Itongadol/Agencia AJN.- Dirigiéndose a toda la comunidad y a la sociedad en su conjunto, el Gran Rabino de AMIA, Eliahu Hamra, difundió una reflexión, en las vísperas del Año Nuevo Judío, en la que se refirió al especial significado de Rosh Hashaná, la festividad en la que se conmemora el inicio de la creación del mundo, y que comienza hoy con la puesta del sol.
En su mensaje, el Gran Rabino destacó: «En Rosh Hashaná estamos llamados a detener, aunque sea por un instante, la carrera de la vida, a silenciar los ruidos de fondo y a reencontrarnos con nosotros mismos».
VOLVER A NOSOTROS MISMOS
Por el Gran Rabino de AMIA Eliahu Hamra
Nos encontramos en la víspera de Rosh Hashaná, fecha que conmemora la creación del ser humano. En estos días sagrados nos presentamos ante el Creador del mundo: el ser humano frente a su Creador.
Pero antes de presentarse ante Hashem, el hombre también debe detenerse y encontrarse consigo mismo.
En Rosh Hashaná estamos llamados a detener, aunque sea por un instante, la carrera de la vida, a silenciar los ruidos de fondo y a reencontrarnos con nosotros mismos. En el día en que el mundo fue creado, regresamos, en cierto sentido, al comienzo de la creación, a aquel momento en que el primer hombre fue creado solo, único en el mundo.
Adán al encontrarse solo, no estaba rodeado por el ruido del mundo, por las comparaciones con los demás, ni por la multiplicidad de voces que lo rodeaban. Desde aquella soledad pudo conocer a su Creador y, a partir de ese encuentro, reconocer también la grandeza de su propia esencia. Tanto es así que nuestros Sabios enseñan que los ángeles llegaron a confundirse respecto de él y quisieron entonar ante él un cántico.
Sin embargo, esta singularidad no desapareció cuando el mundo comenzó a poblarse. Cada uno de nosotros sigue siendo único.
No existe una persona idéntica a otra: ni en su apariencia, ni en su carácter, ni en sus talentos, ni en sus cualidades, ni en su misión. Cada uno de nosotros es una creación irrepetible.
Yo, con mis virtudes y mis limitaciones, soy una persona que nunca existió de esta manera en las generaciones anteriores, y que jamás volverá a existir de la misma forma, hasta el final de los tiempos.
Y cuando el ser humano comprende esto, descubre algo todavía más grande: Hashem lo envió al mundo con una misión particular, una misión que ninguna otra persona puede cumplir en su lugar.

ROSH HASHANÁ: VOLVER A SER NOSOTROS MISMOS
Estos días sagrados nos ofrecen la oportunidad de elevarnos y volver a reconocernos.
En las preocupaciones de la vida cotidiana, el ser humano va olvidándose de sí mismo. Las noticias invaden nuestro corazón, las redes sociales dispersan nuestra atención e incluso la inteligencia artificial nos presenta un nuevo desafío, porque cada vez ocupa más espacio en aquello que hace tan especial al ser humano: el pensamiento, la creatividad y la capacidad de elegir por sí mismo.
Y en medio de todo este ruido, el ser humano puede llegar a perderse.
Rosh Hashaná es el momento en que, de algún modo, el mundo se detiene, regresa a su comienzo y a su origen. El ser humano ingresa en una dimensión sagrada en la que vuelve a ser, sencillamente, él mismo.
Al principio, este encuentro con nosotros mismos puede incluso despertar cierta sensación de extrañeza. Nos hemos acostumbrado a estar permanentemente ocupados con algo diferente: con otra persona, con otra opinión, con otro deseo. Pero cuando el ser humano se detiene, poco a poco comienza a entrar en su mundo interior y descubre su punto más profundo: aquel lugar en el que fue creado como un ser único.
Y observemos hasta dónde llega el valor de esta singularidad.
ABRAHAM AVINU: LA FUERZA DE UNO
La condición de ser único también fue una de las características de Abraham Avinu, nuestro padre en la fe.
Abraham estaba sólo en su fe. Nuestros Sabios describen cómo llegó al reconocimiento de Hashem a través de una búsqueda personal e independiente, hasta conocer a su Creador.
