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Itongadol.- Judaica desarrolla ya más de una década construyendo comunidad en red. Celebraremos, el próximo 2015, los primeros 20 años de nuestra Escuela Comunitaria: la piedra angular de nuestro paradigma para migrar de las necesidades personales de usuarios y dirigentes de las instituciones comunitarias a una reforma fundante de los valores que sostienen una cosmovisión judía. Migramos así del individualismo de “servirme” de la comunidad, a la construcción compartida con otros a quienes invitamos a pertenecer a nuestras vidas sin prestaciones de servicio, sino vínculos con raíces, y con quienes elegimos hacer común unidad.
Todo avance de una visión alternativa a lo instituido requiere de tiempo, de un proceso y de paciencia para que madure, sin estar exento de crisis y dificultades cuando se pretende no ser más de lo mismo. Cuando se intenta renovar aproximaciones en la construcción comunitaria que nos haga relevantes y actuales, manteniendo lealtad por lo tradicional, que no es ni medieval ni viejo, sino nuestra identidad milenaria y que, sin cambiar, se adapta siempre a los desafíos de los nuevos tiempos.
El liderazgo de estas modificaciones paradigmáticas al construir comunidad toma como punto de partida que el recurso más valioso que tiene una institución es su capital humano: su talento, sus capacidades, potencialidades, así como también sus sentimientos, emociones, vínculos y muchas otras expresiones intangibles. Aquellas que no se ven representadas en el término capital, sino más bien en su fuerza y energía espirituales.
La espiritualidad humana es universal y está más allá de toda religión, tradición y cultura. Forma parte de la esencia que nos hace humanos y que se expresa en lo terrenal, en acciones concretas que podríamos resumir en la creatividad responsable.
Creativos como seres dadores de sentido, buscadores de respuestas a preguntas que nunca se cierran y que en la vinculación social nos permiten construir relaciones en las que la ley nos hace libres, la equidad de la justicia social nos hace justos y solidarios, y la fraternidad, humanos. Nos lleva a desplegar el amor como energía que todo lo transforma creativamente, tanto para los propios de nuestra casa de origen, como para todo prójimo, que aun sin ser próximo debo reconocer y amar como hermano.
Responsable, ya que uno debe responder por esta creatividad. Pero no en la anarquía de un caos que deviene de hacer lo que quiero, sino lo que quiero dentro de lo que debo. Crear respondiendo por mí, pero también por los otros a quienes les corresponde la misma libertad y responsabilidad; ligándonos para abandonar el ego de lo individual, y formar vínculos de reconocimiento que nos hagan socios unos con otros y nos permitan ser y vivir en comunidad, en cualquier dimensión de vida institucional.
Aquí, este concepto filosófico requiere de liderazgos y de juventud.
Un liderazgo transformacional es y hace comunidad cuando despliega el verdadero poder que es servir a la comunidad que habita una institución. Y que sin abusar del poder, convierte a todos sus actores —ya sean asistentes, dirigentes, voluntarios o profesionales— en alumnos de aquel líder que se hace maestro dejando instalado un aprendizaje. Una enseñanza que transforma a los protagonistas de la construcción comunitaria, en continuadores y constructores autoportantes de las virtudes que se practican.
De igual forma, la juventud —que no está vinculada a la edad sino a un estado del espíritu— se orienta a nunca perder los ideales por los que decidimos construir una comunidad y hacerlo en red para que las instituciones sean medios y no fines. Hay muchos que teniendo no tantos años ya son viejos; en lugar de renovar, de multiplicar o recrear, siguen copiando lo mismo de siempre, dividiendo y repitiendo. Joven es quien nunca renuncia a sus sueños y a los valores por los que está dispuesto a construir y construirse en ese camino. Quien en lugar de competir por los mismos usuarios es capaz de crear y desafiar nuevos paradigmas para aquellos que no están, para aquellos que buscan un lugar en la comunidad.
Ser y hacer comunidad no se resuelve habitando una institución para servirse lo que uno necesita de los demás. Todo lo contrario: se hace sirviendo juntos en lo que los demás necesitan. Hacer comunidad es salir al encuentro del otro y es recibir el amoroso presente de que aquellos también salen a nuestro encuentro. Es fundirse en un diálogo sin monólogos ni egos, y en el silencioso abrazo de traducir los textos en acciones y nuestro pan en alimento para quienes no lo tienen. Es abrigar al desnudo y es consolar a los que sufren y esperan.
Con el Centro Comunitario de Judaica Belgrano, nos afianzamos en esta dimensión de liderar para transformar y, con nuestra juventud de espíritu, seguir construyendo cada día un nuevo hito en nuestra historia de ser comunidad en red. El nuevo edificio integrará la tarea de nuestra Escuela Comunitaria Arlene Fern, que cumple 20 años, junto con la comunidad NCI- Emanu El, que cumplen 75 y 50 años cada una de ellas; y 15 integradas como lo están hoy.
La construcción de esta nueva etapa se refiere principalmente al hecho de edificar y no tanto al edificio. Nuestros Sabios nos enseñan: No llamemos a nuestros hijos banaij, sino constructores, bonaij. Y en esta tarea todos somos llamados a participar. Del mismo modo como lo fue el mishkán con la ofrenda de cada uno de nosotros. Ese medio shekel que nos da la satisfacción de que todos podamos ser parte en proporciones justas; y al mismo tiempo, la energía espiritual de venir a hacer por nuestros hijos y nietos lo que nuestros padres y abuelos hicieron por nosotros.
Porque debemos, ante todo, estar agradecidos de lo que otros —con trabajo, sacrificio, años y mucho esfuerzo— construyeron para nuestra generación, para que tengamos las instituciones que tenemos; porque no nos confundamos, no podemos pensar que todo empezó cuando nosotros llegamos. Pero sí hoy nos debemos a llenarlas, no de materia sino de espíritu. Para que la herencia se haga legado.
Es momento de abrir nuestro corazón y disponer nuestras manos en acciones que hagan posible cumplir con el versículo de la Torá que hoy inscribimos al colocar la piedra angular de una nueva etapa que ya habíamos iniciado al visionar una comunidad en red. Que es y se hace con todos y cada uno de nosotros al poder bendecir y decir que hemos traducido la Torá en vida: “háganme un santuario y moraré entre ustedes”. Es el mismo Di-s que nos llama a hacerlo presente entre nosotros cuando estemos presentes el día en que la obra se inicie. Y ese día es hoy; cuando hacemos futuro como legado que continúa la herencia del pasado, que es para nosotros presente. Ofrenda de nuestras manos para que nuestros nombres no sean idolatrados en el tener que indefectiblemente dejamos cuando nos vamos, sino sean venerados con amor en el ser donde por siempre viviremos; en el recuerdo de nuestras obras edificadas; en el corazón de nuestros hijos y nietos. En todo lo que amamos y que, como el alma, nunca morirá aun cuando hayamos partido.

