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La gesta de un italo-español salvador de judíos

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Los casos de Perlasca y Sanz Briz ilustran la contradictoria política del general Franco respecto al judaísmo.

La extraordinaria peripecia del italiano Giorgio Perlasca, convertido por avatares de la historia en el español Jorge Perlasca, ilustra cómo el coraje crece ante la ignominia, y también cómo algunos regímenes dictatoriales presentan contradicciones que, inexplicablemente, contribuyen a salvar vidas.

La película «El cónsul Perlasca», dirigida por Alberto Negrin, narra cómo Giorgio Perlasca, simpatizante fascista que combatió en el bando nacional durante la Guerra Civil, se hizo pasar por cónsul español en Budapest durante 45 días, entre diciembre de 1944 y enero de 1945, para salvar judíos iniciada por el embajador Ángel Sanz Briz, obligado a cerrar la legación diplomática y a trasladarse a Suiza.

En octubre de 1944, el nuevo Gobierno filonazi de Hungría, comenzó la persecución antisemita, y Sanz Briz, luego llamado el ángel de Budapest, desempolvó un decreto de 1924 del general Primo de Rivera, que concedía la nacionalidad española a los judíos sefardíes (descendientes de los expulsados en 1492 por los Reyes Católicos).

Con la tácita aquiescencia del Gobierno franquista -que compaginaba sin problemas la teoría del «conjudeo-masónico» con el apoyo a judíos perseguidos-, Sanz Briz se lanzó a dar documentos otorgando la nacionalidad a sefardíes y no sefardíes, tarea en la que le ayudó Perlasca. El italiano, que se encontraba en Budapest comprando carne para el Ejército de su país, se presentó en la embajada cuando el armisticio de 1943 entre Italia y los aliados le convirtió en prisionero de alemanes y húngaros.

Perlasca logró huir, y mostró a Sanz Briz una carta manuscrita del general Franco, dada durante la Guerra Civil, que decía: «Querido camarada: en cualquier parte del mundo en que te encuentres, dirígete a las embajadas españolas». De un plumazo, Sanz Briz le entregó un pasaporte español convirtiéndolo en Jorge Perlasca. Los desvelos de ambos condujeron a la salvación de 5.200 judíos húngaros, a quienes Sanz Briz alojó en casas junto al Danubio, protegidas por letreros que rezaban «anexo a la legación española».

Cada semana enviaba un camión de comida, a la espera que las autoridades húngaras les concedieran el salvoconducto para salir del país. Pero, a fines de 1944, cuando era evidente que los aliados iban a ganar la guerra, Madrid, para no reconocer al Gobierno nazi húngaro, ordenó al embajador que cerrara la legación y se trasladara a Suiza. Fue entonces cuando Perlasca, de 34 años, aseguró que Sanz Briz estaba de misión en Berna, y, fingiéndose cónsul, continuó protegiendo a los judíos que quedaban en las casas y otorgando pasaportes.

Cuando el Ejército Rojo liberó Budapest, Perlasca regresó a Italia, y envió una carta a Madrid explicando lo hecho: «Me atrevo a pensar que el pleno éxito de mi obra, por sus altas cualidades humanitarias, no desdice el decoro de España y de sus grandes tradiciones civiles…».

Giorgio Perlasca no contó a nadie su gesta, hasta que un grupo de protegidos le localizó en 1988 y le cubrió de homenajes. Murió en 1992, y su nombre figura, junto al de Sanz Briz, con el título de Justos de las Naciones en Yad Vashem de Jerusalén. A su hijo le puso el nombre de Franco.
Fte Cidipal

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