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Murallas, Puentes y Dobles Varas: Del Vaticano a Belén

Por Gustavo Beron
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Dos muros, doble vara. Una protegió al Vaticano del ejército islámico — La otra protege a civiles israelíes del terrorismo
islámico

Itongadol/Agencia AJN (Por León J. Halac).-El papa Francisco quebró la línea de los 4 papas que lo precedieron. El papa León XIV parece imitarlo.

I. La frente contra el muro

Mayo de 2014. Belén. El Papa Francisco desciende de su vehículo, se acerca a la barrera de seguridad israelí y apoya la frente contra el hormigón. No dice una palabra. No hace falta. La imagen da la vuelta al mundo en horas.

«De repente vi el muro, y me vino la idea: ‘¿Por qué no me paro a rezar aquí?’ Y se puso a rezar», explicó Mons. Carlos Aguiar Retes, Presidente del CELAM, en declaraciones a ACI Prensa el 27 de mayo en Roma.

Lo que casi ningún medio señaló es que la misma pared estaba decorada con grafitis que equiparaban a Israel con el régimen del apartheid sudafricano y con el Gueto de Varsovia. Uno de ellos rezaba en inglés: «Bethlehem look like Warsaw Ghetto.» Otro: «Free Palestine.»

El Papa Francisco no habló, pero hizo hablar al muro. Las palabras se las lleva el viento; la imagen de Israel comparado con los nazis que exterminaron a su propio pueblo perdura con dolor en nuestra memoria.

Francisco, sin embargo, vivía —y vive su sucesor— detrás de murallas que tienen nombre y fecha: las Murallas Leoninas, erigidas entre 848 y 852 por el Papa León IV (casualmente, el Papa actual se llama León XIV), tras el saqueo sarraceno de la Basílica de San Pedro en el año 846. No fue un capricho arquitectónico. Fue la respuesta a una amenaza real y documentada: una flota que remontó el Tíber, expuso la incapacidad del papado de proteger sus propios símbolos, y obligó a construir lo que hoy sigue en pie.

Resulta difícil no advertir la ironía: el mismo papado que pide al mundo construir puentes y no murallas lleva más de once siglos habitando las suyas.

II. El sofisma de los puentes

«Construir puentes, no murallas.» Es una frase que Francisco repitió en distintos escenarios y contextos. Suena moral. Suena cristiana. El problema es que, como toda metáfora convertida en política, colapsa cuando se enfrenta a la realidad: ¿construir puentes hacia dónde? ¿Quiénes estarán del otro lado?

La barrera de seguridad israelí —que Francisco eligió como escenario de su gesto— no fue construida por voluntad de exclusión. Fue construida tras la Segunda Intifada (2000–2005), cuando los atentados suicidas en autobuses, mercados y restaurantes israelíes mataron a más de mil civiles en pocos años. Tras su erección, los ataques cayeron más del noventa por ciento. No es una cifra ideológica: es un dato.

El paralelo con León IV es exacto. En el siglo IX, la sede del papado quedó expuesta porque no tenía murallas. En el siglo XXI, las ciudades israelíes quedaban expuestas porque no tenían barrera. Ambos muros protegieron vidas. La diferencia es que uno recibe admiración turística y el otro recibe la negación de un Papa que no quiere ver.

La pregunta que nadie formuló en Belén es simple: ¿a quién se le pide que derrumbe sus murallas primero? ¿Y desde qué autoridad moral se pide, cuando quien formula el pedido vive protegido por las propias?

III. Los mensajes actuados

Francisco era un comunicador de precisión. Sus mensajes más eficaces no fueron pronunciados: fueron actuados. Y en esa actuación se reveló una línea consistente.

El pesebre regalado por la Autoridad Palestina, exhibido con aprobación pontificia, presentaba al niño Jesús envuelto en una kufiya palestina. El mensaje tiene dos niveles. El primero: la borradura

de la judeidad de Jesús — un judío de Belén del siglo I, en la Judea romana, reconvertido en símbolo del nacionalismo árabe del siglo XX. El segundo: la legitimación implícita de una narrativa

que desplaza cualquier continuidad histórica judía en la Tierra Santa. No es un error teológico menor. Es una inversión deliberada de la historia.

