Itongadol.- A pocos metros de las puertas amarillas que marcan la entrada al Kibutz Be’eri, en un terreno donde antes funcionaban un establo y una lechería, una nueva vecindad comienza a tomar forma. Es el símbolo de un renacer lento, surgido de las cenizas de una de las comunidades más golpeadas por la masacre perpetrada por Hamás el 7 de octubre de 2023.
Dos años después de aquel día de terror, el kibutz —ubicado a menos de cuatro kilómetros de la Franja de Gaza— intenta reconstruirse y rehabilitarse poco a poco.
Mientras las excavadoras y los obreros colocan los cimientos de nuevas viviendas, los residentes evacuados continúan llorando a los más de 100 asesinados aquel día y reclaman el regreso de los secuestrados, todo mientras escuchan los ecos de los combates que aún se libran a pocos kilómetros, del otro lado de la frontera.
“¿Querrías vivir aquí mientras Hamás sigue presente allá?”, pregunta Danny Majzner, un veterano miembro del kibutz que emigró de niño desde Australia, en una entrevista con The Jerusalem Report, señalando hacia territorio palestino.
Dice que, pese al deseo de volver, su familia todavía no está lista para regresar.
“Antes del 7 de octubre, este lugar era un 90% paraíso y un 10% infierno… porque desde 2005 tuvimos varias rondas de enfrentamientos con Hamás”, recuerda Majzner, de 64 años, vistiendo una camiseta negra con la frase Build Be’eri Better (“Reconstruir Be’eri mejor”) y un tatuaje con la fecha grabada en su pierna izquierda. “Vivíamos junto a Hamás, pero nos sentíamos seguros”, agrega.
“La diferencia entre el 6 y el 8 de octubre de 2023 es que antes confiábamos en las Fuerzas de Defensa de Israel; pero el 7 de octubre, nadie estuvo allí para nosotros”, lamenta.
Dos años después, confiesa que aún se pregunta “quinientas veces al día… dónde estaba el ejército”.
“No hubo nadie el 7 de octubre —ni ejército, ni fuerza aérea, nadie que nos protegiera. Cuando nuestros antepasados llegaron aquí en 1946 a poblar este desierto, sin agua, sin electricidad, sin nada, solo rodeados de árabes, creyeron en la idea de establecerse en esta tierra”, relata.
“Firmaron un contrato, un contrato no escrito ni dicho, con el Estado de Israel, incluso antes de que existiera: ellos trabajarían la tierra, y el Estado los protegería. Todo funcionó bien hasta el 7 de octubre, pero ese contrato se rompió… y no fuimos nosotros quienes lo rompimos.”
Pese a la tristeza que todavía envuelve al kibutz, hay señales de vida. En dos terrenos junto al perímetro, cerca de la carretera 232, unas 50 viviendas nuevas están casi terminadas. En otra zona, las máquinas nivelan el suelo para construir otras 70.
En total, 140 casas fueron declaradas “pérdida total”: algunas destruidas por los comandos de élite Nukhba de Hamás durante el ataque, y otras dañadas en los enfrentamientos cuando finalmente llegaron las Fuerzas de Defensa de Israel.
En el centro del kibutz, la vivienda de Pessi Cohen —donde una docena de civiles murió en un enfrentamiento entre soldados y terroristas— fue demolida para dar paso a nuevas construcciones. Enfrente, el comedor comunitario volvió a funcionar, sirviendo tres comidas diarias a los pocos residentes que regresaron y a los cientos de obreros que trabajan en la reconstrucción.
Actualmente, unas 60 personas han vuelto a vivir en Be’eri. La mayoría sigue en alojamientos temporales en el Kibutz Hatzerim, a 45 minutos de distancia, aunque varios viajan a diario para trabajar en la reconocida imprenta o en los campos agrícolas del kibutz.
Fundado en 1946 como parte del plan de la Agencia Judía “11 puntos en el Néguev”, Be’eri fue nombrado en honor a Berl Katznelson, uno de los padres del sionismo laborista, cuyo apodo era “Be’eri”.
Antes del 7 de octubre, era uno de los kibutzim más grandes y prósperos de Israel, aún fiel al estilo de vida comunitario. Todo cambió cuando más de 100 de sus 1.150 miembros fueron asesinados y 32 —entre ellos mujeres, niños y ancianos— fueron secuestrados y llevados a Gaza.
