El nuevo cine argentino siempre tuvo una buena acogida en Berlín -en el 2001 «La ciénaga», de Lucrecia Martel, y en el 2002 «Un día de suerte», de Sandra Gugliotta–, y ahora Burman profundiza en esa senda que él mismo abrió en la capital alemana allá en 1997, cuando apenas tenía 23 años y le tocó inaugurar la sección Panorama con su desmelenada opera prima, «Un crisantemo estalla en Cincoesquinas». Su nuevo filme está mucho más cerca, en todo caso, de «Esperando al Mesías» (2000), su segundo largo, en primer lugar porque reaparece como protagonista el actor uruguayo Daniel Hendler, que a estas alturas parece una suerte de inseparable alter ego del director, un poco como lo fue Jean-Pierre Léaud para François Truffaut, ese espejo a través del cual poder seguir su propia educación sentimental.
«El abrazo partido» también se conecta con las líneas más profundas de «Esperando al Mesías» porque vuelve a tocar algunos de los mismos temas de aquella película, que tienen que ver con el intento de encontrar un lugar en el mundo, de dar cuenta de ese pasaje a la vida adulta en el que hay que tratar de descubrir qué se quiere hacer en la vida. O al menos qué es lo que la vida está haciendo con uno.
«Yo soy argentino, judío, polaco», dice Burman con énfasis. «El tema de la identidad es un tema esencial. ¿Quién es uno? Uno tiene que construir su identidad y ayudar a construir la de los hijos. ¿Cómo uno construye en otra persona lo que uno aún no tiene todavía definido? Es difícil. Por eso incorporé el tema de la paternidad en la película. De adolescente, uno tiene la fantasía de que la va a encontrar y, luego, se da cuenta de que es un ente dinámico, que cambia todo el tiempo. Y cuando aparecen los hijos la cosas se complican».
La complicación del caso es Ariel (Hendler), un muchacho de veintipico que vegeta en una galería comercial del barrio de Once, ayudando a su madre (Adriana Aizenberg) en un negocio de lencería, rodeado de corpiños y bombachas, viendo pasar los días apenas con una vaga ilusión: conseguir un pasaporte polaco para entrar a Europa, con la esperanza de hacer algo, cualquier cosa, lavar platos si fuera necesario. Su abuela, que escapó de la Shoah, no está muy convencida de querer facilitarle los papeles. Al fin y al cabo, su nieto quiere volver allí donde ella estuvo a punto de terminar en una cámara de gas. Y el padre de Ariel tampoco puede ayudarlo a tomar una decisión: abandonó a la familia cuando él recién había nacido, con la excusa de haberse ido a pelear por Israel, en la guerra de Yom Kippur.
Para Burman, «la construcción de ese héroe paterno es así, ambigua. Paradójicamente, para el hijo es más fácil construir un héroe villano, pero sólido. Con esa ausencia construye algo, cree saber quién es su padre. Pero cuando el tipo cuando vuelve es uno más, como nosotros. Creo que un momento clave en la vida es cuando los hijos nos damos cuenta de que los padres son como uno, pero que tienen un hijo… Y el momento en el que un hijo es testigo de las dudas de su padre es muy importante en la vida, porque convierte a los padres en personas, ya no sólo en héroes».
A partir de este fraccionado grupo familiar, Burman -con la colaboración en el guión del novelista Marcelo Birmajer, todo un especialista en relatos sobre la diáspora judía porteña- construye un mosaico de pequeñas historias, a veces apenas anécdotas o pinceladas de color, que van incorporando distintos personajes arquetípicos, que nunca llegan a ser estereotipados, en parte porque muchos se representan un poco a sí mismos, como la conmovedora abuela que compone Rosita Londner, ella misma una sobreviviente de la Shoah. «Fue un casting muy divertido, con las pop stars judías», recuerda Burman. «Elegimos a toda aquella gente que vivía en el Once que tenía ganas de actuar. Y me encontré con gente maravillosa, gente que por ahí tiene un negocio hace 30 años pero que hace 35 hacían teatro, en la Sociedad Hebraica. A mí no me interesaba hacer un documental, pero sí quería encontrar las personas que coincidieran con mis personajes. Y así hicimos combinaciones entre actores profesionales y no profesionales. Como equipo, nos divertimos mucho. Aprendimos que las cosas esenciales son muy pocas para hacer una película, y que cuanto menos sean mejor. Hubo que trabajar mucho en la calle y tener una inmediatez con lo que pasaba ayudó mucho a la película».
En este sentido, es fundamental en «El abrazo partido» el aporte del director de fotografía Ramiro Civita, con una cámara casi permanentemente en mano, que le da una intensidad muy particular a la película. No es tanto lo que se ve de la ciudad, sino lo que se intuye, ese abigarramiento, esa ansiedad tan porteña y tan propia también del Once, donde la comunidad judía fue mezclándose, como en una Babel, con todas las corrientes migratorias, entre ellas una de las últimas en incorporarse a la geografía de la ciudad, como la coreana. «La realidad estaba allí -confirma Burman- y no le molestó que nosotros la estuviéramos filmando».
Por Luciano Monteagudo
Crítico cinematográfico del periódico «Página/12», de Buenos Aires. Director de programación de la Cinemateca Argentina y programador del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires
Fte L.V.D