La consulta al diario La Stampa sobre si había genocidio en Gaza es otro ejemplo de la misma arquitectura. Francisco no afirmó: preguntó. Pero al hacerlo instaló la palabra en el debate con aval pontificio implícito, sin asumir responsabilidad directa. Es una técnica retórica conocida: preguntar lo que no se puede afirmar. Y una técnica mediática: tirar la bomba que será publicada como titular en primera página, para luego desmentir en un pequeño recuadro en página secundaria, mientras el concepto de «Israel genocida» queda en las conciencias.

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La Stampa, 17 de noviembre de 2024: «Si indaghi se a Gaza è genocidio» — «Investiguen si en Gaza hay genocidio»

Esta pregunta no fue novedad: fue continuidad. En 2024, diez años después de la imagen de 2014 con la palabra Auschwitz.

Lo que la no inocente pregunta papal omitía, o ignoraba, o prefería no ver: el único intento de genocidio documentado en ese período fue el del 7 de octubre en el Néguev. Con órdenes grabadas. Con declaraciones explícitas de sus perpetradores. Con una metodología que los propios asesinos filmaron. Eso no generó ninguna consulta periodística del Vaticano.

IV. Con quién andas

El Documento sobre la Fraternidad Humana, firmado en Abu Dhabi en 2019 junto al Gran Imán de Al-Azhar, Ahmed Al-Tayyeb, fue presentado como un hito del diálogo interreligioso. Abu Dhabi y sus gobernantes merecen ese reconocimiento: son un ejemplo genuino de apertura y convivencia entre tradiciones.

Pero el problema no era el lugar. Era el interlocutor.

Al-Tayyeb ha recibido en Al-Azhar a figuras vinculadas al terror. Ha negado sistemáticamente el vínculo histórico del judaísmo con Jerusalén —uno de los vínculos más documentados de la historia antigua. Representa una institución que nunca ha hecho su propio Nostra Aetate, su propia ruptura con siglos de hostilidad teológica hacia el pueblo judío.

«Dime con quién andas y te diré quién eres.» La elección de Al-Tayyeb como interlocutor privilegiado no fue un error de Francisco. Fue una revelación. Dos figuras con la misma cosmovisión de fondo: el conflicto árabe-israelí leído como opresión colonial, la retórica humanitaria como cobertura de posicionamiento político, el relato por encima del hecho.

Francisco rompió la línea de los cuatro papas anteriores. Esa línea tenía raíces profundas: el filósofo Jacques Maritain y el historiador judío Jules Isaac la promovieron desde la Conferencia de Seelisberg de 1947; el Cardenal Agostino Bea la implementó institucionalmente en el Concilio;

Juan XXIII la convirtió en proceso conciliar; Pablo VI la cerró con Nostra Aetate; Juan Pablo II reconoció al pueblo judío como hermanos mayores en la fe; y Benedicto XVI la consolidó teológicamente. Nostra Aetate, avalada por más de dos mil obispos, fue una ruptura institucional consciente con siglos de teología del reemplazo. No fue una decisión personal: fue una decisión de la Iglesia.

Francisco revirtió esa dirección. Sin concilio. Sin consulta. Con gestos.

V. León XIV y la encrucijada

El cónclave de 2025 eligió al cardenal Robert Prevost, quien tomó el nombre de León XIV. Quienes lo conocen afirman que seguirá el ejemplo de su predecesor. Los primeros meses de su pontificado confirman esa lectura: declaró que un Estado palestino es «la única solución» al conflicto, señalando que «Israel todavía no lo acepta.»

La formulación ignora una asimetría fundamental: el rechazo no viene del lado israelí solamente. Viene de una organización que educó a generaciones enteras en el no reconocimiento de Israel, y cuya Carta Fundacional no ha sido derogada. Ante la pregunta de qué lugar tendrían los judíos en ese Estado, la respuesta histórica de Hamas ha sido constante: serán arrojados al mar.

Y en su Carta Constitutiva:

«No llegará el momento en que los musulmanes luchen contra los judíos y los maten hasta que el judío se esconda detrás de la piedra y el árbol, y la piedra o el árbol digan: ‘¡Oh musulmán, oh siervo de Alá! Hay un judío detrás de mí, ¡ven y mátalo!'»

En su primer sermón de Navidad, León XIV denunció las condiciones de los palestinos en Gaza en un llamado inusualmente directo. Dijo que la historia de Jesús naciendo en un establo mostraba que Dios había «plantado su frágil tienda» entre la gente del mundo.

