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Por Tomás Abraham

Para los judíos, Auschwitz, símbolo de la lacra del racismo.
Por Tomás Abraham

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En estos días estuve averiguando el destino de los hermanos y hermanas de mi abuelo, de sus hijos también, de quienes nunca supe nada. Sé que vivían en la ciudad transilvana de Hidalmas en momentos en que los nazis y sus aliados ocuparon la zona. Aparentemente se los llevaron a un campo de exterminio en Polonia.

Una organización que tiene un sitio en Internet ha logrado identificar casi la mitad de los asesinados por los nazis; por los datos que ofrece hay tres personas con el apellido Abraham en el listado del pequeño lugar. Aún no sé si son mis parientes. Amplié la requisitoria a la vecina ciudad de Cluj, una de las principales de Rumania, y, para mi sorpresa, aparecieron decenas de Abraham exterminados, portando este nombre que creía escaso en aquella región.

Introduzco estos datos personales para mostrar que Auschwitz es para los judíos una cuestión personal, hayan tenido o no parientes asesinados. Más aún, es una identidad, somos judíos, los que lo somos, de un modo diferente después de lo que sucedió entre 1933 y 1945. Nuestra identidad se ha modificado.

Los nazis no le preguntaban a nadie qué clase de judío era: practicante, creyente, ateo, comunista, convertido, lindo o feo, para enviarlo a las cámaras de gas. Todos los eran por igual hasta siete generaciones atrás. Sólo la causalidad histórica permitió la supervivenvia de mis padres y mi nacimiento. Provengo de la provincia de Banat, en la que los judíos humillados e injuriados salvaron la piel por el azar de unos pocos kilómetros.

Hoy ser judío es un legado histórico que portamos los que hemos sido testigos vivientes o históricos de aquel genocidio. Jamás dejaremos de serlo, vayamos o no al templo, cumplamos o no con la tradición religiosa, apoyemos o no al Estado de Israel, hagamos lo que hagamos, no hay buenos o malos judíos, hay judíos que son buenas o malas personas, lo que no es lo mismo.

El espíritu de Auschwitz nos recuerda que el antisemitismo jamás desaparecerá. Hay muchas razones para afirmarlo. Mientras el catolicismo tenga un Dios que sufrió una muerte auspiciada por una secta de la comunidad judía -a los que este Dios pertenecía porque era esenio-, mientras este mito de la Pasión exista más allá de declaraciones diplomáticas, habrá quienes siempre odien a los judíos.

También habrá quienes les falten el respeto, como alguien que días atrás no tuvo vergüenza en decir que hasta la década del sesenta no se sabía con exactitud lo que había pasado con los judíos en la Segunda Guerra Mundial. Ni siquiera fue al cine a ver «El Juicio de Nüremberg».

Habrá quienes identifiquen a los judíos con los nazis para reflotar su estalinismo y tomar su partido en la espantosa guerra de medio oriente y el sufrimiento del pueblo palestino, lastimoso aliado es Saramago para nuestros hermanos de Gaza.

Víctimas y verdugos

Se usa el Genocidio, llamado bíblicamente Holocausto, para enarbolar nuevos prestigios. Monumentos a la Memoria, congresos, mesas redondas, cócteles en embajadas, nuevos títulos de nobleza de quienes -de mi camada- se hacen llamar los «de la segunda generación del Holocausto», todo esto hace que no todos los testimonios de aquel crimen tengan el mismo valor. No hay una simbólica y pseudoprestigiosa segunda generación, hay víctimas y verdugos, y, claro, cómplices. Además estamos todos aquellos de cualquier generación que damos testimonio, porque sabemos que aquel genocidio no sólo ha marcado a los judíos para siempre, sino a toda la civilización occidental y cristiana.

Nuestro país ha sido albergue de nazis. Para que mis padres y yo pudiéramos entrar al país se escribió en mi partida de nacimiento que era evangélico luterano. Había presiones durante el primer gobierno de Perón para que se limitara la cuota de judíos que llegaban al puerto desde Europa. Pero mi familia encontró en la Argentina el hogar que no había tenido en Rumania. La palabra «étnico» era desconocida aquí, en nuestro país. Simplemente convivían árabes y judíos en el mismo barrio comercial, y las comunidades, aún manteniendo instituciones con sus recuerdos, rituales y lengua, se confundían en la escuela pública y en el trabajo. La Argentina ha mejorado la calidad moral de alemanes, polacos, italianos, serbios, croatas, respecto de su lugar de origen.

Pero el antisemitismo es una de las ideologías espontáneas del nacionalismo argentino. Este se expresa no sólo en palabras, símbolos y razonamientos, sino en hechos. La palabra «conexión local» sí se integró a nuestro vocabulario desde el impune crimen de la AMIA hace más de diez años.

El espíritu de Auschwitz está presente en la filosofía. Los reflexión ética en el siglo XX se ha visto conmovida por los escritos de los sobrevivientes de los campos de exterminio. No ha sido en los claustros universitarios en donde se ha renovado el pensamiento moral sino en los escritos de Primo Levi, Jean Améry. Bruno Bettelheim, Viktor Frankl, Imre Kertész, Paul Steinberg, Jorge Semprún, todos ellos han retomado la reflexión sobre la condición humana en situaciones límite, sobre la espiritualidad, la búsqueda del sentido, una vez rotas las bisagras de la seguridad, la conservación de sí, y los parámetros del pensamiento tranquilo. Hannah Arendt y Tzvetan Todorov han meditado sobre estos testimonios dándonos obras admirables.

¿Para quiénes se escriben éstas y muchas otras cosas? Para el lector desconocido, y también en este caso para el judío desconocido, quien es heredero no sólo de una tradición que nace con la liberación de la esclavitud de un pueblo milenario, sino, desde 1945, de un crimen contra la humanidad que lo tuvo como víctima de una de las lacras más fantasmáticas y terribles de la historia: el racismo.

La Nacion

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