Cuando Nimrod lo arrojó al horno de fuego por su fe en Hashem, los Sabios relatan que el ángel Gabriel pidió descender para salvarlo. Entonces Hashem le dijo: “Yo soy único en mi mundo y él es único en su mundo; es apropiado que el Único salve al único”.
Hay aquí una profundidad maravillosa.
En Rosh Hashaná, el ser humano se presenta ante el Rey del mundo y construye la relación entre él y su Creador. Y dentro de ese encuentro descubre que Hashem es Único en Su mundo y que también él fue creado con un alma única, con una misión que no puede ser reemplazada.
La singularidad del ser humano no lo aleja de su Creador. Por el contrario: puede convertirse en el camino más profundo para acercarse a Él.
TESHUVÁ: VOLVER A NOSOTROS MISMOS, A NUESTRA ESENCIA
Esta es también la esencia de la teshuvá (“arrepentimiento”) que trabajamos durante estos días, que comienzan en Rosh Hashaná y culminan en Iom Kipur, el día del perdón y la expiación.
Teshuvá no significa únicamente arrepentirse de los actos negativos que cometimos durante el año que pasó, ni solamente lamentar aquello bueno que dejamos de hacer. Teshuvá significa, ante todo, volver.
Volver al lugar del que provenimos. Volver al punto interior y puro que existe dentro de nosotros.
Cada mañana decimos: “El alma que Tú me has dado es pura.” El pecado hace que el ser humano quede sometido a su inclinación. A lo largo del año somos arrojados de un deseo a otro, de una emoción a otra, de una atracción a otra, y muchas veces, toda esa actividad puede convertirse en una manera de escapar del encuentro con nosotros mismos.
Rosh Hashaná nos ofrece la posibilidad de detenernos y volver a nosotros mismos. No escapar de nosotros.
VOLVER A NOSOTROS
“Haelokim hizo al hombre recto”. Nuestros Sabios enseñaron: “Amado es el ser humano, porque fue creado a imagen de Hashem”. Esta es la grandeza del ser humano.
La maravillosa creación llamada “hombre” fue creada a imagen de Hashem y, en su raíz, es buena y recta.
Así lo expresa el Rey Shlomó en el libro de Kohelet (Eclesiastés): “Haelokim hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchos razonamientos” (Kohelet 7:29).
El ser humano fue creado originalmente recto. Fue creado preparado y dispuesto para una vida de santidad. Cuando vuelve a esa rectitud originaria, cuando deja de buscar “tantos razonamientos” y comienza a escuchar aquella voz interior y pura que existe dentro de él, se eleva.
Durante el año vivimos en una búsqueda constante de aquello que está fuera de nosotros. Miramos al otro y pensamos: si tuviera sus talentos, sus recursos, su posición o su vida, sería feliz.
Pero en Rosh Hashaná llegamos a otra comprensión: Hashem me dio todo lo que necesito para cumplir mi misión. Mis talentos, mis cualidades, mi alma, mi cuerpo, y también el entorno en el que nací y en el que transcurre mi vida. Todo fue dispuesto con precisión para que pueda cumplir la misión que me fue encomendada.
EL COMPÁS QUE TRAZAMOS ALREDEDOR DE NOSOTROS
En Rosh Hashaná debemos, por así decirlo, trazar con un compás un círculo alrededor de nosotros mismos. No desde el egoísmo, sino desde la comprensión de que no necesitamos ser otra persona para ser dignos.
El ser humano debe comprender: no necesita imitar al otro para sentirse completo. Hay un mundo entero dentro de mí. Hashem no me pide que sea otra persona. Me pide que sea yo: la persona que Él mismo creó.
Y esta es una de las grandes posibilidades que nos regala Rosh Hashaná: detener por un instante la carrera y descubrir que no nos falta nada para comenzar nuestro trabajo como judíos ligados al Creador.
El ser humano puede quedar olvidado en medio del ruido, mientras el bullicio de la vida no deja de crecer. La tecnología nos permite estar conectados con todos a cada instante, pero precisamente por eso podemos perder el vínculo con nosotros mismos.
Vivimos en un mundo en el que las pantallas nos acompañan sin pausa, en el que las noticias entran a nuestros hogares a toda hora, en el que las redes sociales determinan gran parte de nuestra atención y en el que muchos jóvenes crecen en una realidad donde una parte importante de la comunicación humana pasa a través de dispositivos.
