Itongadol/Agencia AJN.- El martes por la noche, los neoyorquinos eligieron a Zohran Mamdani como alcalde. Con ello, la ciudad que alguna vez fue símbolo mundial de la libertad ha entregado las llaves del poder a un simpatizante de Hamás.
Esto marca un punto de inflexión crítico para Nueva York, hogar de la comunidad judía más grande del mundo fuera de Israel. Las elecciones determinaron si la ciudad seguirá siendo un lugar seguro para más de un millón de judíos o si continuará el peligroso declive iniciado hace dos años, cuando violentas protestas pro-Hamás tomaron los campus de universidades como CUNY, NYU y especialmente Columbia, que se convirtió en un símbolo y bastión del apoyo a Hamás en Estados Unidos, extendiéndose luego a las calles de Manhattan.
Resulta casi impensable que Nueva York —el histórico y orgulloso centro de la vida judía— pudiera convertirse en la ciudad estadounidense donde los judíos ya no se sientan en casa ni seguros.
Pero con la elección de Mamdani como alcalde, ese escenario impensable se ha vuelto realidad. Nueva York nunca volverá a ser la misma, especialmente para su comunidad judía. Mamdani, al igual que su mentora Linda Sarsour, representa la llamada “Alianza Rojo-Verde”: una peligrosa asociación estratégica entre el islamismo radical y el movimiento progresista de extrema izquierda. Lo que los une es un desprecio por la idea misma de libertad —símbolo de la ciudad de Nueva York— y un odio patológico hacia el pueblo judío y el Estado de Israel.

Esta alianza busca infiltrar el islamismo político en Estados Unidos bajo el disfraz de la asistencia social y los derechos humanos. Su objetivo es tomar el control de las instituciones culturales, académicas y políticas del país, del mismo modo que lo han hecho con éxito en partes de Europa Occidental. Lo dicen abiertamente: solo hace falta disposición a escucharlos. Y ahora Nueva York está un paso más cerca de convertirse en el próximo Londres.
Esta elección no fue solo una contienda entre Cuomo y Mamdani, sino entre la libertad y los valores de la República estadounidense por un lado, y el islam político por el otro. Sin lugar a dudas, se trata de la mayor victoria de la Hermandad Musulmana en Estados Unidos —y posiblemente en todo el mundo occidental—, al pasar de ser la capital de Occidente a elegir como alcalde a un dirigente que abraza el llamado genocida a “globalizar la Intifada”.
Esta infiltración cuenta con el respaldo de regímenes vinculados a la Hermandad Musulmana, en especial Qatar.

También debe reconocerse que bajo el liderazgo del presidente Donald Trump y su equipo, la actual administración ha enfrentado el antisemitismo como nunca antes, a diferencia de la anterior, que consideró adecuado incluir al CAIR en su plan estratégico para combatir el antisemitismo. Con acciones decisivas —no palabras vacías—, esta administración ha vuelto a garantizar la seguridad de los estudiantes judíos en todo Estados Unidos.
Sin embargo, al mismo tiempo, una corriente tóxica de antisemitismo está creciendo con rapidez dentro de la derecha política. Influenciadores, personalidades mediáticas, think tanks, organizaciones estudiantiles e incluso funcionarios electos están otorgando plataformas y legitimidad a la retórica neonazi, a los negadores del Holocausto y a las teorías conspirativas más absurdas, todo bajo el engañoso pretexto de la “libertad de expresión”. Las mismas potencias extranjeras que promovieron las manifestaciones pro-Hamás en Estados Unidos el año pasado probablemente estén detrás de esta división dentro de la derecha.
Su objetivo es claro: sembrar división entre cristianos y judíos y quebrar la alianza inquebrantable entre Estados Unidos e Israel.

Hace tres años, cuando asumí como ministro de Asuntos de la Diáspora y Lucha contra el Antisemitismo, consideraba que el antisemitismo de derecha en Estados Unidos era marginal. Sí, enfrentamos ataques neonazis como la masacre en la sinagoga Tree of Life en Pittsburgh. Pero creía que la verdadera amenaza ideológica provenía de la izquierda radical, y en ese momento era cierto.
Hoy, sin embargo, la marea ha cambiado. El neonazismo está siendo normalizado, amplificado y justificado.
Y ahora, como dijo con fuerza el senador Ted Cruz, el movimiento conservador estadounidense se encuentra ante una encrucijada moral. Este es un momento de elección ética.
Como enseñó el rabino Lord Jonathan Sacks: “El odio que comienza con los judíos nunca termina con los judíos”. Las mismas fuerzas que odian a los judíos también odian a los negros, a los hispanos y a cualquiera que se niegue a someterse a su pureza ideológica.
Como conservador, sé que es más fácil denunciar el antisemitismo cuando proviene de la izquierda. Pero hoy, la ola más peligrosa está surgiendo dentro de la propia derecha, y debemos decirlo claramente: esto no es conservadurismo.
El conservadurismo es incompatible con el fanatismo y el racismo. Está basado en la verdad, la fe y la libertad humana. No se puede llamar conservador a quien admira a Hitler, a Stalin o al dictador teocrático que gobierna Irán.
Los cimientos de la alianza entre Estados Unidos, el pueblo judío y la tradición judeocristiana siguen siendo sólidos, construidos sobre un principio expresado por los propios Fundadores: “La rebelión contra los tiranos es obediencia a Dios”, lema propuesto por Benjamin Franklin para el Gran Sello de los Estados Unidos en 1776 y adoptado más tarde por Thomas Jefferson en su sello personal.
Este es el fundamento de la tradición judeocristiana y de la asociación entre Estados Unidos e Israel.
Y, al final, la verdad prevalece.
Fuente: FoxNews
Autor: Amichai Chikli

