Inicio NOTICIAS Los tres «NO» que engendran la tragedia

Los tres «NO» que engendran la tragedia

Por
0 Comentarios

Menciono algunas: Al terminar la II Guerra Mundial, Palestina estaba bajo el mandato británico. La comunidad judía profundizó su lucha emancipadora porque, desde finales del siglo XIX, venía construyendo su Estado y no aceptaba algo que no fuera la independencia. Había fundado centenares de kibutzim, forestó yermos, fundó escuelas, hospitales, construyó caminos, granjas, teatros, canalizó el agua y hasta edificó Tel Aviv sobre dunas de arena. Creó la primera universidad, la primera orquesta sinfónica y el primer instituto científico de Oriente Próximo. Tenía aparato administrativo y Fuerzas de Defensa. Gran Bretaña, que contaba con el apoyo de la comunidad árabe de Palestina y de la Liga Arabe que ella misma había ayudado a fundar, elevó el problema a la ONU con la esperanza de que condenasen las pretensiones judías y pudiese continuar su mandato. La ONU conformó la UNSCOP -United States Special Comition of Palestina, integrada por Australia, Canadá, Checoslovaquia, India, Guatemala, Holanda, Irán, Perú, Suecia, Uruguay y Yugoslavia- países neutrales representantes de todas las regiones del planeta para analizar «in situ» la situación y recomendara una solución. La UNSCOP visitó Palestina, boicot de por medio de Gran Bretaña y los árabes, analizó y estudió el problema y reunida en Ginebra el 31 de Agosto de 1947 recomendó por unanimidad el fin del tiempo colonial británico y la partición de Palestina en dos estados: uno árabe y otro judío. Las fronteras del Estado judío fueron dibujadas según las poblaciones predominantemente judías y el resto fue adjudicado al Estado árabe. Ambos se mantendrían unidos por cruces territoriales y la complementación económica. La Agencia Judía, a través del Rabino Abba Hillel Silver, representante de todo el judaísmo mundial aceptó el veredicto. Aunque no se les hacía un regalo porque Israel ya existía gracias al sudor de sus habitantes: se legitimaba su anhelo de soberanía. La Liga Arabe por intermedio del Dr. Henry Cattan en cambio rechazó la oferta y proclamó su intención de arrojar a todos los judíos al mar. Apenas Israel proclamó su independencia, siete ejércitos árabes violaron la decisión de las Naciones Unidas y se arrojaron sobre el exiguo territorio. Los judíos carecían de armas: nadie se las vendía porque era imposible que pudiesen sobrevivir. El único país que accedió a proporcionárselas fue Checoslovaquia porque suponía que el socialismo del flamante estado lo llevaría a la órbita soviética. Ergo, si la agresión árabe hubiese triunfado, no existiría Israel. Pero la Historia fue distinta. La guerra la quisieron y forzaron los árabes, no Israel. Y perdieron. Ahí comenzó la tragedia palestina, por sus dirigentes. Los 650.000 refugiados por decisión árabe no fueron alojados por nadie, fueron llevados a «campos de refugiados» en condiciones infrahumanas para jugar como arma política con ellos, convirtiéndolos en seres víctimas de la miseria humana. En cambio los 500.000 judíos que debieron abandonar los países árabes fueron recibidos por Israel, donde se desarrollaron normalmente. De haber actuado con sensatez, en 1947 ya hubieran tenido su Estado propio. Luego de la derrota, los países vencidos se apoderaron de lo que quedaba de Palestina. Gaza pasó a ser administrada por Egipto y Cisjordania fue anexada a Transjordania, hoy Jordania. En consecuencia, los territorios que hubieran correspondido al Estado palestino fueron devorados por esos dos países, no por Israel. Palestina era considerada por los árabes como una provincia de Siria, consecuentemente ni una sola voz egipcia, jordana o palestina reclamó convertirlos en un Estado independiente con Jerusalén como capital. Jerusalén había quedado en manos jordanas, pero no fue convertida en su capital ni fue a visitarla ningún jefe de Estado árabe; era un villorrio marginal donde, eso sí, se destruyeron las centenarias sinagogas, se arrancaron lápidas del Monte de los Olivos para construir letrinas y se prohibió el acceso de los judíos a los lugares sagrados, como el Muro de los Lamentos. Los palestinos perdieron otra vez la oportunidad de proclamar su Estado en Gaza y Cisjordania. Llegó el año 1967. Los Estados árabes, impulsados