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Desde Iton Gadol nuestro homenaje y una plegaria a los niños asecinados brutalmente

El día en que mataron la inocencia
Desde Iton Gadol nuestro homenaje y una plegaria a los niños asecinados brutalmente

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Horas antes, habían estado acurrucados, muertos de miedo en el gimnasio del colegio en Beslán que ahora está quemado; ahora estaban acostados sobre el pasto delante del edificio blanco de la morgue, que estaba demasiado llena para acomodarlos.
Dentro de la misma morgue había al menos 40 cuerpos más, apilados sobre camillas de campaña, tirados sobre el piso y comenzando ya a descomponerse por el sofocante calor de septiembre. Se decía que había muchos más cadáveres en el enorme hospital de enfrente. La gente cubría sus caras con pañuelos por el olor mientras entraban de uno o de a dos para intentar identificar a sus seres queridos. Los catorce cuerpos que estaban afuera eran tan pequeños y los niños tan jóvenes –algunos tenían nada más que cinco años– que a veces había dos chicos en una sola camilla color verde militar. El aire alrededor de la morgue y del hospital de Beslán estaba conmocionado por el llanto ayer al anochecer cuando se hizo palpable la brutal realidad de que más de 200 personas –una gran cantidad de niños– habían sido asesinadas en el sangriento desenlace del sitio de 53 horas, cuando tropas rusas tomaron a la escuela por asalto.
Todavía no queda claro cómo comenzó la batalla entre los secuestradores y las fuerzas especiales rusas. Parece haberse iniciado cuando algunos niños intentaron escapar al ingresar a la escuela un vehículo para llevarse los cadáveres, lo que había sido permitido por los secuestradores. Dos terribles explosiones sacudieron a la ciudad y luego comenzó el tiroteo. El silbido de los lanzagranadas misilísticas llenó el aire mientras helicópteros Mig circulaban en el cielo dando información a las tropas especiales rusas en el terreno. Los tiros de las ametralladoras, pistolas y rifles de alta velocidad llenaron el aire por las siguientes cinco horas, mientras las autoridades luchaban en una desesperada batalla para llegar a los rehenes antes de que fuera demasiado tarde. Los chicos escapaban del edificio desnudos y ensangrentados.
En cuanto las tropas rusas comenzaron a devolver el fuego, los terroristas detonaron explosivos que derribaron el cielorraso de la escuela. Los tiros y las explosiones continuaron por una hora mientras los rehenes escapaban aterrorizados y los familiares y los hombres de la ciudad, armados con rifles de caza, entraban al edificio buscando a sus seres queridos. Muchas de las víctimas heridas estaban siendo tratadas en el lugar, entre el caos del combate, y unas 700 fueron llevadas al hospital. Además de heridos de armas de fuego, muchos estaban severamente deshidratados después de que se les negara el agua por tres días.
En la morgue del hospital, un hombre totalmente quebrado sostenía la mano de su hijo sin vida, ya sin poder llorar más mientras tres mujeres cayeron de rodillas al encontrar al niño que habían estado buscando. La abuela del niño temerosamente lo destapó para revelar su cuerpo bombardeado, la carne lacerada y colgando en partes, mientras su madre simplemente gritaba dando puñaladas al piso. Por todos lados se escuchaba un atragantado «Ay, Dios mío» de los que perdieron a sus seres queridos expresando su dolor. «Vladislav» (el nombre de un niño), gritaba una mujer una y otra vez mientras se tambaleaba. «Me voy a volver loca. Deberían haberme matado a mí y no a él.» Varias mujeres colapsaron por el shock y necesitaron tratamiento médico cuando descubrieron lo peor al consultar las hojas que fueron rápidamente impresas con los nombres de los muertos y de los vivos. La mayoría simplemente lloró hasta que no quedaron más lágrimas.
Sentada en un banco rodeada por cientos de personas llorando, Bela no podía dejar de sollozar después de encontrar el cuerpo sin vida de Regina, su sobrina de 14 años, en el hospital. «Pobrecita. Su madre todavía no sabe que está muerta porque está en el hospital buscando a otro niño. Yo ya le había dicho que Regina estaba bien. ¿Qué le voy a decir ahora?. La mataron», repetía abrumada por el dolor.
«Estoy seguro de que era ella. Me di cuenta por los ojos.» A unos pocos metros, un hombre llamado Goram, con la vista clavada en el horizonte, sin expresión alguna mientras decía que todavía no sabía nada de su sobrina de ocho años.
Sin embargo, el día había empezado con esperanza después de que Lev Dzugaev, un vocero del presidente de Osetia del Norte, dijo que se había llegado a un acuerdo para retirar los cadáveres que habían estado al sol por dos días. En ese momento les dijo a los medios: «Según la información que tenemos, todos los niños están bien y esperamos que hoy sean liberados más niños». Pero a las 13.05, los atemorizados habitantes sabían que no todo estaba bien. Mientras los disparos se intensificaban, los familiares que esperaban no podían contenerse y muchas de las mujeres comenzaron a gritar y a tambalearse.
