Itongadol.- Me niego a aceptar un judaísmo que necesita excluir para sobrevivir. Me niego a enseñar —ni explícita ni implícitamente— que existen judíos de primera y de segunda, pertenencias condicionadas o compromisos que nunca alcanzan. Me niego a validar un discurso que convierte la sospecha en norma y el castigo en pedagogía.
Itongadol(por Batia D. de Nemirovsky).- Leo con profunda preocupación el comunicado recientemente difundido por el Gran Rabinato de la Congregación Sefaradí en relación con los guiurim y el anacrónico jerem, no solo por su contenido halájico —que no pretendo discutir desde un lugar de autoridad rabínica— sino, sobre todo, por el mensaje comunitario, in-humano y nada ético que transmite.
Desde hace años sostengo que el pueblo judío se define por una unidad de herencia y una unidad de destino. Compartimos textos, memoria, relatos fundacionales y una historia común; pero también compartimos un futuro que nos interpela colectivamente. Esa herencia y ese destino no nos convierten en un bloque homogéneo, sino en una comunidad diversa, atravesada por múltiples formas de vivir y asumir el judaísmo.
Por eso, toda afirmación que rigidiza, excluye o deslegitima a parte de quienes forman —o desean formar— parte del pueblo judío, no sólo no fortalece la continuidad, sino que la empobrece.
El comunicado afirma que existe un jerem de validez general y permanente que impide realizar conversiones fuera de Eretz Israel y que invalida incluso procesos realizados en otros países. Más allá del debate halájico específico, me pregunto —y lo hago como educadora judía y como parte de esta comunidad— qué tipo de judaísmo estamos transmitiendo cuando colocamos el eje en la pureza del linaje antes que en la responsabilidad ética, el compromiso y la elección consciente.
Siempre creí —y lo escribí— que nacer judío no es suficiente si no se elige serlo, del mismo modo que quien no nació judío y eligió serlo con convicción y compromiso merece pleno reconocimiento, amor y respeto. La tradición judía conoce bien esta idea: Ruth la moabita no fue una amenaza para la kedushá del pueblo, sino una de sus columnas fundantes. Recordar esto no es relativismo: es memoria judía.
Hablar de “preservación de la pureza” como argumento central me resulta especialmente doloroso. El judaísmo que heredé y que intento transmitir no se sostiene sobre la exclusión ni sobre el miedo, sino sobre la responsabilidad mutua, la justicia y la dignidad humana. La Torá no nos ordena proteger linajes; nos ordena no oprimir al guer no recordarle su origen, no convertirlo en un eterno sospechoso.
Cuando un comunicado afirma que no es necesario extenderse sobre la “extrema gravedad” de transgredir un jerem y sus consecuencias, el mensaje que se instala no es de cuidado, sino de amenaza. Y las comunidades no se fortalecen desde la intimidación ni desde la clausura del diálogo.
No desconozco la importancia de la halajá para amplios sectores del pueblo judío. Pero sí afirmo, con absoluta convicción, que la halajá sin ética se vacía de sentido, y que toda norma que produce humillación, exclusión o fractura comunitaria merece al menos ser repensada.
Tenemos desafíos enormes como pueblo: la continuidad, la educación, la transmisión, el antisemitismo, el vínculo con Israel, la construcción de comunidades significativas. Dividir, jerarquizar y expulsar simbólicamente no nos acerca a ninguna de esas metas.
Sigo creyendo —hoy quizá con más urgencia que nunca— que nuestra fortaleza está en reconocernos como un pueblo con una herencia común y un destino compartido. También con quienes eligieron entrar a esa historia por amor, por convicción y por compromiso. Dejarlos afuera no nos hace más fieles a la tradición: nos hace más pequeños.
Me niego a aceptar un judaísmo que necesita excluir para sobrevivir. Me niego a enseñar —ni explícita ni implícitamente— que existen judíos de primera y de segunda, pertenencias condicionadas o compromisos que nunca alcanzan. Me niego a validar un discurso que convierte la sospecha en norma y el castigo en pedagogía.
Si eso es lo que algunos llaman “protección de la pureza”, entonces el precio es demasiado alto. Porque un judaísmo que necesita levantar muros para preservarse no se está cuidando: se está encogiendo. Y un judaísmo que deja de reconocer la dignidad plena de quienes eligieron formar parte de él, con conciencia, estudio y compromiso, ya ha empezado a perder su alma.
Foto: Joni Shalom – Beth Hilel

