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La relación entre Siria y Egipto

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La semana pasada, Bashar al-  Assad tuvo la oportunidad de medir  la posición de Siria en  Medio Oriente. Tras seis años de boicot egipcio a Siria, el embajador de Siria fue convocado a Cairo para una entrevista con Houssein Tantawi, Ministro de Defensa y Presidente del Consejo Militar que dirige, hoy,  los asuntos en Egipto y autor de  una carta, que le enviara  al Presidente Assad,  en la cual Tantawi expresa su  aspiración de “Abrir una nueva página en las relaciones Siria-Egipto”, en base a las conocidas conexiones del pasado y aquellas que esperamos establecer”.
Assad, que esperó largos años un telegrama de conciliación que no nunca llegó por parte del Presidente Hosni Mubarak,  se apuró a responder. Escribió calurosamente que le deseaba a Tantawi y a Egipto “Mucho éxito, estabilidad y retorno a su rol natural en el mundo árabe”.
Assad y Tantawi acordaron  cooperación y asesoramiento mutuo “en todas las áreas”.
La expectativa es que Tantawi sea invitado a una visita oficial en Siria a fines  de abril –  principios de mayo.

La conciliación con Siria fue, quizás, el primer paso significativo en el área de las relaciones exteriores de Egipto bajo la conducción temporaria de Tantawi. Es probable que, esa iniciativa, también dé cuenta de la diferencia de opiniones que existió entre Tantawi y Mubarak con respecto al corte que rige en las relaciones entre Siria y Egipto.
Esa ruptura -originada en el 2006, en la Segunda Guerra del Líbano, después que Assad llamara a los líderes árabes “Medio Hombres”, al evitar el respaldo a Hezbollah e, incluso, condenándolo- arrojó a Siria hacia un rincón político de aislamiento. Arabia Saudita, Egipto y Jordania decidieron el boicot no- formal hacia ese país.

Sin embargo, tres años después, se produjo el cambio. Arabia Saudita decidió, en contrario  a la posición de Egipto, renunciar al boicot y Abdullah, rey de ese país, llegó a una primera visita oficial en Damasco (octubre, 2009).
Arabia Saudita, que solicitó resolver la crisis en Líbano a partir de la participación del Tribunal Internacional, que investigó el asesinato de Rafic Hariri, comprendió que, sin Siria,  no tiene manera de influenciar en los pasos políticos del país. También evaluó que renovadas relaciones con Assad pueden ayudarlo a frenar la influencia iraní en Medio Oriente.
La visita del Rey de Arabia Saudita produjo una vuelta importante en la posición de Assad en  Medio Oriente. De una situación en la que su país fue considerado como uno de los cráneos en el nuevo eje no –  árabe (de la que son miembros Turquía e Irán), se convirtió en un eje de importancia entre los países árabes mientras, Egipto, quedó relegado a  un segundo plano.
El cambio en la política saudita no fue tan útil en el avance de los intereses del rey Abdullah. La crisis en Líbano continúa. Saad Hariri no logró conformar un gobierno y, por ello, no se convirtió en Primer Ministro y,  las relaciones entre Irán y Siria,  avanzan y se estrechan.
La semana pasada visitó Teherán el Primer Ministro de Siria y firmó algunos acuerdos de cooperación comercial los que se suman  a otros anteriores (parte de ellos no fueron concretado), son menos importantes  que la visita destinada a transmitir un mensaje;  Siria no se propone permitir,  a la presión internacional,  influir en las relaciones con Irán. Eso  no significa que, Damasco, no esté interesada en promover el proceso de paz con Israel sino que significa que no está dispuesta a crear una relación entre ese proceso y su vínculo con Teherán.
Mientras tanto, Assad puede exhibir su país como “isla de estabilidad” en Medio Oriente en llamas. Siria es uno de los países pobres y aislados de la región en el que no tuvieron lugar verdaderas manifestaciones contra el gobierno aunque sea al costo de los ciudadanos del país;  un costo mayor que el que pagan las  masas en Egipto o Túnez.
La desocupación alcanza el 20-25% (10% según los datos sirios oficiales), el mercado se sostiene sobre monopolios de allegados al gobierno.  Siria se destaca, en la escala de corrupción mundial y, según los datos del Banco Mundial, se encuentra en el 143° lugar entre 183 países en la escala de incentivo a las inversiones.
La fortuna acumulada por la familia gobernante  no es secreta. En los sitios sirios es posible encontrar detalles impresionantes sobre las enormes propiedades personales de Assad y su familia.
Sobre la represión a la libertad de expresión en Siria se escribieron muchos informes a manos del Departamento Exterior norteamericano, pero no escuchamos  – en las últimas semanas-  a la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, condenando a Damasco  y tampoco eso molesta a Siria para enfrentarse por la banca que dejó Libia en el Consejo de Naciones Unidas por los Derechos Humanos.
Si bien el sueldo promedio en Siria alcanza los 300 dólares mensuales,  alto para los países pobres del Medio Oriente, el 14% del total de 20 millones de ciudadanos, viven bajo la línea de pobreza. Siria se apuró a finales de febrero a repartir dinero a 420 mil familias pobres, 70 dólares por persona al mes, pero cabe la duda si esa ayuda pueda ser el “horizonte económico” capaz de calmar a la población que grita.
A pesar que, las condiciones económicas son parecidas o, incluso, más difíciles de las de Egipto o Túnez, Siria no siente ni hay  síntomas de levantamiento popular. Es posible vincular eso  a la potencia de control y la supervisión de las fuerzas de seguridad sirias y, también, al trauma nacional sirio: en 1982, el ejército sirio hizo estallar y explotar la ciudad de Hama, para apagar la rebelión de Los Hermanos Musulmanes. Decenas de miles de ciudadanos fueron asesinados.
La consecuencia en todo caso es que Assad, quien dijera en una entrevista a Wall Street Journal, que la “Reforma política esperará a la próxima generación”, puede estar conforme o, cuanto menos, tranquilo.
 

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