La mayoría de las 251 personas secuestradas por Hamás ese día han regresado a Israel durante los acuerdos de alto el fuego o en operaciones de rescate. Sin embargo, cuatro residentes de Be’eri siguen en Gaza: Meny Godard (73), Sahar Baruch (24), Yossi Sharabi (53) y Dror Or (48), todos declarados muertos por las autoridades israelíes.
Carteles con sus rostros, y los de otras víctimas, se exhiben en las casas del kibutz. El barrio Kerem, el más cercano a la valla fronteriza, conserva las cicatrices más profundas.
Viviendas calcinadas, muros ennegrecidos por el fuego y jardines cubiertos de maleza permanecen como estaban desde el 6 de octubre de 2023. En su interior, los objetos personales siguen dispersos en cocinas, salas y dormitorios. Los agujeros de bala, las puertas derretidas y las ventanas rotas son testigos mudos del horror vivido allí.
En esa zona, los sonidos lejanos de la artillería y las explosiones siguen siendo audibles, recordando que la guerra continúa no muy lejos.
“El kibutz aún no ha decidido qué hacer con estas casas”, dice Majzner, quien ahora dedica gran parte de su tiempo a guiar grupos de estudiantes de Estados Unidos, Reino Unido, Australia y otros países.
“Debemos decidir si derribar todo o dejar algo como recordatorio de lo ocurrido, para las generaciones futuras. Creo que deberíamos dejar algo”, opina.
Propone conservar al menos dos viviendas como testimonio del ataque. Sobre el resto del vecindario vacío, aún no hay consenso sobre si debe volver a habitarse o transformarse en un espacio abierto.
En medio de las ruinas, su amigo y también miembro del kibutz, Avida Bachar, guiaba a un grupo de soldados por los restos de su casa. En el living ennegrecido, varias sillas formaban un círculo. Allí relató su historia de supervivencia: se había refugiado con su familia en el cuarto seguro cuando los terroristas comenzaron a disparar. Su esposa y su hijo murieron; él y su hija resultaron gravemente heridos.
“Durante 20 años pensamos que el enemigo quería ser como nosotros, que deseaba lo mismo que nosotros”, dijo Bachar, mirando hacia Gaza. “Pero son un enemigo amargo, con un solo objetivo: echarnos. Ninguno de ellos es inocente. Quieren apoderarse de nuestra tierra, no les importa si somos judíos o no, si estamos en Be’eri, en Judea y Samaria o en Tel Aviv: quieren esta tierra.”
En su recorrido, Majzner hizo observaciones similares. En la destruida casa de la activista por la paz Vivian Silver, explicó que a los forenses les llevó más de tres semanas identificar sus restos entre las cenizas. “La asesinaron las mismas personas a las que intentó ayudar”, comentó sobre la ciudadana canado-israelí.
Majzner también tiene su historia personal de aquel día. Como muchos de sus vecinos, se refugió en su habitación segura mientras los atacantes —terroristas y civiles provenientes de Gaza— irrumpían en el kibutz, saqueando, violando y asesinando.
Escuchó los gritos y disparos que pasaban frente a su ventana, pero él logró sobrevivir. Su hermana, que vivía al otro extremo del kibutz, no tuvo la misma suerte.
“La encontraron muerta en su casa, asesinada a balazos”, recuerda con voz quebrada. Habló con ella pocos minutos antes de que los terroristas entraran a su vivienda y se dio cuenta de que no podía hacer nada para salvarla.
Dice que encuentra consuelo hablando con grupos del extranjero sobre lo que ocurrió y que pronto viajará a Australia para dar una serie de charlas. Pese al horror vivido, cree que eventualmente al menos el 80% de los miembros volverán a residir en Be’eri.
“La gente me pregunta por qué quiero volver aquí”, cuenta. “Yo les digo: tengo una casa, tengo a mi nieta, pero no tengo mi hogar.”
“Mi hogar está aquí, en el Kibutz Be’eri. A menos que ocurra algo dramático, quiero volver y construir mi casa soñada. Espero que sea la última. Me mudé cuatro veces en el último año y medio, y ya no quiero moverme más.”
Consultado sobre cuándo podría ocurrir eso, Majzner no tiene una respuesta clara. Solo volverá cuando sienta, junto a los demás, que la amenaza de Hamás y de otros extremistas en Gaza haya desaparecido por completo.

