Ariel Mempert, Jesica Rozenbaum y Silvina Hoffman participaron en “Marcha por la Vida”, pero como dice la primera, “nadie viaja y a otra cosa, todos se comprometen de alguna manera con el proyecto”.
En esta nota cuentan sus vivencias y recuerdos, cómo la experiencia influyó en sus vidas y cómo canalizan en la actualidad lo aprendido en un programa que recomiendan fervientemente.
“En mi caso y el de Ariel, nos dedicamos a la educación judía no formal: yo dirijo el Departamento de Juventud de esta institución y Ariel, el área de Comunicación y Nuevas Tecnologías, con lo cual nos dedicamos profesionalmente a tareas vinculadas directamente con el tema”, prosiguió Jesica, quien ya hizo “Marcha por la Vida” tres veces.
“Viajé por primera vez en el ’98, con una beca para madrijim del Departamento de Juventud siendo, cuando empezamos a ir todos los años; era un viaje distinto: no había madrijim israelíes, sino mucho guía polaco, con todo lo que ello implica”, contó la entonces madrijá de Hebraica.
“Después no tuve ganas de contactarme con el proyecto, no me interesaba escribir en el libro ni leer mucha documentación, fue algo parecido a ir a ver la forma sin el contenido”, ejemplificó.
“Volví a los nueve años y el proyecto había tenido un vuelco de 180 grados en relación a su estructura pedagógica, instancias de formación, el madrij que acompaña, guía durante el camino y despliega su hadrajá (conducción) en cualquier lado; habiendo dedicado gran parte de mi vida a la hadrajá, redimensioné el concepto: había un staff de madrijim israelíes de lujo, que me hicieron reconceptualizar la Shoá y contactarme con la temática desde la vida y no desde la muerte”, analizó Jesica, a quien le tocó dirigir la delegación porque la directora de “Marcha por la Vida” en la Argentina, Alejandra Tolcachier, acababa de tener un hijo.
“Era bastante joven y tenía que hacer un laburo personal en cuanto a reanalizar algunos conceptos”, como “la pujante vida judía” en la Polonia anterior a la Segunda Guerra Mundial.
En tanto, Ariel vivió su experiencia en 2010, acompañando a alumnos de la escuela ORT: “No es como viajar a otro lado, es distinto, primero porque uno espera que cuando vuelva le pasen cosas… y cuando volvés tenés menos claro qué era lo que te tenía que pasar”.
“Primero tuve una a sensación de querer hacer algo con esto; después, de dejar descansar esto en mi cabeza y corazón; después, de que la única manera de explicar lo que me había pasado en ‘Marcha…’ era promoviendo que otros viajaran”, prosiguió.
Sin embargo y a pesar de que “trabajo con la comunicación, realmente siento que no se puede explicar; la única manera que encontré hasta el momento es decir que no puedo explicar lo que quiero, es difícil porque es contar algo que no se puede contar, es una tarea imposible”, admitió Ariel, para quien “es mejor ser sincero que contarles cosas de las que se deriven otras que no son reales”.
“Puedo contar algo que hice, pero son palabras y no dimensionan lo que pasa cuando realmente estas ahí: estando en Birkenau sentís la dimensión que tiene ese campo, terriblemente gigante e interminable, y cuando empiezo a contar eso me surgen más imágenes y en cierto momento digo: ‘no, tenés que ir’”, completó.
“Ariel forma parte del Departamento de Juventud hace unos años y una de las grandes charlas que tenemos es instalar una beca exclusiva para madirijim, instalarla como un tercer año ejecutivo, con la idea de generar y contar”, agregó Jesica.
Ariel aclaró que “las trabas y el enfoque son distintos según la etapa en que te toque acercarte al proyecto: los chicos de la secundaria tienen una serie de trabas para ir que tienen que ver con que todavía son chicos, no hicieron grandes viajes solos y sus padres quieren un viaje feliz para sus hijos, no algo triste”.
“Esta percepción la tienen todas las edades: hablo con gente que dice que no podría” soportarlo, asintió su compañera.
De todos modos, “cada vez somos más los que fuimos y crecemos de a grupos grandes, eso hace, por ejemplo, que en algunas escuelas secundarias se convierta en una especie de ola, con sus cosas negativas y positivas” porque “muchos chicos no tienen en claro a qué van y eso a veces trae problemas”, ya que “si lo tuviesen en claro, no irían”, advirtió Ariel, quien recomendó “que vayan todos los que puedan”.
