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Historia del atentado en Taba

Morir de la mano en la habitación 902.
Historia del atentado en Taba

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No era tarde pero estaban cansados. El día había sido intenso y después de cenar decidieron subir a la habitación, la 902, acostarse pronto y recuperar fuerzas para la mañana siguiente.

Zila y Zohar prepararon las camas supletorias de Guilad, de 11 años, y de Lior, de sólo 3. Los dos pequeños dormían con ellos mientras que las gemelas, Sharon y Yael, de 18 años, ocupaban la habitación 904 del hotel Hilton de Taba.

Disfrutaban de unas vacaciones planeadas tiempo atrás. El año se hace largo en Rakefet, comunidad de 120 familias en la Galilea, y querían disfrutar la fiesta del Sukot lo más posible. Todos juntos, como les gustaba estar.

Y todos juntos estaban minutos antes de las 10 de la noche del jueves. Hasta que las gemelas se fueron a su habitación a ver un poco la televisión, repleta de canales israelíes pese a estar en Egipto.

Medio hotel se vino abajo

De pronto, el infierno se coló sin llamar a la puerta en sus habitaciones. La 902, última de la novena planta, se vino abajo. Como la 802 y la 702 y la 602.

Zila, Guilad y Lior se despeñaron al vacío en una caída libre y terrible que acabó con su vida. Zohar tuvo más suerte. Quedó horas sepultado bajo los escombros, con muchos huesos rotos y quemaduras. Fue rescatado por un joven egipcio que le salvó la vida arrebatada a sus seres queridos.

Las gemelas salieron ilesas. Aterrorizadas, entre una espesa humareda, a ciegas, con la respiración entrecortada y con sus oídos taponados por el tremendo ruido de la explosión, sin saber qué había pasado, consiguieron bajar las nueve platas del hotel y salir a la calle.

Los abuelos de los chavales, Selly y Arieh, supieron de la explosión, como todo Israel, apenas unos minutos después de producirse. Sabían que sus hijos y sus nietos estaban en Egipto. Sabían que estaban en Taba. Sabían que estaban en el Hotel Hilton. Se temían lo peor.

Llamaban a los móviles

Llamaban y llamaban al teléfono móvil de su hija, al de su yerno, pero ninguno respondía. Devorados por la incertidumbre en su casa de Ramat Gan, tomaron un avión a Eilat y se dirigieron a la escuela de Ofir, convertida en un centro de acogida para las víctimas y sus familiares.

Allí se encontraron, al fin, con las gemelas. Destrozadas. Histéricas. Hundidas. Ni rastro del resto de la familia Niv. Poco después supieron que Zohar, de 50 años, empleado en la fábrica de armas israelí «Rafael», en San Juan de Acre, estaba ingresado en un hospital de Beersheva.

Cuando vieron al cabeza de familia, todos sabían ya que Zila, Guilad y Lior habían muerto por el atentado de Al Qaida. Las gemelas se acercaron poco después hasta la cama de su padre. Apenas podían sostenerse en pie. Su abrazo ahogado en lágrimas fue eterno. Ya lejos, de la mano para no perderse, Zila, Guilad y Lior marchaban en dirección contraria.

«Su familia era lo primero. Siempre estaban atentos a sus hijos. Lo han estado incluso en la muerte. El padre se ha quedado con las mayores. La madre se ha ido con los pequeños». Avital Ziberger resumía desde la Galilea el dolor de un país conmocionado por el drama de la familia Niv.
FTe ABC.-

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