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Singer, el hombre y sus demonios

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El prestigio obtenido por sus cuentos en el sistema de revistas americano, desencadenado inicialmente por la traducción que Saul Bellow realizara de ‘Gimpel tam’ (Gimpel, el idiota), publicada en 1953 en la ‘Partisan Review’, le abrió las puertas de la edición a gran escala. A partir de ese año, sus novelas extensas comienzan a divulgarse y sus historias breves se difunden a través de ‘Commentary’, ‘Harper’s’, ‘The New Yorker’, ‘The Saturday Evening Post’ e incluso ‘Playboy’.

Este doble sistema apunta a una cuestión difícil y esencial a la hora de valorar la trayectoria literaria de Singer. Me refiero a la pregunta de por qué alguien que jamás renunció a su lengua materna, a pesar de que tras el extermino la población de parlantes del yiddish se había reducido de una manera prácticamente irrecuperable, y que por otra parte dominaba la lengua inglesa, quiso mantener ese doble trabajo de escribir en yiddish y de traducir personalmente al inglés en una segunda vuelta. Lo más sorprendente de todo sigue siendo el hecho de que Singer llegara al extremo de imponer que las traducciones a otras lenguas, muy numerosas tras la concesión del premio Nobel en 1978, se efectuaran obligatoriamente a partir del inglés.

La respuesta a este enigma hay que buscarla en la compleja relación que Singer mantuvo siempre con su propio patrimonio cultural, el yiddishkeit. Su escritura es una larga y trágica meditación sobre este punto, tanto en el plano colectivo como en el personal y familiar. El núcleo de la obra constituye una auténtica demonología. Como en un siniestro olimpo, en sus relatos aparecen de manera sistemática una larga serie de chédim (diablos), seïrim (sátiros) y mazziquim (malignos), seres perniciosos que están más allá del tiempo pero que influyen decisivamente en las vidas y en las acciones de los personajes. No pocos han frivolizado sobre este punto, considerándolo como un recurso folklórico de parte de Singer. Ignoran las profundas raíces literarias y religiosas de una dimensión crucial de la tradición judía medieval que se retrae al periodo de la historia antigua y hasta los tiempos prepatriarcales. Se trata de la relación con el mundo invisible. En un pasaje fascinante de ‘El último demonio’, un diablo afirma que en efecto él es el último. «¿Para qué hacen falta demonios si el hombre se ha convertido en uno?» Después vincula la desaparición de estos seres sobrenaturales nada menos que a la proliferación, en el mundo yiddish, de los escritores que firman sus obras. «Hoy en día los judíos ya producen escritores que han acabado por asumir nuestras tareas. Conocen todos nuestros trucos: la burla, la piedad. Esgrimen cien razones por las que una rata debe ser kosher.»

Por arriesgada y aparentemente fantasiosa que parezca esta hipótesis, sostengo que Singer llegó a creer, y sobre esa base estableció una obra literaria mayor, que él estaba literalmente habitado por un dibbouq o alma en pena. Esta idea, conectada con el principio de la transmigración de las almas, significaba que un espíritu maligno lo tenía preso y que se expresaba a través de él y de sus libros. Es el que está escondido detrás del espejo, ‘el hombre que ve sin ser visto’. En la primera teoría cabalística, esa conjunción de almas tiene curiosamente un fin bueno de asistencia y renovación del pueblo judío.

No quiero entrar en las acciones que hubieran podido provocar esa posesión o al menos la terrible conciencia de culpa que anida en la literatura de Singer. Sólo apunto que, a mi juicio, tiene que ver con la ruptura de la transmisión de la fe de padres a hijos –el eje de la religión judaica desde la Alianza– que se concreta en su caso no sólo en el abandono de la fe de su padre sino, aún peor, en el rechazo increíble de su propio hijo Israël. Después sólo cabía reincidir en el mal para invocar la muerte, el apocalipsis y el juicio. Es la tesis de ‘Satán en Goray’, acaso su mejor novela.

I. B. Singer fue un hombre escindido entre la más radical creencia y su decisión de vivir al margen de la fe. Su fidelidad la manifestó agarrándose a una lengua en cuyos secretos quiso zambullirse hasta el aturdimiento. Y se encontró con que lo que podría calificarse de una simple neura era en realidad el sustrato de una civilización cuya lengua franca es el idioma inglés.
Fte L.V.D

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