Itongadol/Agencia AJN (Por Amit Segal/Israel Hayom).- La última conversación entre el presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu fue sorprendentemente cordial. Afuera se hablaba -con razón- de una ruptura en las relaciones, de que Israel había sido tirado debajo de las ruedas del colectivo, pero entre el chofer y el atropellado tuvo lugar una conversación tranquila y serena. A quienes la escuchaban les recordaba la historia del rey David, quien ayunó y rezó por su hijo enfermo. Justo cuando murió, se levantó y, sacudiéndose el dolor, exclamó: «¿Por qué ayuno? ¿La comida me lo devolverá?».
Aunque las dimensiones de la capitulación estadounidense son impresionantes por su alcance, la capitulación real no sorprendió a Jerusalem. La evaluación que el propio Netanyahu expresó en las discusiones fue que los estadounidenses querían un acuerdo, casi a cualquier costo. Hace semanas Israel sabe que el acuerdo no incluirá el cese de la financiación del terrorismo ni el desmantelamiento del sistema de misiles balísticos. Pero la inconcebible facilidad con la que el genio negociador, según él mismo, renunció a la ecuación -el programa nuclear a cambio de la eliminación del control- evidencia la magnitud del fracaso. Uno puede sentirse ofendido, pero no hay nada de lo que impresionarse demasiado por los ataques contra Israel y Netanyahu que acompañaron esa decisión. Esto no es más que la justificación retórica de la estrategia principal: encubrir el hecho mientras se bombardea retóricamente a cualquiera que se perciba como un intruso.
En sus conversaciones de esta semana, Trump recordó haberle dicho a Netanyahu que había felicitado a Biden tras las elecciones de 2020. En mi opinión, una injusticia menos grave que haber intentado obtener armas atómicas ilegales y matar a muchos estadounidenses, pero tal vez me equivoque.
El niño que no murió, y por el que aún se lucha, es precisamente el Líbano. El 80% de las conversaciones con Washington giran en torno a la lucha contra Hezbollah, estimó una fuente israelí anteayer. Hezbollah se encuentra en una situación desesperada; sus fisuras comienzan a mostrar señales preocupantes. Atar ambos frentes no solo salvará a esa organización, sino que le facilitará reanudar el hostigamiento a la población del norte, fortalecerse o ambas cosas. Existe un consenso nacional en Israel sobre este tema, un consenso que los líderes de la oposición debieron haber expresado, no solo con el silencio.
La traición de Trump a los principios que él mismo estableció fue tan repentina y contundente que muchos están convencidos de que se trata de otro engaño que, a la larga, provocará la explosión de Teherán. Les espera un brutal despertar…
Pero la historia, sin embargo, no terminó esta semana. Los iraníes no perderán la oportunidad de presentar a Trump como un títere, como una broma. En algún momento, tal vez, los abandone a favor de Israel y los Estados del Golfo. Podemos contar con que los ayatolás le darán la oportunidad…
Entonces, ¿en qué podríamos haber actuado de manera diferente contra Irán? ¿Deberíamos haberles dejado en claro a los manifestantes iraníes en enero que se olvidaran de la ayuda? ¿Tal vez decirle a Trump en febrero: «Gracias, señor Presidente, pero ataque solo, nosotros nos rendimos»? ¿Tal vez evitar la destrucción de la industria de misiles balísticos, la oportunidad de deducir 300 mil millones de dólares de los activos iraníes?

Los opositores a Netanyahu y Trump dirigen la máquina del tiempo precisamente a 2018, a la decisión de retirarse del acuerdo nuclear firmado por Obama con Irán. Afirman que abandonar el acuerdo fue lo que llevó a Irán a enriquecer el uranio suficiente para diez bombas y acelerar el programa. El expresidente Obama celebró esta semana a costa de su sucesor, diciendo, en efecto, que cualquier acuerdo con Irán parecerá igual.
Esa es una interpretación selectiva de los hechos. En primer lugar, según el acuerdo original, las principales restricciones al enriquecimiento de uranio deberían expirar gradualmente en un plazo de diez a quince años. En otras palabras: ahora mismo. No de forma ilegal, sino con el permiso y la autorización del Consejo de Seguridad y sin sanciones.
Incluso en el marco del acuerdo Irán habría alcanzado la misma cantidad de material fisible. La diferencia fundamental radica en que actualmente lo está haciendo en flagrante violación, bajo un régimen de sanciones y aislamiento político, mientras que si hubiéramos permanecido en el acuerdo, lo habría hecho con el respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU, con sus arcas reducidas en cientos de miles de millones de dólares provenientes del libre comercio.
Pero sobre todo, una verdad a medias es peor que una mentira: Irán no aumentó el enriquecimiento al 60% inmediatamente después de la retirada estadounidense en mayo de 2018. Durante meses, e incluso más tiempo, temió la respuesta de la administración Trump y se mantuvo dentro de los límites del acuerdo. El drástico aumento del enriquecimiento comenzó solo cuando los iraníes identificaron que la amenaza militar estadounidense no era creíble.
Sorprendentemente o no, eso ocurrió después de que Trump fuera reemplazado por Biden y quedó claro para todos que no existía una amenaza militar creíble y que Occidente se habría abstenido de una confrontación.
Y esto es precisamente lo que podría suceder ahora, con los iraníes heridos y maltrechos, pero con la capacidad de cerrar el estrecho de Ormuz y convencidos de que Trump jamás se embarcaría en otra aventura. Quizás se necesite otro Presidente y otra audaz operación de rescate de archivos para deshacer también este acuerdo.

