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Vargas Llosa para el Nobel

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«El escritor que se pelee con la izquierda está perdido», decía Guillermo Cabrera Infante. Y él se peleó.
Por eso murió el 22 de febrero en un hospital público de Londres, sin dinero para uno privado como, en cambio, sí se permiten escritores literariamente menores pero que escriben textos políticamente correctos, que son los verdaderamente rentables.
En ese caso, Mario Vargas Llosa es uno de los pocos que pese a ser de derecha gana bien y, además, tiene reconocimiento internacional: algo inusual en alguien a quien la izquierda no perdona que en 1967 se negara a donar los 40 mil dólares del Premio Rómulo Gallegos (por La casa verde) a la guerrilla del Che en Bolivia.
Hasta es articulista de El País, en cuyas páginas es el único que se atreve a escribir la gran verdad de que muchos países subdesarrollados lo son no debido al imperialismo, sino a la infinita corrupción de sus clases dirigentes, a la demencial dilapidación de sus recursos y a las insensatas políticas económicas de sus gobiernos.
Incluso, el gran diario español de izquierdas y el lúcido ideólogo de la derecha despliegan una sinergia para convertir a uno de los rotativos de mayor tiraje (casi un millón de ejemplares diarios) y más influyentes de Europa en escaparate que incida en la premiación del Nobel de Literatura.
Coincidentemente con las fechas en las que se anuncia el más preciado lauro de las letras, desde el domingo El País publica la serie «Israel / Palestina: Paz o Guerra Santa», escrita hace casi un mes por el novelista peruano.
Son textos (reporteados prolijamente y de una factura literaria impecable) con los que la izquierda anda de fiesta, pues se trata de un Mario Vargas Llosa al que siempre les gustaría leer:
«Para proteger a los asentamientos de los colonos (el muro que levanta Israel) sigue una línea zigzagueante, va y viene, se revuelve sobre sí mismo, irrumpe brutalmente en pueblos y aldeas partiéndolas en dos o tres partes, separando a las familias, a los escolares de sus colegios, a los campesinos de sus huertos, a los enfermos de sus médicos y hospitales, a los trabajadores de sus centros de trabajo».
Sin embargo, es el mismo Vargas Llosa que escribió en ese diario el 15 de marzo de 1995:
«¿Qué país ha enfrentado más dificultades y problemas que el diminuto Israel? Haber mantenido siempre crepitando en su seno la llama de la libertad, no lo ha hecho ni más débil ni más pobre y sí, en cambio, más digno, y ha dado más audiencia a su causa ante las naciones del mundo».
Su aprecio por el Estadio Hebreo data de su primer viaje a Tierra Santa, en 1977, para dar conferencias en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
De aquella estancia, una muchacha que Vargas Llosa recuerda con cabellos dorados y una capa gris flameando en el viento, que quería hacer todas las revoluciones y estaba contra todas las leyes, le dijo al pie de las murallas:
—Mis compatriotas te han comprado. ¡Te has vuelto sionista!
Y diecisiete años después se preguntó, en el texto de agradecimiento por el Premio Jerusalén: «¿Qué país ha enfrentado más dificultades y problemas que el diminuto Israel?»
Una respuesta podría ser que ninguno y que, justamente por eso, decidió protegerse con un muro de concreto de 650 kilómetros de largo y 8 metros de alto y que es el mismo al que el propio Vargas Llosa describe hoy como «pesadillezca experiencia».
Pero no es su respuesta, menos en esta semana, cuando en Estocolmo deciden al ganador del Nobel de Literatura 2005, premio que él merece desde hace mucho, pero que le niegan porque está demostrado que es casi imposible que se lo den a un escritor de derecha.
Pero ahí está la serie «Israel / Palestina»: Vargas Llosa aprendió la lección de Cabrera Infante.
Tendrá el Nobel y, además, morirá con dinero.
Cronica

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