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Nueva York, ¿un amago de Yiddishland?

Centenario Isaac Bashevis Singer
Nueva York, ¿un amago de Yiddishland?

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Para dar con hablantes de yiddish, la lengua aterritorial por excelencia, no estaría de más hacerse con una metafórica vara de zahorí y pasearla por el globo hasta comprobar cómo su vértice se alza de golpe en ciudades tan dispares como Sydney, Montreal o Nueva York. En esta última vive la mayoría de las casi 200.000 personas que en EE.UU. emplean a diario la lengua vernácula o mameloshn de los judíos askenazíes para comprar el pan o decirle a sus hijos «niño, deja ya la tele». Miento: «niño, deja ya la tele» sería una expresión apenas oída en yiddish, ya que gran parte de sus hablantes pertenecen a comunidades hasídicas ultraortodoxas en cuyas salitas no es bien recibido el popular electrodoméstico por tratarse de una influencia nociva del exterior. Los hasidim, reconocibles por sus trajes negros y tirabuzones (ellos), y su atuendo modoso y sus pelucas (ellas), son los criadores de la mayor cantera de yiddishparlantes de la tierra. Estos seguidores de la corriente mística judía fundada por Baal Shem Tov en la Polonia del XVIII viven semiaislados del mundo al que por convención llamamos real en Brooklyn, y sólo se acercan a Manhattan para regentar su macrotienda de fotografía y vídeo.

Bien, me proveo de una varilla de esas y me pongo a buscar por la Gran Manzana el rastro de lo yiddish y, oh, la horquilla me conduce hacia los años 20. En ese periodo, los que habían desembarcado tiempo atrás en la isla de Ellis procedentes de la Europa del Este ya habían sembrado su propio huerto cultural a través de sus mass media: el periódico Forverts, con una tirada de 250.000 ejemplares frente a los 4000 de hoy, y la cadena de radio WEVD, que emitía variedades para solaz de las familias. Pero todo ese feliz pasado se derrumbó tras el holocausto, pese a que miles de nuevos hablantes de yiddish llegaran a los USA huyendo del horror. Lo que siguió fue su obvio esfuerzo por integrarse en el país de acogida a velocidades vertiginosas, de ahí que su mameloshn quedara guardada bajo llave hasta que los nietos de estos europeos de apellidos acabados en -ovich o en -berg decidieran rescatar la memoria de sus ancestros.

Si acercamos una lupa a la comunidad secular que esta misma tarde está achicando el agua para sacar a flote todo lo que suene a yiddish, vemos que sus impulsores no son sino unos cuantos enrollaos ante los que habría que quitarse la gorra que pone I love NY por sus notables resultados. El megaejemplo sería Aaron Lansky, al que con 23 años le dio por rescatar libros en yiddish de sinagogas y edificios abandonados hasta fundar en 1980 lo que ahora es el National Yiddish Book Center. Esta organización, que haría salivar a más de un Borges en ciernes, cuenta hoy con millón y medio de volúmenes y con el beneplácito en forma de empujoncete económico del mismísimo Spielberg.

Otro ejemplo es el de los Schaechter, cuyo patriarca es el lingüista rumano Mordkhe Schaechter. Granpa Schaechter, profesor emérito de yiddish en Columbia, tiene dieciséis nietos que lo hablan en casa gracias a sus cuatro hijos, quienes dirigen coros con repertorio judeoalemán o escriben poesía en esta lengua, como es el caso de Gitl Schaechter-Viswanath. Gitl es una de las autoras aparecidas en la antología internacional Vidervuks (nuevo crecimiento), publicada en 1989 por dos organizaciones neoyorquinas que aún siguen en pie: la League for Yiddish y Yugntruf. Vidervuks debe de ser la primera antología mundial que no ha generado rencillas del tipo por-qué-no-han-incluido-a-fulano, sino todo lo contrario.

El escritor y epidemiólogo Zackary Sholem Berger no figura en Vidervuks, básicamente porque en 1989 tenía 16 años y aún estaba aprendiendo el idioma en el que hoy escribe. Mientras comemos en una tasquilla kosher cerca de su trabajo, me habla de su pasión por las lenguas minoritarias, que le llevó a recorrer –adivinen– Catalunya, Galicia y Euskadi. Berger es uno de los casos no tan raros de militancia activa de la causa proyiddish: se comunica con su hija en esta lengua a pesar de no ser la que él escuchó en casa en su niñez, y escribe poesía, prosa y artículos en yiddish que publica en el periódico Forverts. Creo que estoy de charla con el más joven de los escritores en esta lengua de todo el planeta (leve temblor de piernas): «No me parece un problema haber aprendido yiddish de adulto», comenta. «Joseph Conrad y Max Weinreich también desarrollaron su obra en idiomas distintos a su lengua materna.» Lo que sí preocupa a los pocos escritores de esta lengua es la escasa recepción de su obra, a pesar de la existencia de una floreciente comunidad académica que le da vueltas a estos asuntos en universidades tan finas como Stanford o Columbia.

A la frágil escena literaria neoyorquina en yiddish se le suma una manifestación cultural en 3-D que genera más público: el teatro. El Folksbiene Yiddish Theater ya era quinceañero cuando se construyó el Empire State y hoy sigue ofreciendo una programación estable. Me cuelo en las audiciones de actores para la comedia que abre la temporada: Di Kaprizne Kale, de Abraham Goldfaden, padre del teatro yiddish moderno. La propia audición parece la representación teatral de una audición de los años 40 en Broadway: un hombre corpulento con tirantes juzga silencioso a los candidatos, otro con su kipá los acompaña al piano mientras cantan –es Zalmen Mlotek, mandamás del Folksbiene– y el director de la obra y su mujer bromean para mitigar el nerviosismo de los actores de pelaje diverso que se presentan al casting. Es que no es fácil encontrar artistas que dominen el yiddish, de ahí que muchos de ellos hayan tenido que llamar por teléfono a la abuela de Boston la noche anterior para repasar la pronunciación de sus diálogos que, por lo que puedo intuir, parecen primos hermanos de los de un sainete de los Quintero.

