Agencia AJN.- Las negociaciones en Islamabad fracasaron tras más de veintiún horas de conversaciones directas entre Washington y Teherán.
Agencia AJN.- El punto de quiebre fue el nuclear: Irán se negó a abandonar su programa de enriquecimiento de uranio ni a entregar los aproximadamente 400 kilogramos de uranio enriquecido al 60% que acumuló en los últimos años.
Pero la exigencia más explosiva era otra: la salida del poder de la Guardia Revolucionaria. Para los jefes de la Guardia, aceptar esa condición no es solo perder privilegios — es quedar expuestos. Décadas de represión interna han acumulado un resentimiento profundo en la sociedad iraní. Rendirse al acuerdo significa enfrentar ese resentimiento sin el escudo del poder. La pregunta que no pudieron responder en Islamabad es la misma que los paraliza: ¿A dónde irían?
La respuesta no se hizo esperar. El domingo, Trump anunció que la Marina de Estados Unidos bloqueará todo tráfico marítimo hacia y desde puertos iraníes en el Estrecho de Ormuz. CENTCOM lo precisó con quirúrgica claridad: el bloqueo no afecta a los buques que transiten hacia puertos de terceros países. Solo a los que comercian con Irán.
El movimiento es más inteligente de lo que parece. Desde el inicio del conflicto, Irán había cerrado el estrecho al tráfico general pero permitía el paso a barcos selectos —chinos, indios, pakistaníes— a cambio de peajes de hasta dos millones de dólares por travesía. El daño mayor serán sus exportaciones petroleras.
Era su palanca financiera y su argumento diplomático: el mundo necesita de Irán para mover su petróleo. El bloqueo de Washington invierte esa lógica: ahora Irán no puede mover el suyo.
El complemento llegó desde Riad el mismo domingo. Arabia Saudita restableció la plena capacidad de su oleoducto Este-Oeste —la Petroline—, que conecta sus campos del Golfo con el puerto de Yanbu en el Mar Rojo, a siete millones de barriles diarios.
El oleoducto fue construido en los años ochenta, durante la guerra Irán-Irak, precisamente para esta contingencia. Desde finales de febrero, Arabia Saudita cuadruplicó sus envíos por esa ruta.
El resultado es doble: Irán pierde ingresos y el mercado global encuentra un amortiguador que modera —aunque no elimina— la suba del precio del crudo.
La pinza está cerrada. Irán sin exportaciones de petróleo es un régimen sin oxígeno financiero.
La pregunta más inmediata no es geopolítica sino aritmética: sin exportaciones de petróleo ¿Cuánto tiempo le queda al régimen antes del colapso?
El petróleo representa más del 40% de los ingresos del Estado iraní. Las reservas de divisas están ya severamente erosionadas por años de sanciones. No es casualidad: los bombardeos sobre plantas de acero, agua pesada e infraestructura industrial no fueron daño colateral — fueron parte del mismo cálculo: destruir la capacidad productiva que podría sostener al régimen cuando el petróleo dejara de fluir.
Los márgenes se miden en meses, quizás en semanas, no en años.
Y detrás de esa aritmética hay una pregunta más inquietante: ¿Qué ocurrirá el día que la Guardia Revolucionaria deje de cobrar sus sueldos?
La Guardia no es solo el brazo armado del régimen — es su columna vertebral económica, su red de lealtades, su garantía de supervivencia. Cuando esa columna empiece a crujir, la crisis dejará de ser financiera para convertirse en algo mucho más impredecible.
Queda, sin embargo, la pregunta que nadie puede responder con certeza: ¿Qué hará China? Beijing importa cerca de un tercio de su petróleo por el Estrecho de Ormuz. Sus barcos han sido los que más transitaron el estrecho bajo acuerdos con Teherán.
Si China decide desafiar el bloqueo —enviar sus buques de todos modos— Trump enfrentará una disyuntiva que ningún presidente quiere: retroceder o escalar con una potencia nuclear en medio de una guerra arancelaria. Hasta ahora, China y Rusia han observado el conflicto con notable pasividad.
No es indiferencia: es lectura fría. Están aprendiendo, en tiempo real, hasta dónde llegan las capacidades militares de Estados Unidos. La pregunta es si Beijing se animará a decidir, en algún momento, que ya aprendió.

