Inicio NOTICIAS Cohetes sobre sus cabezas
La muerte viene del cielo

Cohetes sobre sus cabezas
La muerte viene del cielo

Por
0 Comentario

Por JOAN CAÑETE BAYLE-.Hakmat al Mugrabi, una abuela palestina, clama: «Les limpiaba la cara, pero la sangre no dejaba de manar. Tenían sangre en la cara, en el cuerpo. Y yo les limpiaba. Mi hijo era joven. Los niños tenían 13 y 4 años. ¿Qué quiere Israel de nosotros? ¿Dónde está Bush? ¿Dónde está el mundo?».

Yosi Cohen, asistente del Ayuntamiento israelí de Sderot, muestra con gesto crispado un panel con fotografías en la sala de reuniones municipal. Una quincena de rostros. Varios niños. Tres de los pequeños están muertos. «¿Qué harían en Madrid si les cayeran en tres días 68 cohetes sobre sus cabezas? Todo el mundo habla de las muertes en Gaza y a nosotros nadie nos hace caso. ¿Dónde están Solana y Annan?», pregunta.

El sufrimiento y el dolor va por barrios, y muy pocas veces las víctimas son capaces de ponerse en la piel de los que sufren en el otro lado del conflicto. La ciudad israelí Sderot y la palestina Beit Janún pueden verse entre ellas a simple vista. La dos ciudades simbolizan el nuevo capítulo en el que ha entrado la Intifada. Antes eran atentados suicidas y tanques. Ahora la muerte viene del cielo.
El Periodico de Aragon

La caza del Qasam

En Sderot caen los cohetes artesanales Qasam, algún Katiusha y algún mortero disparados desde la zona de Beit Janún. Cinco israelís han muerto desde que las milicias palestinas desarrollaron este rudimentario cohete artesanal sin sistema de dirección y con escasa potencia poco después de que en el 2000 empezara la Intifada. En Beit Janún, su ciudad gemela, Beit Lahia, y el resto de Gaza cae el fuego de artillería pesada disparado desde tierra y mar y los misiles de helicópteros y de aviones no tripulados con los que Israel ha emprendido la caza del Qasam. En el último mes, solo en Beit Janún han muerto 15 personas.

«Sé que en Sderot están sufriendo, pero nosotros sufrimos más. La población de Sderot tiene responsabilidad sobre su Gobierno. No tienen derecho a vivir en paz cuando nosotros estamos bajo su artillería. Ellos tendrán paz cuando nosotros tengamos paz», argumenta Hamán al Qajarna, empleado de la Universidad Al Quds y padre de nueve hijos. Hamán vive en el barrio de Al Ammad de Beit Janún, situado junto a la zona de nadie en la que Israel ha convertido ese lugar desde donde los milicianos disparan los Qasam.

Hay poca esperanza en Al Ammad y mucho miedo. «Los bombardeos de la artillería empiezan al caer el sol y duran toda la noche, aunque algunas veces también disparan de día, como ocurrió en la playa de Beit Lahia», explica Hamán. Muchos de los 20.000 habitantes de Beit Janún viven de la agricultura en unos campos ahora abandonados porque pisarlos supone arriesgarse a sufrir un bombardeo. Los Al Qajarna están construyendo un muro junto a su casa para protegerse, aun a sabiendas de que «los ladrillos son inútiles contra la artillería», y, como muchos vecinos, han colocado banderas blancas en sus tejados para que el Ejército israelí no les dispare. «Yo ya no sé qué decirles a mis hijos. No duermen, y están asustados», dice Hamán.

Niños aterrados por la sirena

«Mis hijos tienen pánico. No pueden ir a la escuela y, cuando oyen la sirena, se esconden aterrorizados». La sirena a la que se refiere la israelí Sima Hadad, de 33 años y madre de tres hijos, es el sistema que Israel ha puesto en marcha en Sderot. Cuando las sirenas instaladas en las sinagogas ululan, significa que un Qasam está a punto de caer. «Entonces nos escondemos, hasta que oímos el ruido y sabemos que no nos ha tocado», dice Sima. Y añade: «Esto no es vida, es insoportable».

Desde que el 9 de junio el brazo armado de Hamás rompiera 16 meses de tregua tras la tragedia de la playa de Beit Lahia, han caído en esta ciudad de 23.000 habitantes más de un centenar de Qasam, que han causado un herido grave y daños materiales. Pero el mayor efecto de los Qasam es el psicológico. «Estamos obsesionados con los Qasam. Solo pensamos en ellos. No podemos irnos porque nadie quiere vivir aquí, nadie compra las casas», cuenta Sima, indignada. La decena de escuelas y los 35 jardines de infancia de Sderot permanecen cerrados. Más de 3.000 estudiantes se han quedado en sus casas.

En el lado palestino, Hamán afirma: «Muchos de nosotros hemos dejado de ir a trabajar porque tenemos miedo de dejar solas a nuestras familias en casa. Un sobrino mío quedó paralítico por un misil. Es un caso sin esperanza. Si usted lo viera, no odiaría solo a Israel, sino a toda la comunidad internacional, que no hace nada». Hamán es de los vecinos de Beit Janún que se han enfrentado, incluso a tiros, con milicianos que se disponían a disparar Qasam, aunque admite: «Si viviera en otro lugar que no sufriera las represalias israelís, estaría a favor de lanzar Qasam». ¿Por qué? «Porque lo que ocurre forma parte de la estrategia israelí, de la ocupación de nuestra tierra. Lo que quieren es que nos vayamos».

«No se puede negociar con los árabes. Lo dicen vecinos nuestros que los conocen bien, que vienen de Marruecos y de Argelia. Lo único que entienden es la mano dura», dice Sima, uno de los 10 habitantes de Sderot que ha iniciado una huelga de hambre frente a la casa del ministro de Defensa, Amir Peretz, para exigir soluciones a los Qasam. «El Gobierno tiene que escoger entre Sderot y Beit Janún», exige Yosi. «Hay que reocuparlo y mover a la gente para que los Qasam no lleguen hasta aquí». Sima sentencia: «Queremos paz y seguridad. Y si hay que borrar del mapa a Beit Janún, pues se hace. Es la única solución».

El palestino Hamán mueve la cabeza tristemente. «No nos preocupa una ocupación israelí. Nos bombardean cada día, no sé qué es peor», dice. «Lo que Israel no entiende es que la mano dura solo conlleva que se disparen más Qasam. Da la excusa y el apoyo popular necesario a los milicianos».

Protagonistas de un diálogo imposible, manchado de sangre y resentimiento, Sderot y Beit Janún no ven que viven vidas paralelas. Ambas son ciudades pobres y víctimas de un juego mucho mayor. «Los que acabamos sufriendo somos gente inocente. Esto es un sucio juego político, en el que Israel tiene la mayor parte de culpa», reflexiona Hamán.

«Nosotros somos tan inocentes como ellos en Gaza, y nadie nos hace caso», se queja Sima, incapaz de apreciar el dolor ajeno.

Hamán acepta las comparaciones, pero solo hasta cierto punto. «Estoy de acuerdo en que ellos también sufren. Pero, mire, a veces los milicianos controlan mal los Qasam y caen en Beit Janún. Sé lo que es un Qasam y sé lo que es el fuego de artillería y un misil de un helicóptero. Y hay cosas que no pueden compararse».

También te puede interesar

Este sitio utiliza cookies para mejorar la experiencia de usuario. Aceptar Ver más

WhatsApp chat