¿Quiénes son «la gente del mundo»? ¿El Jesús palestino? ¿Quiénes no son «la gente del mundo»? ¿El Jesús judío?

León XIV usó el nacimiento de Jesús en Belén como metáfora de solidaridad con los palestinos de Gaza. Pero Jesús no nació entre «la gente del mundo» en abstracto. Nació en Belén de Judea. En una familia judía. En el contexto del censo romano del Imperio que ocupaba la tierra del pueblo judío. Su nombre era Yeshua. Su madre se llamaba Miriam. Fueron al Templo de Jerusalén a cumplir los preceptos de la Torá. La «gente del mundo» con quien Dios «plantó su frágil tienda» era judía. Usar ese nacimiento para hablar de Gaza sin mencionar ese contexto no es solo un error histórico. Es exactamente lo que el pesebre palestino de Francisco hacía: borrar la judeidad de Jesús para convertirlo en símbolo político contemporáneo. El círculo se cierra. Francisco lo hizo con gestos — el pesebre, el muro, La Stampa. León XIV lo hace con palabras — en Navidad, ante el mundo, en el sermón más visto del año. El método cambió. La dirección es la misma:

Contraria al rumbo de los 4 papas anteriores. Contraria al Concilio Vaticano II. Contraria a la encíclica Nostra Aetate.

Esto tiene consecuencias que van más allá de Israel. Un Vaticano que borra la judeidad de Jesús, que equipara la autodefensa con la agresión, que elige como interlocutores a quienes niegan la historia, no daña solo a Israel ni solo al pueblo judío. Daña su propia credibilidad como institución moral. Y con ella, la capacidad del cristianismo de hablar con autoridad sobre la conciencia universal.

La continuidad no es accidental. Francisco no solo marcó una línea ideológica: preparó el terreno institucional para que esa línea tuviera continuidad. Se especula que Prevost era su candidato preferido, y que su traslado previo a Estados Unidos formó parte de ese posicionamiento. El cónclave no eligió un cambio. Eligió una consolidación.

VI. Una invitación

Este artículo no es una condena. Es, en el fondo, una invitación. El pontificado tiene una historia de tender puentes reales. Juan XXIII lo hizo con el Concilio Vaticano II y con Nostra Aetate. No fue un gesto personal: fue un proceso institucional, respaldado por miles de obispos, que reconoció una deuda histórica y abrió una puerta que llevaba siglos cerrada. León XIV puede elegir esa dirección. Puede tender puentes hacia la verdad histórica, hacia el pueblo que dio origen al propio cristianismo, hacia una lectura del conflicto de Medio Oriente que no sacrifique la complejidad en el altar del relato.

Puede hacerlo desde Abu Dhabi —que sí merece ese marco— pero con interlocutores que hayan demostrado reciprocidad, no con quienes utilizan el prestigio ajeno para legitimar la negación. Existe además una brújula teológica precisa para esa dirección. En julio de 2018, ya retirado del pontificado y sin ninguna obligación institucional, Joseph Ratzinger publicó en la revista Communio un artículo de veintidós páginas titulado «Gracia y vocación sin remordimiento: Notas sobre el Tratado De Iudaeis». No era una declaración papal.

Era un teólogo que continuaba pensando con honestidad sobre la relación entre la Iglesia y el pueblo judío. Sus conclusiones son inequívocas: La Iglesia no reemplazó a Israel en el plan de Dios; los dones y la vocación de Dios al pueblo judío son irrevocables; y en la creación del Estado de Israel «se revela, de manera misteriosa, la fidelidad de Dios a Israel.» Ratzinger propuso sustituir la teología de la sustitución por una teología de la complementación: dos pueblos como testigos distintos del mismo Dios, no como competidores. Francisco ignoró ese camino. León XIV puede retomarlo.

El Estado Pontificio tiene murallas. Las necesitó. Las sigue necesitando. También Israel las necesitó. Y las sigue necesitando. Construir puentes es una virtud. Pero antes de pedir a otros que derrumben los suyos, conviene mirar los propios. Y antes de elegir con quién construirlos, conviene recordar el proverbio que Francisco —hombre de cultura popular, hombre de Buenos Aires— seguramente conocía mejor que nadie:

«Dime con quién andas y te diré quién eres.»

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