Ajá, así que son las abuelas quienes velan por el buen uso del yiddish, ya veo por dónde van los tiros. Pero una lengua tan geográficamente inestable requiere una institución que supervise sus achaques. Esa institución es YIVO, que saltó de Vilna (hoy Lituania) a Nueva York en 1940. En YIVO me recibe Paul Glasser, su director, y me habla del intento yiddish de Diccionario de la RAE iniciado en 1971 y aún inconcluso, ya que sólo se editaron los tomos correspondientes a la letra aleph. Cuando YIVO no tiene tiempo de dedicarse a menesteres como la adquisición de nuevos términos sin traducirlos directamente del inglés, esta labor la hacen informalmente los yiddishófonos –atención: posible neologismo– mediante listas de correo y foros virtuales entre los que destaca Mendele.

Hasta aquí todo es tan pintoresco como lejano para los que no dominamos el alfabeto hebreo, que es en el que se escribe la mameloshn. Por fortuna existe una vía rápida de acercamiento a la cultura yiddish: la música folklórica o klezmer, que por su carácter dancístico no pocos confunden con la de bandas balcánicas como la de Goran Bregovic. El klezmer renació en los 60 y enseguida fue metida en el saco ilustre de las Músicas del Mundo, de ahí su éxito internacional. De difundirlo se encarga otra zahorí del yiddish, Sabina Bruckner, que dejó su profesión de abogada para trabajar junto al musicólogo Henry Sapoznik en Living Traditions, una especie de ONG dedicada a fomentar la cultura popular nacida en los shtetlej, las aldeas judías de Europa del Este que con tan buena mano pintara Chagall. Desde su oficina sin ventanas ubicada en un sótano me hace una observación fundamental: «Los judíos norteamericanos buscan su identidad en Israel, y en mi opinión esto es un error: lo que hemos de transmitir a los jóvenes es la cultura popular askenazí; por ejemplo, la música que probablemente sonara en el banquete de boda de sus bisabuelos». Aquí se me licúan los ojos: me emociona lo que cuenta y me conmueve que los dos ambiciosos proyectos de Living Traditions, el Yiddish Radio Project y el Klezkamp, se gesten en una oficina tan mal ventilada. El primero de ellos reproduce los programas de radio en yiddish emitidos en EE.UU. entre los años 30 y los 50. Gracias a la iniciativa de Sapoznik y Bruckner, los seriales radiofónicos creados por los Sautieres Casasecas del universo yiddish, así como el archipopular consultorio de Mr. Lutsky, un Eleno Francis de la época, se pueden escuchar hoy en la red.

El Klezkamp es otro gran invento. A falta de conservatorios en los que el klezmer sea una de las materias, estos encuentros, que atraen a unos 500 músicos por edición, son el marco ideal para perfeccionar el nivel de klezmerismo. Allí se han formado los integrantes de grupos punteros de fusión yiddish (un poco de name-dropping se hace necesario: los Klezmatics, los Hasidic New Wave, Aaron Alexander…). La mayoría de estos grupos y solistas del llamado New Klez se cobijan bajo un sello discográfico con sede en Nueva York que lleva el nombre de una letra del alfabeto hebreo: Tzadik, creado por John Zorn en 1995.

Tzadik cuenta con un club de cabecera en su ciudad: el Tonic, un templo musical muy del gusto del BoBo de hoy. En este bloque de cemento anodino en el que se ha realizado cero inversión en interiorismo hay, además de conatos de gotera, unas sillas metálicas y punto, pero qué ricamente estamos los burgueses bohemios en un lugar así, encontrándole encanto a lo insalubre. En el Tonic, decía, el día que yo acudo los Midrash Mish Mosh presentan su primer CD. Frank London, trompetista del grupo y lider de cientos de bandas de klezmer + lo que sea, habla conmigo en un castellano muy apañado sobre estos temas, y de repente le oigo pronunciar la palabra «Murcia» con inusitada devoción. Parece que le cautivó el ambiente del Festival Tres Culturas en el que participó allí el pasado junio. Murcia, ¿lo ven? El klezmer gusta en Murcia.

Empieza el concierto: así a primera vista la cosa suena a circo desbaratado, con tanto viento-metal y ese regusto tristón tan peculiar, pero pronto los músicos empiezan a meter tropezones de thrash punk y free jazz osadamente hasta dejarnos K.O. Osadía es una de las palabras-clave mediante la cual grupos como Hasidic New Wave o Brave Old World nos ofrecen su interpretación particular de este folklore. Como muestra, los títulos de algunos temas: Welcome to the McDonald’s in Dachau o Chernobyl, deudores ambos del humor agridulce que, dicen, caracteriza a los askenazíes. Pero caben mil formas más de leer esta cultura, vetusta y púber a la vez, y esa tarea comparten los demás personajes de este microcosmos que muchos habían dado por perdido hace años. Pero no hay que fiarse, como dice el proverbio yiddish: «Far yugnt lebt men nisht; far elter shtarbt men nisht» (ni de juventud se vive, ni de vejez se muere).
Fte L.V.D

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