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Scholem Aleijem, el escritor judio en el Dia Mundial de la Risa

Por M S
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Itongadol.- Este 1° de mayo se celebra el Día Mundial de la Risa y por ello te contamos todos sus beneficios, cómo puedes ponerlos en práctica y disfrutar riendo.

Schólem Aléijem asumió la tarea de liberar al hombre de pueblo de su humillación, de su sentimiento de culpa.

El arte de Schólem Aléijem se pone al servicio de los agraviados; defiende a quienes sufren desarraigo y opresión; condena a este mundo y sigue siempre procurando salvar al hombre, a quien tal mundo pisotea como a un gusano. Y siempre escribe y describe con una cuota de humor. Por eso no es casualidad su lema sea: «Lajn iz guezunt, doctoirim heisn lajn!» – ¡Reír es saludable, los médicos aconsejan reir!

¿Quién otro en nuestra literatura amó tanto al hombre común y gris de la masa popular judía como Schólem Aléijem, que se empeño en captar la imagen luminosa del ser humano, con todos sus sufrimientos, alegrías y aspiraciones?

Cuando empezaron a aparecer las obras de Schólem Aléijem traducidas al ruso, el escritor Máximo Gorki le escribió una carta y en ella decía, a propósito de su libro: «Mótl, Peisi dem Jazns» («Mótl, hijo de Peisi el Cantor»): «Recibí su libro, escribía Gorki a Schólem Aléijem, lo leí, he reído y llorado. ¡Una maravilla ! Sus paginas rezuman, un amor tan genuino, tan profundo, tan inteligente, por el hombre de pueblo: un sentimiento muy difícil de hallar en nuestros días …» Termina escribiendo a Schólem Aléijem el escritor M. Gorki.
Los últimos años de Schólem Aléijem fueron épocas de éxitos impresionantes, tanto para su producción literaria como para la teatral y artística; de apariciones triunfales en mitines multitudinarios, asambleas, celebraciones y temporadas literarias, así en Europa como en América, en Varsovia, París, Londres y Nueva York.

Acosado por su enfermedad pulmonar y fatigado de tanto andar con sus «estrellas errantes», sus queridos actores, y también sin ellos el inmortal Schólem Aléijem cerró para siempre sus mansos ojos azul claro. Fue el 13 de Mayo de 1916.

Junto a la tumba abierta en el cementerio de Nueva York, se unieron muchos miles de personas que, en aquel día destemplado, habían venido a acompañar hasta su eterno descanso al querido escritor. Y así pudieron oír lo que decía su testamento: «En el aniversario de mi fallecimiento, no me recuerden con tristeza, sino, todo lo contrario, elijan un cuento mio y de los más alegres y disfruten…»

«Recuerden, cualquiera sea el lugar donde muera, pido que me entierren, no entre aristócratas por su extirpe, abolengo o por sus bienes, sino, al contrario, entre judíos rudos y laboriosos, con el pueblo verdadero. De modo que la lápida que se ha de colocar luego sobre mi tumba, adorne las sencillas sepulturas a mi alrededor, y que ellas, a su vez, hermoseen mi propia lápida, tal como la simple y honrada gente de pueblo, dio lustre en vida a quien era su escritor.»

Y desde ese día, se acalló para siempre la generosa fuente de la risa sonora.

Nuestra conclusión: necesitamos a Schólem Aléijem con alma y vida. Nos hacen falta sus ideas, porque los valores que reivindica son parte de la gran tradición humanista de nuestro pueblo.

Lo necesitamos psicológicamente, el ánimo del pueblo requiere su tono, su vitalidad, su fe, su cercanía, su reverencia por el hombre y su confianza en el ser humano.

Los términos de su legado se enraízan en el sueño profético de «Las espadas que se truecan en instrumentos de labranza».

Su mensaje coincide con el desesperado esfuerzo del hombre por proseguir la marcha.

Por eso es bueno y justo que lo señalemos, a 106 años de la desaparición física, como una alta cumbre, tal vez la más excelsa, en los mil años de creatividad del ídish, en el trabajoso ascenso de la literatura judía a lo largo de siglos. Cuán valiosa fue esa difícil ascensión, la lucha sobrehumana por nuestra vida y por la cultura que expresa esa vida y ayuda a conformarla, si al cabo de 1000 años de creación cultural, pudo un pueblo, con tanta claridad, con tanta limpieza, de un modo tan humanamente lúcido, echarse a reír, tal como lo hizo a través de ese judío de Europa Oriental, Schólem ben Nójem Rabinovich, a quien todo el mundo llama Schólem Aléijem.

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