogar nunca se abandona».

