Soy periodista y soy, en parte, de origen judío. De ambas condiciones –una, elegida; la otra, destinada– hoy me siento avergonzado.
Los periodistas parecemos andar acostumbrándonos a que quienes gobiernan hoy la Argentina nos insulten día a día. Porque no hay que confundirse: cuando la Presidenta, sus ministros y su marido jefe del PJ, salen a mentir sosteniendo que Clarín es un monopolio –falsedad que cualquiera con dos dedos de frente puede comprobar sólo observando la oferta de periódicos en un quiosco– y, de paso, le pegan a La Nación , l o que atacan a fondo es a la libertad de prensa, como violentan la libertad de expresión con la llamada ley de Medios Audiovisuales. Y como amenaza nuestro trabajo, el conflicto gremial armado por el gobierno, que mantiene en vilo la producción en Papel Prensa. Eso, en busca del acariciado sueño oficial de un país sin diarios.
El ministro Boudou –ex devoto de los principios del ingeniero Alsogaray– trató, como ya es fama, a una periodista de Clarín y a uno de La Nación de ser parte de la “prensa asesina”, comparándolos con “los que ayudaban a limpiar las cámaras de gas en el nazismo.” Pero los periodistas no tomamos una medida conjunta para responder lo que el rabino Bergman no dudó en calificar como una “profanación”. La prensa no domesticada por el kirchnerismo informó sobre el hecho y lo criticó, desde luego. Sin embargo, los periodistas no resolvimos, por ejemplo, dejar de concurrir a las conferencias de prensa de Boudou o no volver a entrevistarlo. ¿Y las academias, las asociaciones, los gremios? No basta con repudiar cuando la salvajada – bendecida con el estruendoso silencio de la tan locuaz Presidenta – cobra semejante envergadura.
La comunidad judía, por su parte, recibió en la DAIA al ministro y le ofreció amplias facilidades para que se excusara. Tantas, que Boudou se ocupó de aclarar que “de ninguna manera” iba a extender sus disculpas hacia los periodistas agredidos. Más aún, en la DAIA se aceptó que llamara “metáfora inapropiada” a la bestialidad –el canciller Timerman prefirió un término más benigno aún: “inadecuada”–.
Días después, Cristina Fernández de Kirchner fue a la cena anual de la AMIA, llevando a su gabinete casi en pleno: faltaba, justo, Boudou. Los dirigentes de la mutual judía escucharon cómo la Presidenta sostenía que la entidad “es una aliada formidable de este gobierno; una aliada incondicional e indiscutible” . Todo, como si Boudou no hubiera dicho absolutamente nada.
No es conveniente hacerse el distraído con las patotas. Si no se las enfrenta, suelen envalentonarse. De ese estado a la atrocidad, media menos de un paso.
Sobrada y duramente lo sabemos los periodistas y los judíos.
Macbeth, que se declara “decidido a conocer con los peores medios, lo peor”, sabe que “lo que empieza con el Mal, con el Mal se fortalece”.
En estos días tristes y amenazantes para la libertad en la Argentina, extraño la dignidad de ser periodista y ser judío.

