Por Abraham Lichtenbaum*.- Hace unos 35 años, un cineasta franco-israelí presentó su película “Azote 86”, un terrible documento fílmico acerca de lo acaecido durante la Segunda Guerra Mundial. Un judío es condenado a recibir 85 azotes, pero el azote número 86 lo recibe cuando, al quedar con vida, nadie le cree lo que le estaba aconteciendo al pueblo judío. No recuerdo el nombre del realizador porque estoy lejos de casa y no tengo mis notas conmigo.
No quiero comparar lo incomparable, pero el número me hace reflexionar acerca de lo que está pasando en nuestra Comunidad.
Estamos ante otro aniversario de una tragedia aún sin culpables. Todos tratamos de ejercitar la Memoria para que no se repita, para que nuestros hijos y los hijos de nuestros vecinos sepan lo ocurrido, porque el olvido es castigo y el pueblo judío supo siempre ejercer su derecho a recordar.
Al atentado a la sede de la AMIA y la DAIA le falta un nombre: el IWO (foto de rescatistas recuperando material de su archivo y biblioteca) funcionaba por derecho propio en el 3er piso y parte del 4º del destruido edificio, y funcionó allí por 50 años.
Lamentablemente, en estos 18 años el IWO no pudo ser reconstruido. Quizá no pudimos o no supimos hacernos escuchar, pero el IWO se ha transformado, con el tiempo, en la víctima 86 del atentado, que se debate por existir, por ocupar un lugar en la historia de esta alicaída Comunidad Judía que está buscando una inserción en el mundo contemporáneo.
Creado en Vilna en 1925 para investigar la vida judía en Europa, llega a la Argentina en 1928 y se da a la tarea de ser el reservorio de la cultura que nuestros antepasados, los inmigrantes, trajeron consigo -Biblioteca, Archivo, Pinacoteca, documentación en ídish y castellano- para conservar el pasado y reflejar la nueva realidad.
Llegó el momento de darle al IWO su lugar. Quizá no el que ocupara en Europa, quizá no el que ocupara antes del atentado, pero lo que esta Comunidad -o mejor dicho, los dirigentes de turno, que en algún momento dejarán de serlo- deben saber es que no se puede engañar a la historia, no se pueden ignorar los hechos. La existencia del IWO en el edificio de la AMIA, el destruido, es un hecho, a pesar de que en el actual su nombre haya sido borrado. Quizá llegó el momento de reparar un error histórico, y espero involuntario: el edificio destruido fue el de la AMIA y la DAIA, pero también, y quizás en minúscula, funcionaba, al fin, el iwo.
* Director de la Fundación IWO. Orgulloso de haberse formado en su adolescencia en el edificio de Pasteur 633, donde también funcionaba la sede del desaparecido Seminario de Maestros, que aportó intelectuales a todo el mundo judío y donde la biblioteca del IWO educó también a los jóvenes que difundieron, y aún hoy lo siguen haciendo, la cultura judía en todos los continentes.