por el raís egipcio Gammal Abdel Nasser, decidieron terminar con Israel. Bloquearon el golfo de Akaba, que en la práctica significa asfixiar al Estado de Israel, y exigieron el retiro de las tropas de Naciones Unidas cuya misión era evitar el choque entre árabes e israelíes. Pese a los desesperados ruegos de Israel, las Naciones Unidas se retiraron y dejaron libre la ruta de la matanza. Pero Israel no dejó que la mano del verdugo le apretase el cuello, no tenía vocación suicida. Estalló la Guerra de los Seis Días. La victoria israelí fue aplastante. Pero no cambió la realidad: Israel seguía siendo un pequeño Estado en medio del océano árabe. Tendió la mano a sus enemigos y ofreció negociaciones de paz que incluían la devolución de territorios. Los líderes árabes se reunieron en Jartum para decidir. Surgieron ahí los arrogantes y famosos Tres NO: no al reconocimiento, no a las negociaciones, no a la paz con el Estado de Israel. Los palestinos volvieron a perder esa oportunidad. Un halcón como Menahem Begin, para firmar la paz con Egipto, reintegró generosamente hasta el último grano de arena del Sinaí. Y además les obsequió pozos petroleros, rutas, aeropuertos, los complejos turísticos de Taba y Sharm El Sheik, desmantelando incluso la ciudad judía de Yamit, construida entre Gaza y el Sinaí. Quien tuvo a cargo de la penosa tarea de sacar a los colonos israelíes de la península?: Arik Sharón. La última magnífica y olvidada oportunidad desperdiciada. Sucedió en Camp David II. El primer ministro israelí, Ehud Barak, pacifista hasta la ingenuidad, ofreció a la Autoridad Nacional Palestina todo lo que pretendía (menos la autodestrucción, por supuesto). Arafat replicaba con un monocorde NO. Clinton le reprochó, irritado: «Basta de decir no: haga sus propias propuestas». No las hubo. No las hubo porque conducirían a la paz, y la paz era un mal negocio para los «dirigentes» palestinos. El Premier israelí volvió triste: había ofrecido sin resultado mucho más de lo que su pueblo aceptaría. Arafat volvió alegre porque continuaría la guerra que lo mantendría en la primera página de los diarios de todo el mundo. Su vida de combatiente le otorgaba mas laureles que la aburrida administración de un país. Era obvio que pocos días después iba a lanzar la segunda, innecesaria y criminal Intifada. Digámoslo sin cobardía: entre la creación de un Estado palestino pacífico y la promocionada Intifada, Arafat eligió la Intifada Si ahora no existe un Estado palestino independiente es por voluntad de la dirigencia palestina, no de Israel. Hay que denunciar esta verdad simple y dura, de lo contrario, se ahondará en la estéril tragedia que enluta a Oriente Próximo una solución que está al alcance de la mano. Debe recordarse que la Intifada fue decidida antes de Camp David confesó el ministro palestino de Comunicaciones. No estalló contra Sharón, que ni siquiera era ministro, sino contra el pacifista Barak, quien durante los cinco meses que le quedaban en el Gobierno recurrió a todas las negociaciones posibles, directas e indirectas, para que cesara la violencia y continuara el proceso de paz. No hubo un día sin ataques palestinos y el efecto inevitable fue el triunfo electoral del primer ministro Arik Sharon. El histórico, doloroso pero inteligente paso dado recientemente por Israel con su retirada de Gaza, y donde el mundo admiró a un pueblo que a pesar de sus discrepancias, en lugar de una guerra fraticida se evidenció el amor y la tolerancia, completa el panorama para que de una buena vez la paz sea posible: está al alcance de la mano. Desde hace décadas, en Israel actúa el Movimiento Paz Ahora, que dinamiza a un millón de adherentes. ¿Qué movimiento por la paz existe entre los palestinos? No hablo de 1.000.000, 100.000, ni 10.000 personas. ¡Me conformaría con sólo 1.000! Pero eso no es posible porque su dirigencia ha estimulado la pérdida de la memoria y un desmesurado crecimiento del odio Los palestinos, después de cada nueva frustración, se dedican a matar judíos. Dijo Golda Meir: «Habrá paz cuando amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros». Esta también es una simple y dolorosa verdad Simón Efron, Buenos Aires.
Pais Argentina

También te puede interesar

Este sitio utiliza cookies para mejorar la experiencia de usuario. Aceptar Ver más