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Opinión. Una carta de Ashkelon: David y Goliat

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Itongadol/AJN.- Ayer escuchamos que el sudeste de Israel había llegado a la ciudad de Zichron Yaacov. ¡Increíble! Nadie diría que Massachusetts es el estado sudeste de Estados Unidos o que la provincia de Córdoba está en el sur de Argentina. En Israel el sur debería ser el Negev. Sin embargo, en Israel, el “sur” no es una definición que se refiera a coordenadas geográficas. Es una línea que se ha movido hacia el norte a través de los años y desde ayer está localizada a aproximadamente 70 kilómetros de la frontera noreste israelí con el Líbano.

 
Sin embargo, Hamas no solo ha logrado que los libros de geografía se vean obsoletos, sino que ha hecho de organizaciones internacionales como la ONU y gran parte de la prensa internacional propalestina una parodia de lo que profesan ser.
 
De hecho, la lucha entre Israel y los palestinos es una lucha en aras de la narrativa.
 
Hoy, la narrativa israelí es virtualmente ignorada por la opinión pública internacional. Según ésta, el pueblo judío vivió en la tierra de Israel desde tiempos bíblicos y luego de ser saqueada por los romanos en el 70 de la era común siguió soñando con volver a la tierra de sus antecesores. La creación del Estado de Israel en 1948 fue la expresión política de la autodeterminación del pueblo judío. La semilla del Estado de Israel moderno no brotó en los campos de concentración. Israel fue fundado a pesar de Auschwitz, no debido a él. El primer Congreso Sionista se llevó a cabo medio siglo antes del Holocausto. Y la nostalgia por Jerusalem es mencionada en el libro de los Salmos.
 
Esta narrativa israelí colapsó en la Guerra de los Seis Días (1967). Hasta entonces Israel era visto en gran parte del mundo como un ejemplo viviente de la reparación histórica. Un pueblo que pudo elevarse de las cenizas de Auschwitz y construir su propio estado en circunstancias adversas y hostiles. Un pueblo débil pero resistente.
 
Todo cambió desde esa guerra decisiva. Israel – en los ojos de gran parte del mundo – se convirtió en un estado fuerte y asertivo; a otros ojos, se convirtió en un estado imperialista y opresor. En esa guerra de 1967, Israel fue justificadamente al ataque y el atacante usualmente tiene mala prensa. La opinión pública progresiva y de izquierda le gusta identificarse – casi automáticamente – con el lado que es percibido como débil. Israel, en sus ojos, ya no es David sino Goliat.
 
La narrativa palestina argumenta que Israel es un estado racista que expulsó a los palestinos de su tierra y sus hogares. La lucha armada palestina apunta a liberar los territorios palestinos ocupados. A menudo la narrativa palestina es “enriquecida” con otros elementos que son un insulto a la inteligencia. Por ejemplo, usualmente se dice que el Templo de Jerusalem nunca existió, que la conexión histórica de los judíos con su capital eterna no existe. Una vez incluso se dijo que los palestinos son descendientes directos de los jesuitas o que Jesús fue el primer palestino.
 
La prensa compró la primera parte de la narrativa palestina; la segunda parte, por el momento, no es ampliamente aceptada.
 
Claramente los medios que informan sin ninguna agenda son técnicos y aburridos. Y ya que el objetivo principal de los medios no es informar sino vender, presentar a los lectores y espectadores con un panorama simple de un conflicto entre dos lados, entre el bien y el mal, el fuerte y el débil, el opresor y el oprimido, entre David y Goliat. Este modelo, transformó el conflicto israelí palestino en una película de Hollywood grave y barata, donde no se ven matices entre el negro y el blanco, entre el villano supremo y la bondad absoluta.
 
No creo que Israel haya dejado de ser David; el problema es que la fragilidad de Israel no es militar. Tiene un ejército fuerte, pero su gran poder militar nunca puede ser usado al servicio de su causa. Israel no lucha contra Hamas con lo que tiene sino con lo que puede. Como David, Israel tiene solo una oportunidad, no más que eso. Y como hijo de Jesse, debe ser preciso y evitar daños colaterales.
 
Hamas, por su parte, nunca dejó de ser Goliat. Su poder militar es negligente, en comparación con Israel, pero no tiene ni escrúpulos ni sus manos atadas. Da una enorme efectividad a su relativamente pequeño poder y transforma su narrativa en una causa épica de heroísmo y libertad.
 
Los medios occidentales propalestinos son una parodia porque apoyan una narrativa que mantiene al agua no más que en un tamiz. Si Israel es un estado racista, ¿cómo es que Hanin Zuabi, quien justificó el asesinato de tres adolescentes israelíes en junio, es un miembro de la Knesset que sigue teniendo un salario? Si los territorios están ocupados desde 1967, ¿por qué Hamas dispara cohetes desde una tierra que fue abandonada por Israel en el 2005? Si la Autoridad Palestina quiere tener conversaciones de paz con Israel, ¿por qué puede compartir su gobierno con un movimiento armado que pide la aniquilación de Israel?
 
¿Cómo puede un Occidente propalestino vivir con la idea de que el perpetrador es de hecho la víctima? ¿O con la idea de que el débil es el fuerte y el fuerte es el débil? El modelo binario propuesto por la prensa propalesitna no tolera este tipo de preguntas molestas.
 
El mundo mira desde un lado. En el mejor de los casos se queda callado, en el peor asiente.
 
Rabino Gustavo Surazski 
Kehilat Netzach Israel – Ashkelon 
 

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