Inicio NOTICIAS El sueño de los profetas
Por Abraham Skorka*

El sueño de los profetas
Por Abraham Skorka*

Por
0 Comentario

Fueron sus discípulos judíos los que formaron la primera comunidad en Jerusalén y los que propagaron el credo que tres siglos después se transformó en la religión de la Roma imperial.

Al decir de Flusser (en la introducción a A Christian Theology of Judaism, de Clemens Thoma), hasta la muerte del rabí Yohanan de Tiberíades, en el año 279, «los seguidores de Jesús tomaban las enseñanzas de los sabios judíos como material no extraño a ellos». Por otra parte, añade, «la tradición oral rabínica, desarrollada después de la destrucción del templo de Jerusalén, también preservó aquella parte de los conceptos judíos en los que Jesús y los apóstoles cristianos tuvieron sus raíces».

Fue en el siglo IV cuando el nuevo retoño floreció en Roma con características distintas de las del viejo tronco, aunque sus raíces nunca se apartaron de Jerusalén.

Judea, por su parte, nunca se doblegó ante Roma. Desde la ocupación por las legiones a las órdenes de Pompeyo, constantemente se sucedían revueltas que terminaban en grandes conflagraciones: la que conllevó a la destrucción de Jerusalén por Tito, en los tiempos del reinado de su padre Vespasiano, y la de Bar Kojva en los de Adriano. El destino de los hermanos de Jesús se distanció del de sus seguidores y fieles.

Sin embargo, al decir de Maimónides (Hiljot Melajim 11:4) un desafío común los sigue uniendo, el de erradicar el paganismo, nutrido en los más oscuros instintos destructivos que yacen en la condición humana.

Servir al Dios de Abraham demanda primero la destrucción de los ídolos del egoísmo, egocentrismo y arrogancia, que conducen a la cosificación, cuando no a la demonización del otro.

Dentro de ambas feligresías hubo más desencuentros que encuentros. Los hermanos, al igual que los bíblicos Esaú y Jacob, no supieron convivir uno junto al otro en armonía. Por siglos, prevaleció la suspicacia, el resquemor, cuando no directamente el odio que conllevó a las conversiones coercionadas, encendió las piras de la Inquisición y afiló las espadas de los cruzados.

El hombre técnico supo ser lo suficientemente inteligente como para acopiar la experiencia tecnológica, transmitirla y mejorarla. El hombre espiritual sigue siendo lo suficientemente necio como para olvidar los errores del pasado y seguir tropezando infinidad de veces con la misma piedra. (Por supuesto que los dos hombres son meras metáforas de las múltiples facetas de lo humano.) Pero hay lecciones que, por más necia que sea la humanidad, no puede olvidar jamás. En aquellos errores, no se puede volver a incurrir.

En el siglo pasado, hace apenas seis décadas, el más grande tributo a la infamia fue perpetrado en las tierras de Europa. El mensaje de Jerusalén trasplantado a las tierras de Homero, Virgilio y Goethe no fue lo suficientemente contundente como para impedir la masacre. En Auschwitz, Jesús y su mensaje fueron asesinados seis millones de veces, junto a cada judío. La falencia no se hallaba en el mensaje, sino en aquellos que debían haberlo transformado en obras y actitudes. El sueño de los profetas fue trocado por el de los autócratas megalómanos que sembraron la tierra con tumbas y las cenizas de millones de sus congéneres. El mensaje de Jerusalén fue ahogado en los mares de sangre que la infame demencia derramó en torrentes.

Múltiples factores coadyuvaron para que la dimensión de lo sagrado en lo humano, la dignidad de todo individuo y el respeto por la creación divina, ejes centrales de la fe de Israel y del cristianismo, hayan sido desterrados de la nueva cultura que se pretendió crear. Los viejos ídolos fueron resucitados, los demagogos fueron trocados en semidioses y las ideologías en inmutables oráculos. Como lo presintió Nietzsche medio siglo antes (Aforismo 125 del Gay Saber), Dios había muerto en aquel entonces porque los hombres lo habían matado.

El presente es la continuidad de aquel proceso que tuvo en Auschwitz su expresión más horrenda y que hoy se manifiesta, entre otras, en la insensible indiferencia que expulsa a millones de los sistemas sociales, condenándolos a la miseria que significa vivir sin pan y sin libros.

El desafío demandante de este presente conflictivo, heredero directo de aquel horror perpetrado, es el de conformar un paradigma de diálogo y entendimiento, a fin de tratar de construir nuevamente una barrera de civilización más resistente que la anterior, que impida al género humano degradar y destruir la obra de Dios.

Esta noche es para el cristianismo un símbolo de esperanza de una realidad mejor. Esta esperanza posee sus raíces en las palabras de aquellos profetas que, como Isaías (2: 1-4; 19: 25), Sofonías (3: 9) o Zacarías (14: 9-11), avizoraron un mundo de paz y entendimiento y es parte básica y esencial de la heredad de Israel.

Esaú y Jacob, después del abrazo fraterno con el que dejaron atrás, en parte, el odio que los había separado, sólo volvieron a juntarse para enterrar a Isaac, su padre. Cristianos y judíos, después de Nostra Aetate, de las declaraciones de Juan Pablo II y de su visita a Israel, supieron abrazarse en pos de un encuentro profundo que les permitirá transitar juntos una nueva senda que acerque nuevamente al Padre celestial a la realidad terrenal. Sólo entonces la «noche de paz» dejará de ser una sola en el año para transformarse en la realidad soñada por los profetas.

Sean estas reflexiones, en la víspera de la fiesta de la Natividad, cual abrazo de uno de los «hermanos mayores» a los «hermanos menores», con el sincero deseo de un genuino reencuentro que permita a cada uno desde su fe restablecer la dignidad del hombre y su proyección en el Creador.

El autor es rector del Seminario Rabínico Latinoamericano M. T. Meyer, rabino de la comunidad Benei Tikva.
Fte LA Nacion

También te puede interesar

Este sitio utiliza cookies para mejorar la experiencia de usuario. Aceptar Ver más

WhatsApp chat