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Discurso de Santiago Kovadloff en acto por 70º aniversario de la finalización de la Segunda Guerra Mundial

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Itongadol.- A continuación se reproducen las palabras pronunciadas ayer, lunes, por el filósofo Santiago Kovadloff (foto) en el festejo del 70º aniversario de la victoria de los Aliados y el Ejército Rojo sobre la Alemania nazi efectuado en el salón de actos de la Escuela ORT Nº 1, organizado también por el Museo del Holocausto de Buenos Aires, BAMÁ-Beit Hamejanej Haiehudí, Generaciones de la Shoá en Argentina y la Asociación Israelita de Sobrevivientes de la Persecución Nazi Sherit Hapleitá:

Quisiera compartir con ustedes lo que acaso ya sea una necesidad manifiesta de todos los que están aquí. Tratar de alcanzar una comprensión más amplia de lo que significa el verbo “repensar”.

“Liberación” no es para nosotros, los judíos, una palabra ajena ni vinculada exclusiva y primordialmente al año 1945.

El pueblo judío inicia lo esencial de su historia con un esfuerzo de liberación que se pone de manifiesto a lo largo de cuarenta años de marcha por el desierto.

El aprendizaje fundamental que, a mi entender, dejan esos cuarenta años de marcha por el desierto es que el hombre no ha nacido para consumar su liberación, sino para inventarla incesantemente.

El rasgo distintivo de nuestra especie es que somos tarea; a diferencia de las restantes, la nuestra no se consuma con el desarrollo biológico.

Somos y seremos siempre empeño en ser humanos porque ello significa no dejar de intentar que esa idea de lo humano se extienda, se expanda, vuelva a crecer y nunca se dé por consumada.

El rasgo distintivo del nacionalsocialismo es que entiende la condición aria como un hecho consumado: ser ario significó serlo de una vez para siempre y no mediante un esfuerzo de construcción, sino mediante el auge y el imperio de lo biológico.

No podía sino ser esencial el odio hacia los judíos por parte del nacionalsocialismo en la medida que la enseñanza primordial del judaísmo es que consumarse como judío no es posible, seremos siempre tarea.

Ser judío es tratar de ser judío, y la ventaja de nunca terminar de serlo es que no tenemos el monopolio de la identidad.

Con la idea del monopolio de la identidad nace una de las formas más feroces del totalitarismo y es que fuera de lo que entendemos por identidad lo que hay es nadie, y “nadie” debe exterminado.

“Nadie” es todo aquel que no está sujeto a nuestro concepto de la identidad como monopolio, cuyo significado hemos entendido de una vez para siempre.

Repensar… Fíjense: hemos oído recién palabras verdaderamente extraordinarias del embajador de Alemania.

Extraordinarias porque nos enseñan que no olvidar es una tarea constante.

No hay Alemania sin la memoria del Holocausto y del nazismo.

Pero en la medida en que no hay Alemania sin esa memoria es que Alemania puede ser otra cosa que el nazismo.

Incorporar el pasado como lo que no debe ser olvidado significa entender que es una tarea de autocomprensión incesante, y aquí está el punto de hermandad entre esta Alemania y el judaísmo.

Los dos pueblos -la Alemania de hoy, los judíos de hoy, Israel en su encuentro con Alemania- han nacido para hacer de la liberación una tarea.

Y la humanización de nuestra condición de seres humanos consiste en jamás dar por hecha esa inscripción de nosotros en la condición humana.

No hay canguros que deban poner mayor empeño en serlo.

El tiempo y la biología se ocupan de todo en el caso del canguro. En el nuestro no es así: podemos parecer humanos y no ser humanos, el tiempo no es todo en nuestra condición. Su transcurso no garantiza nuestra condición de hombres y mujeres.

Y la construcción de nuestra condición humana pasa fundamentalmente por la conciencia de lo que aún debemos hacer para no quedar atrapados en la rigidez calcárea de la ideología, del prejuicio, de la intolerancia, de todo aquello que pueda hacer del otro que no coincide con nosotros un ser prescindible para nosotros.

Todos ustedes lo saben: estamos hablando desde el marco de una Tercera Guerra Mundial.

Ya ha comenzado.

La Argentina ha tenido el triste honor de ser uno de los países donde la Tercera Guerra Mundial puso de manifiesto su índole, y el no esclarecimiento de lo ocurrido en la AMIA, coronado como encubrimiento por el asesinato del fiscal (Alberto) Nisman, prueba hasta qué punto es peligrosa la complicidad que la no búsqueda de la verdad puede generar con los promotores de esta guerra tan particular, que no se caracteriza por la confrontación entre ejércitos convencionales.

Pero es evidente que en el mundo de hoy ha surgido un pensamiento cuya finalidad fundamental es volver a mostrarnos la prescindencia del otro, de aquel que no coincide con nuestra concepción intransigente del valor de la vida, de los valores que debemos defender.

Es mejor que sepamos que la lucha contra el totalitarismo jamás terminará porque jamás terminará el afán del hombre por deshumanizarse.

Y si vamos a defender la condición humana, será en combate permanente contra todo aquello que en otros y en nosotros odia la libertad.

Es mejor entender que si no vivimos combatiéndolos, no seremos libres.

Pero combatirnos quiere decir combatir contra todo aquello que en nosotros niega al hombre como un ser con derecho a construirse en libertad.

Lo grave no es que esta lucha sea incesante, lo grave es creer que no tiene lugar.

No quiero extenderme mucho, pero sí quiero decirles, sobre el final de esta pequeña alocución, que entender lo que ocurrió en la Segunda Guerra Mundial, entender de qué fue víctima el mundo occidental en la Segunda Guerra Mundial, implica tener el coraje de admitir que en el hombre pugnan dos fuerzas contrarias incesantemente: una que sabe que la construcción de la condición humana pasa por el encuentro con el prójimo; la otra, que no soporta ese encuentro y propone esa aniquilación porque presume que donde impera una alteridad, donde hay pluralismo, donde existe un prójimo con quien construir, mediante el encuentro, nuestra propia identidad se atenta contra la vigencia universal de los valores que defendemos.

Confiemos en que el hombre aprenderá a vivir combatiéndose en medida que ame la libertad porque la lección está clara: quien no combate contra sí mismo pretende que en el mundo solo reine él mismo.

Muchas gracias.

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