Inicio Organización Sionista Mundial OSM | No hay duda. Reflexiones sobre nuestra situación en tiempos de guerra y división

OSM | No hay duda. Reflexiones sobre nuestra situación en tiempos de guerra y división

Por Iton Gadol
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No hay duda de que el 7 de octubre y las aspiraciones del régimen islámico de Irán constituyen dos expresiones de una misma realidad estratégica: la aspiración de destruir al Estado de Israel. No hay duda de que Israel enfrenta, desde 1967, una disyuntiva existencial que debe comprenderse desde una doble perspectiva. Las bases fundacionales y constitucionales del Estado de Israel sostienen, sin jerarquías entre ambos principios, que Israel debe ser un Estado judío y democrático. No hay duda, hay que preservar ambos principios, no basta con “administrar el conflicto”, como algunos sostienen; es indispensable «resolverlo». No hay duda de que el principal paso consiste en reconstruir una sociedad israelí solidaria, tolerante, ética, moral y, ante todo, unida. La situación actual de la sociedad israelí es profundamente preocupante.

Por Sergio Edelstein*

No hay duda de que la guerra con Irán, en la que Israel se ha visto involucrado en estos días, es justificada y, lamentablemente, necesaria para resguardar el futuro del Estado de Israel, su propia existencia.

No hay duda, de que la guerra desencadenada el 7 de octubre encuentra su justificación en el brutal ataque perpetrado por Hamás contra civiles, niños, mujeres y ancianos.

Sergio Edelstein

No hay duda de que el 7 de octubre y las aspiraciones del régimen islámico de Irán constituyen dos expresiones de una misma realidad estratégica: la aspiración de destruir al Estado de Israel. Y no se trata de una amenaza abstracta ni meramente retórica. Durante años, Irán ha declarado, sin temor ni escrúpulos, su voluntad de hacer todo lo posible para que el “ente sionista” deje de existir. Durante décadas, sus máximos dirigentes han manifestado pública y abiertamente que ese es el objetivo tanto de su desarrollo armamentístico como de la construcción de un “anillo de fuego” alrededor de Israel, del cual Hamás forma parte esencial.

No hay duda, y esto resulta profundamente lamentable, de que gran parte de los países del mundo no condenan estas declaraciones beligerantes. Más grave aún: muchos de ellos contribuyen, directa o indirectamente, a fortalecer la maquinaria militar del régimen iraní. Irán es el único país miembro de las Naciones Unidas que amenaza abiertamente a otro Estado miembro con su exterminio, además de que fue elegido a la presidencia de la comisión de los derechos humanos.

No hay duda, son muchos los países árabes que mantienen una postura persistentemente adversa hacia Israel. Las razones son diversas, aunque públicamente suelen concentrarse en la legítima demanda de la creación de un Estado palestino y en la autodeterminación del pueblo palestino, que habita esa tierra desde hace siglos. Existen también otros Estados que, por razones geopolíticas, intereses regionales o globales, e incluso por antisemitismo, actúan en contra de Israel. Sin embargo, sería incorrecto considerar que todas estas posiciones son necesariamente absolutas o irreductibles. La experiencia demuestra que algunos países, aun habiendo sostenido en el pasado posturas confrontativas, supieron encauzarlas en direcciones diplomáticas. Egipto, Jordania y los países firmantes de los Acuerdos de Abraham son ejemplos de ello. Todos fueron guiados por un pragmatismo que no dejó de reconocer, al mismo tiempo, la necesidad imperiosa de resolver el conflicto entre Israel y los palestinos mediante la creación de un Estado independiente.

No hay duda de que Israel enfrenta, desde 1967, una disyuntiva existencial que debe comprenderse desde una doble perspectiva. Las bases fundacionales y constitucionales del Estado de Israel sostienen, sin jerarquías entre ambos principios, que Israel debe ser un Estado judío y democrático. Se trata de dos valores esenciales, de dos pilares sin los cuales el Estado perdería no sólo su razón de ser y su legitimidad internacional, sino también, y sobre todo, su legitimidad moral y ética. Son principios que hunden sus raíces en la tradición profética y que encuentran una expresión magistral en la Declaración de Independencia del Estado de Israel.

No hay duda, hay que preservar ambos principios, no basta con “administrar el conflicto”, como algunos sostienen; es indispensable «resolverlo». El Estado de Israel debe conservar una clara mayoría judía, hoy representada por aproximadamente el 76 % de su población y, al mismo tiempo, garantizar que todos sus ciudadanos gocen de igualdad plena ante la ley y la justicia. Para alcanzar estas dos condiciones fundamentales, será necesario encontrar una solución, por dolorosa que resulte, incluso si ello implica renunciar a aspiraciones históricas profundamente arraigadas en ambos pueblos. Esa solución deberá asegurar, simultáneamente, la existencia y la seguridad de Israel, y también la dignidad, la prosperidad y la autodeterminación del pueblo palestino.

No hay duda de que el principal paso consiste en reconstruir una sociedad israelí solidaria, tolerante, ética, moral y, ante todo, unida. La situación actual de la sociedad israelí es profundamente preocupante. La polarización, alimentada por campañas políticas sin límites, ha ido desplazando el diálogo y las discusiones legítimas (por intensas que estas fueran), para dar lugar a un clima de odio, sí, de odio, entre distintas visiones políticas dentro de la población judía, y también hacia los ciudadanos no judíos. El racismo ha reaparecido con fuerza y arrastra a la sociedad israelí por un camino de autodestrucción (no es la intención de este escrito detallar ejemplos concretos observados en los últimos años, que algunos podrían considerar imaginarios o inexactos).

No hay duda en que solo en el plano interno se ha agravado esta realidad. Las relaciones entre los judíos que viven en Israel y aquellos que viven en la diáspora también han atravesado tiempos mejores. En un mundo global, abierto y muchas veces superficial, el puente entre ambas judeidades debe volver a fortalecerse: debe ser firme, flexible y estar fundado, sobre todo, en un diálogo genuino de respeto mutuo y solidaridad. Las posturas del actual gobierno de Israel no contribuyen a este objetivo. El impacto de la guerra del 7 de octubre sobre las comunidades judías de la diáspora ha sido devastador; no solo por el recrudecimiento del antisemitismo, del antisionismo y del antiisraelismo que brotaron de manera indiscriminada, sino también por la profunda conmoción que produjo en la escala de valores de muchos judíos respecto de Israel, su lugar en el judaísmo mundial y en la vida judía contemporánea.

No hay duda de que tenemos la obligación de mirar la realidad en toda su complejidad y, juntos, hacer lo posible y lo necesario para encaminar nuestro destino común con responsabilidad, lucidez y sentido de unidad.


*Titular del Depto de Educación No Formal

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