A una semana de las elecciones generales del 28 de enero, pareciera que nada le puede impedir a Ariel Sharon una cómoda victoria. Como haciendo alusión al refrán israelí que dice «No me confundas con hechos reales», los israelíes no parecen impresionarse por las estadísticas que hablan de los dos últimos años como los peores en el plano económico desde el ano 1953, en lo que se refiere a la creciente desocupación, el cierre de miles de comercios y empresas y otros signos de la depresión. Los israelíes tampoco parecen influidos por el incumplimiento de las promesas de Sharon de lograr paz y seguridad ni por las investigaciones policiales acerca de la corrupción en su partido, entre sus allegados, su familia y contra su propia persona.
A pesar de las sospechas que pesan sobre él, Sharon se mantuvo en el cargo y probablemente ganará holgadamente las elecciones, aún cuando sea muy probable que la justicia israelí fuerce su renuncia poco tiempo después. Esto ocurrirá cuando las sospechas se conviertan en pruebas presentadas ante el juzgado israelí, la institución que hasta hoy se demostró como la más limpia de la sociedad israelí.
Pero al día de hoy, y habiéndose ya estabilizado las preferencias electorales de la mayoría del electorado israelí, aparentemente Sharon acrecentaría el número de parlamentarios de su partido, el Likud, de 19 a 32 bancas, mientras que el laborismo lograría apenas unas 21. Estos resultados le permitirían al premier formar un gobierno junto con la ultraderecha y los partidos religiosos —que de antemano le aseguran su apoyo— alcanzando una mayoría de por lo menos 65 de los 120 miembros del Parlamento israelí. De ser así, podrá prescindir del laborismo y de figuras como Shimon Peres como virtual legitimador de sus acciones, o —en su defecto— forzar su incorporación en peores condiciones que las del recientemente disuelto gobierno de coalición nacional.
«De haber salido del gobierno de unidad un año atrás, estaríamos ahora a la cabeza de los sondeos de opinión» afirma Amram Mitzna, el nuevo jefe del laborismo, quien, con sus posiciones pacifistas, se constituyó por unas semanas en la esperanza de la izquierda israelí. Hoy, sólo un milagro impedirá que sea derrocado también dentro de su partido, luego de las elecciones, por quienes desean volver al gobierno de Sharon «aunque sea de rodillas», al decir de los allegados del propio Mitzna. Así, resulta que los más fieles a Mitzna y a su compromiso de retorno a la mesa de conversaciones con los palestinos y de dar término a la asfixiante relación con el Likud de Sharon, son los miembros del frente de izquierda Meretz, y no la dirigencia de su propio partido.
Sharon, a quien se le comprobó que en las elecciones internas de 1999 recibió donaciones ilegales, cuenta en esta vuelta con fuentes de apoyo que valen millones. La más importante: el irrestricto apoyo de George Bush, que no lo presiona a flexibilizar sus duras posiciones con los palestinos, a pesar de serles incómodas para la formación de una coalición antiiraquí.