No pasó demasiado tiempo antes de que una multitud de familiares que observaban nerviosamente a los soldados rusos que corrían para cubrirse suspiraron aliviados, mientras un hombre morrudo vestido con una camisa hawaiana era visto corriendo por la calle con un niño pequeño en brazos. La cara del niño estaba desfigurada por el miedo y la conmoción y su piel estaba bastante quemada. Lentamente, algunos rehenes comenzaron a aparecer, algunos por sí mismos, pero la mayoría en brazos de rescatistas y otros postrados en ambulancias o autos. Un niño en ropa interior negra se tambaleaba por la vereda mientras su madre, en un vestido rojo, lo seguía de cerca. Poco después, una niña en una camilla de campaña, su vestido manchado por su propia sangre, fue llevada hacia afuera. Los autos tocaban sus bocinas llevando a la víctimas al hospital mientras que los habitantes con Kalashnikovs y pistolas suplicaban a las autoridades que les permitieran ayudar. «Tengo que ayudar», decía un hombre. «Mi hija está adentro.» Otro hombre que aparentemente había sido un rehén caminaba poco seguro por la vereda. Sus ojos estaban grandes y llenos de terror; sus brazos temblaban descontroladamente; su cara demacrada se asemejaba a la figura de la pintura de Edward Munch, El grito».
Los habitantes, desesperados por ayudar, utilizaron sus autos como ambulancias yendo y viniendo mientras soldados y civiles corrían por un callejón que iba hacia el patio de juegos del colegio con víctimas en los brazos. Feroces tiroteos con las fuerzas especiales de elite rusas –la unidad Alfa– y la policía antidisturbios –la unidad Omon– se escuchaban muy cerca. Los rescatistas tuvieron que dejar de trabajar varias veces por los tiros alrededor de ellos.
Una mujer rubia descalza con un vestido manchado con su propia sangre tambaleaba hacia una ambulancia, mientras un soldado cargando un pequeño niño que no parecía tener más de tres años lo llevaba hacia uno de los autos que esperaban. El niño no mostraba signos de vida y como muchos otros de los niños que fueron rescatados tenía la piel muy chamuscada.
Sobre el pasto de enfrente yacían tres cuerpos sobre camillas cubiertos con sábanas blancas que habían sido abandonados después de que los tiros forzaran a los rescatistas a retroceder una vez más. En el patio de juegos número 1, las manchas rojas de sangre ya habían sido absorbidas por el asfalto, donde los niños de Beslán solían entretenerse en días más felices jugando al básquetbol. En un rincón del patio, quedó tirada la gorra de un niño junto a un pañuelo colorido y un ramo de flores rojas cuyo envoltorioestaba manchado de sangre. El 1º de septiembre era un día feriado para los niños de Rusia y muchos de ellos habrían llevado flores al colegio. Los pétalos de las flores estaban esparcidos sobre una gran mancha de sangre. A unos metros, un sistema de sonido que aparentemente había sido instalado para las negociaciones con los secuestradores se hacía notar de manera conspicua. Las sillas de los niños estaban tiradas cerca de los enormes parlantes y el asfalto debajo del escritorio estaba rajado donde había caído una granada de propulsión misilística. Proyectiles de artillería quedaron esparcidos en el patio y cientos de hombres esperaban ansiosamente con camillas verdes para evacuar a sus seres queridos. El gimnasio donde habían estado los niños quedó hecho una ruina humeante. El frente de ladrillos estaba ennegrecido por los explosivos; sus ventanas habían sido voladas y humo salía de lo poco que quedaba del techo que había colapsado. El resto de la escuela también parecía una zona de guerra; el techo de hierro corrugado estaba a punto de caer y una tanqueta estaba posicionada contra la pared detrás de la cual los soldados se refugiaban mientras continuaba la batalla por el lugar. Veintisiete secuestradores, de una pandilla de 40, murieron y 10 de ellos eran árabes, según funcionarios locales.
Durante la tarde, las autoridades dijeron que los combates habían finalizado. Sin embargo, las autoridades han dicho muchas cosas en los últimos días y la gente les dejó de creer. Dijeron que había 354 rehenes; el número real parece haber estado más cerca de 1200.
Mientras oscurecía en Beslán anoche, grandes explosiones seguían sacudiendo a la ciudad, haciendo traquetear a las ventanas y atemorizando a la gente. Se escuchaban disparos esporádicos mientras que el sol se convertía en una fría lluvia que cerraba un día fatal para los habitantes aterrorizados de la ciudad.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Ximena Federman.

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