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El último amor de Kafka

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Aquel día Dora conoció en la playa a un joven alto, moreno, guapo y esquelético, de mirada oscura y ardiente, que no era otro que el escritor checo Franz Kafka gravemente minado por la tuberculosis en su fase terminal. Ella tenía 25 años, soñaba con una patria judía en Palestina y había escapado de la ortodoxia hasídica de su familia. Kafka buscaba en los bosques de abedules y las playas de Müritz que sus dañados pulmones se solazaran con el aire fresco y limpio que no respiraban en Praga. Dora y Franz se enamoraron. Él había cumplido 40 años y dejado atrás dos célebres relaciones frustadas con Felice Bauer y Milena Jesenska. Poco después la pareja se instalaba en Berlín, con lo que Kafka conseguía por fin hacer realidad sus viejas ansias de huir de la tiranía paterna. La felicidad, al parecer auténtica, duró sólo unos meses. La tisis alcanzó la laringe de Kafka que murió en el sanatorio austriaco de Kierling el 2 de junio de 1924, atendido hasta el último instante por Dora Diamant, su esposa aunque la unión nunca fuera legitimada. Muchos años después, ella escribirá: «La muerte de Franz fue vivir mi propia muerte».

Esta es la secuencia abreviada de los hechos que reseñan todas las biografías más o menos canónicas de Kafka. Luego, excepto Ernst Pawell, no siguen las huellas de Dora Diamant, la mujer que vivió su terrible aventura a salto de mata bajo la premisa del amor inspirado por el judío checo, al que inició en la lengua hebrea y a la preservación del yiddish como símbolo identitario del pueblo judío. Hasta que en la primavera de 1971, durante una clase de literatura alemana en la norteamericana Universidad de Georgia, el profesor quiso saber si una de sus alumnas, casualmente llamada Kathi Diamant, estaba emparentada con Dora Diamant, «la última amante de Kafka». Desde entonces, tratando sin éxito de averiguarlo, Kathi Diamant investigó los vestigios de Dora, fundó y dirigió el Proyecto Kafka de la Universidad de San Diego encaminado a localizar y estudiar los papeles y documentos perdidos de Kafka, y a lo largo de quince años ha trabajado en esta biografía de Dora Diamant, la primera y única aparecida en 2003. Antes, asegura Kathi Diamant,no pudo encontrar nada escrito sobre lo que le ocurrió a Dora después de la muerte de Kafka.

Sustentada por una copiosa documentación reunida con lógico esfuerzo, Kathi Diamant ilumina cuanto puede el largo y oscuro invierno de Dora sin caer en la farragosa minuciosidad que suele ser norma de los biógrafos anglosajones. Es de agradecer que en ningún momento se extralimite y no ejerza de autora omnisciente y omnipresente. Con buen criterio, Kathi Diamant reconstruye la protagonista con lo que ha sabido de ella gracias a sus cartas -nunca se han recuperado las que recibió de Kafka, requisadas por la Gestapo-, diarios y papeles que la sobrevivieron, o a lo que familiares y amigos aún con vida le han contado, y con todo ello avanza cronológicamente hasta más allá de su muerte en Londres, el 15 de agosto de 1952, a los 55 años, y el triste desenlace de su hija Marianne Lask asediada por la demencia.

Dos aspectos sugerentes
En mi opinión hay dos polos en la extraordinaria vida de Dora Diamant que hacen interesante su seguimiento. De una parte que personifica el virulento calvario de los judíos europeos y, en su caso, comunistas. Al morir Kafka y tras unos meses con su familia en Praga, Dora regresó a Berlín, se afilió al Partido Comunista alemán para militar activamente contra el régimen nazi, se casó con un economista también del Partido, Ludwig Lask, detenido y torturado por la Gestapo, y juntos se exiliaron a la Unión Soviética donde Ludwig fue víctima de las purgas de Stalin, acusado de espía y recluido hasta 1953 en Siberia. Dora y su hija lograron escapar poco menos que de milagro a Inglaterra que las recibió como a todos los extranjeros con recelo y, tenidas por apátridas, confinadas en la Isla de Man hasta que pudieron volver a Londres y sobrevivir en penosas condiciones mientras que casi todos los miembros de su familia y la de Lask fueron exterminados en Alemania, Polonia y Rusia. De manera que el drama de Dora encarna la peripecia ciertamente kafkiana de tantos millones de seres literalmente barridos en Europa por los vientos del horror.

El segundo aspecto sugerente es la imagen que al cabo de los años tenía Dora de Kafka, el amor de su vida ante el que se sentía melancólicamente indefensa -se presentaba como su esposa- y del que extraía las fuerzas para sobreponerse a tal cúmulo de adversidades. Dora alimentó una perturbadora visión mesiánica del escritor; lo veía como un redentor de la humanidad cuyo mandato de pureza no llegó por falta de tiempo de vida a cristalizar en su obra y de ahí que quisiera destruirla. Cuando en 1952 el narrador alemán Martin Walser, quien había escrito su tesis doctoral sobre Kafka, visitó a Dora en su apartamento de Londres, constató con repulsión que ella le hablaba de su Kafka como el «fundador de una religión», algo que a Walser le resultó «inaceptable». Sólo mucho más tarde admitiría que no «estuvo a la altura» de aquella mujer procedente de la tradición judía del Este y comprendió, dice, «lo que se había perdido».

Dora pidió ser enterrada junto a Kafka, en Praga, pero su voluntad no fue atendida. Reposa en el cementerio judío londinense de East Ham. No es seguro que los más fieles adeptos de Kafka busquen su lápida, ni que tengan demasiado en cuenta la interpretación sobrehumana del hombre al que dio un atisbo tardío de felicidad. Esa fue la gran obra que los juntó brevemente en la vida y en la intemporalidad del recuerdo.
LVD

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