En los círculos de la política exterior británica y estadounidense se está produciendo una reconsideración de Hamas. La capacidad del movimiento para obtener un alto nivel de apoyo popular otorga crédito a opiniones otrora marginales que abogan desde hace tiempo por un acercamiento entre las democracias occidentales y el islamismo militante.
Este cambio está hoy más avanzado en Gran Bretaña, aunque también existe en Estados Unidos. El grupo aglutinado en torno a Alistair Crooke, antiguo funcionario del MI6 y enviado de la Unión Europea, ve cómo la visión largo tiempo sostenida de Hamas como un «movimiento nacional palestino centrado en la movilización de una comunidad para resistir a una ocupación ilega» se está convirtiendo en opinión dominante en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth. Crooke y compañía consideran que Hamas refleja «cuestiones fundamentales de la justicia y la reforma democrática» en la política palestina.
Ha habido informaciones acerca de un cambio inminente e importante en la política británica, un cambio orientado hacia un compromiso pleno con el islamismo palestino. También en Estados Unidos un creciente número de veteranos defensores de una posición similar promueven sus puntos de vista. El razonamiento es que, si las elecciones son la respuesta y los islamistas ganan las elecciones, debemos acogerlos como socios. Así, Mark Perry, de la Alianza para la Seguridad de Washington, describe a Hamas como uno de los diversos movimientos que han realizado la «elección histórica» de «construir sus sociedades sobre valores muy apreciados por nosotros: la justicia y la paz, la responsabilidad y la transparencia».
El problema con esta línea de razonamiento es que quienes la utilizan nos están pidiendo que hagamos caso omiso de los objetivos y prácticas reales – y abiertamente proclamados- de Hamas. Se trata de un movimiento cuya carta fundacional contiene en el primer párrafo la siguiente declaración: «Israel crecerá y existirá hasta que el islam lo elimine como ha eliminado a sus predecesores». A ello sigue, en el artículo séptimo, la exhortación de que «la hora no llegará hasta que los musulmanes luchen contra los judíos (y los maten); hasta que los judíos se escondan detrás de piedras y árboles; que griten: ´¡Oh, musulmán! ¡Hay un judío detrás de mí; ven y mátalo!´». El documento llega hasta a propugnar la creación de un Estado islámico, cuyo objetivo es «alzar la bandera de Alá sobre cada palmo de Palestina». Y hasta declarar que su objetivo último es «el islam; el Profeta, su modelo; el Corán, su constitución». Las acciones del movimiento en apoyo de sus objetivos son bien conocidas. Incluyen el compromiso permanente con la práctica del terrorismo, que ha provocado el caos en los centros urbanos de Israel en los días más negros de los últimos cinco años. La lista es larga, y el respeto a los muertos nos obliga a recordarla de vez en cuando: el hotel Park, Mike´s Place, el Delfinario, Sbarro y Moment son únicamente unos pocos de los nombres que no hay que olvidar.
Sin embargo, Hamas, un movimiento comprometido con la imposición del «islam como modo de vida», también oprime a su propio pueblo. Posee una larga historia de utilización de la violencia para imponer normas islámicas en las zonas que domina. En particular, sus actividades se han caracterizado por los esfuerzos encaminados a conseguir la continuada subyugación de las mujeres. El asesinato hace unos meses de la joven Yusra Azami, de 20 años, a manos de militantes del movimiento en Gaza está en sintonía con este aspecto de sus actividades. Azami había sido vista en compañía de un joven (su novio, según se supo más tarde, lo cual dio lugar a una curiosa y poco sentida disculpa del portavoz de Hamas en la franja de Gaza por el asesinato).
En cierto modo, la atmósfera que Crooke, Perry y compañía desean producir recuerda a los primeros tiempos del periodo de Oslo. En aquel momento, se quitó displicentemente importancia a las dudas surgidas acerca de la disposición de la dirección de Yasser Arafat de alcanzar un acuerdo de paz con Israel. A quienes llamamos la atención sobre las declaraciones incendiarias de la dirección de la OLP, como el discurso de Arafat en una mezquita de Johannesburgo en 1994, en el que defendió la guerra santa, se nos pidió que desarrolláramos una mayor sofisticación política. Había que diferenciar la retórica de la realidad, se nos dijo. Y recordamos muy bien cuándo retórica y realidad acabaron por fusionarse al final de ese ilusorio proceso en el otoño del 2000.
No cabe duda de que el apoyo popular de que gozan las fuerzas islamistas radicales plantea un serio problema a los defensores de la democratización regional. Los amigos de Hamas en Occidente desean aumentar la confusión sobre el tema para garantizar a ese movimiento un lugar en la mesa de negociación. Sin embargo, para que se produzca un progreso en la cuestión palestino-israelí y, de hecho, para que sea posible de un modo generalizado la democratización de la zona, resulta esencial que se desvanezca la confusión.
La historia abunda en ejemplos de movimientos que han intentado combinar el uso de los instrumentos de la democracia con el rechazo fundamental de sus objetivos, y con el deseo último de subvertirla y destruirla. Las ideologías totalitarias del siglo XX fueron ejemplos de este tipo. La salud y la existencia de las democracias exigió que identificaran a tiempo esas amenazas y que no se careciera de la voluntad de actuar contra ellas. Tales exigencias también valen para la amenaza representada hoy por Hamas, que busca destruir Israel y esclavizar a los palestinos.
Por lo tanto, resulta esencial dejar claro que la continuada supremacía de ese movimiento significa el fin de toda esperanza de progreso hacia unas mejores relaciones entre los dos pueblos. El desarme de Hamas y la derrota de sus ideas constituyen intereses urgentes y comunes de los israelíes, de los occidentales y de los propios palestinos.
Por JONATHAN SPYER*
*JONATHAN SPYER, investigador de asuntos internacionales del Centro Interdisciplinar, en Herzliya (Israel)
Traducción: Juan Gabriel López Guix