Precisamente por eso necesitamos Rosh Hashaná. Un día en el que el ser humano deja de lado todos los ruidos y vuelve a ser persona. Y cuando regresamos a nosotros mismos, podemos vivir este momento como un tiempo de inspiración especial, una inspiración que llena las habitaciones del corazón y nos permite comprender nuevamente: No me falta nada para cumplir mi misión.
PARECERNOS AL CREADOR
Pero el vínculo con nosotros mismos no termina en nosotros. Después del pecado del becerro de oro, Hashem reveló a Moshé las “Trece cualidades de misericordia”. Esta revelación nos enseña que cuando el ser humano se acerca a su Creador, también busca parecerse a Él.
Nuestros Sabios nos enseñaron: “Así como Él es misericordioso, tú también sé misericordioso; así como Él es bondadoso, tú también sé bondadoso”. Cuánto más descubre el ser humano el punto Divino que existe dentro de él, más capaz se vuelve de llevarlo al mundo.
El trabajo de estos días no consiste en imitar a quienes nos rodean, sino en ser verdaderamente nosotros mismos y, desde allí, hacer realidad el bien y la santidad que Hashem depositó en nuestro interior.
SANTIFICAR EL CUERPO
Por eso existe otro punto profundo en nuestro trabajo de acercarnos al Creador de Rosh Hashaná. Aunque nuestra esencia interior es espiritual, el propósito del alma no es escapar del cuerpo, sino santificarlo.
El alma Divina descendió al mundo precisamente para trabajar con el cuerpo físico: elevarlo, purificarlo e incorporar también la materia al mundo de la santidad.
Por eso nuestros Sabios enseñaron que en Rosh Hashaná hay lugar tanto para nuestro trabajo para Hashem de la tefilá como para la comida y la bebida del día: “La mitad para Hashem y la mitad para ustedes.”
Porque la santidad no se encuentra únicamente en el Templo. También está en la mesa, en el hogar, en el cuerpo, en la familia y en nuestra vida cotidiana. Nuestra misión no es abandonar el mundo, sino elevarlo. No alejarnos del cuerpo, sino santificarlo. No huir de la vida, sino introducir en ella nuestra alma.
VOLVER A LO QUE VERDADERAMENTE SOMOS
En Rosh Hashaná tenemos una elección delante de nosotros. Podemos continuar construyéndonos únicamente desde nuestra posición en el mundo: cómo nos ven los demás, qué piensan de nosotros, qué tienen los otros y qué sentimos que nos falta.
O podemos elegir un camino más elevado: construirnos desde nuestro vínculo interior con el Creador. Estar con nosotros mismos. Volver a nosotros mismos. Reconocer que dentro de nosotros existe un punto puro que jamás puede ser dañado. Y desde ese punto puro, salir al mundo.
Porque el ser humano no está llamado a conservar la santidad únicamente dentro de sí. Está llamado a tomar esa pureza interior y permitir que santifique todo aquello que lo rodea.
CUANDO EL SER HUMANO VUELVE A SÍ MISMO, DESCUBRE SU MISIÓN
Cuando descubre su misión, se acerca a su Creador. Y cuando se acerca a su Creador, puede llegar a proclamar a Hashem como Rey, no solamente sobre sí mismo, sino sobre toda la Creación. Y de ésta forma puede llegar a descubrir su misión. Y al descubrirla, comprende también que no está solo: es parte de un colectivo, un eslabón de una cadena que comenzó antes de él y que, a través de sus actos, continuará en las generaciones que vendrán.
Nuestra misión no termina en nosotros; comienza en nosotros y continúa a través de quienes recibirán de nuestras manos la herencia de nuestra Torá, nuestros valores y nuestra identidad.
Que sea la voluntad de Hashem que, durante estos días sagrados, todos podamos detenernos, escuchar, volver a nosotros mismos y a nuestra alma pura; reconocer el enorme regalo que significa simplemente haber sido creados como seres humanos, y cumplir con fe y alegría la misión particular para la cual fuimos enviados a este mundo.
¡Que seamos inscriptos y sellados en el Libro de la Vida!
¡Shaná Tová uMetuká!
Para toda la comunidad judía de la República Argentina.