“Todo el proceso que se está dando en este nivel va a tener un fuerte impacto en los universitarios cuando en seis o siete años estos chicos les cuenten a sus compañeros de facultad y ámbitos sociales” su experiencia en “Marcha por la Vida”, predijo.
El caso de Silvina es diferente: “Me encontrás después de muchos años de haber viajado; fui madrijá durante 6 años de Hebraica, pero me desvinculé hace otros 6 años para dedicarme a mi profesión”, pero “siempre sentí que me interesaba y por alguna razón no lo podía hacer, así que cuando se me presentó la oportunidad, me anoté”.
Para ella, “Marcha por la Vida es un antes y un después en la conexión muy fuerte con la identidad judía de todos nosotros, con tus antepasados, con gente igual a vos, pero hace cien años” porque “se visitan muchos espacios que tienen que ver con la vida judía en otros lados” y se establece “una conexión a lo largo de tiempo y el espacio”.
“En mi caso, (esa conexión) pasó por visitar lugares como sinagogas que son espacios en común con nuestra vida judía actual, pero de gente que vivió hace 100 años, y la conexión con judíos de otras delegaciones que viven la misma vida y sentimiento judío que nosotros, pero en otra parte del mundo”, añadió.
Silvina comentó que la investigación en profundidad sobre el tema se le disparó luego del viaje, aunque aclaró que “otras personas venían investigando antes del viaje”.
Para Jesica “es un viaje que empieza mucho antes de subirse al avión y continúa mucho después de volver: en ese tiempo hay algo de la historia y las raíces familiares que se moviliza y mucha cuestión que se revuelve”.
“Hay algo de lo que hablo mucho, que es una conexión con dos de los hechos más simbólicos de la historia moderna del pueblo judío (la Shoá y la independencia de Israel), esto marca y conecta”, destacó, antes de resaltar que “hoy los jóvenes se conectan mucho en la vivencia y en cuanto a poner el cuerpo, y en este sentido es un viaje que te invita a hacerlo: uno pone cuerpo, alma, corazón, y deja marcas indelebles que redundan en tu identidad judía, es un hito en el ciclo de la vida judía”.
“Ante la preocupación de que es un viaje triste, en el cual uno va compungido a ver la Shoá, la respuesta es que no vamos a ver la Shoá, sino la historia del pueblo judío a través de esa situación y la creación del Estado de Israel; ‘Marcha…’ consiste en ir a Polonia y después a Israel, y en ese sentido, tuve la oportunidad de ir varias veces a Israel y bajo ningún punto de vista fue lo mismo: (vivir) Iom HaShoá en Polonia y Iom Hazicarón y Iom Haatzmaut en Israel hacen de ‘Marcha…’ algo único”, transmitió Ariel.
Pero también es “algo circular” porque “tiene momentos de mucho recogimiento -uno está viendo los campos, escuchando cosas que le cuentan presencialmente en lugares muy duros-”, pero “te subís al micro y el clima cambia absolutamente: llegás al hotel y te estás riendo, preocupando porque a la noche se arman cuestiones sociales, te contactás con otras delegaciones, hay intercambio de pines y remeras, y al otro día bajás en un bosque y estás en un lugar donde mataron y enterraron a muchos judíos, e inmediatamente te subís al micro y volvés a cambiar el clima”, enfatizó.
“Esos picos que están especialmente bien regulados, porque uno nunca termina de estar lo suficientemente angustiado como para no levantarse, también se dan en el viaje: vas a Polonia, que es gris, y terminás en Israel, primero en un momento duro -Iom Hazicarón- y después en una fiesta tremenda”, describió Ariel, quien viajó poco después del bicentenario de la Revolución de Mayo argentina e intentó comparar ambos fenómenos, “pero tampoco era suficiente”.
Silvina se mostró convencida de que “es un viaje que hay que hacer” porque “marca” y “no hay un momento para hacerlo”, ya sea de “joven o adulto”, y si bien aceptó que “económicamente no es fácil, hay que hacerlo en el marco de ‘Marcha por la Vida’” porque “es muy distinto que hacerlo solo”, ya que se viaja en “grupo, con madrijim de gran experiencia” y después se termina en Israel.
En el cierre de la charla se sumó Tolcachier: “Todos somos parte de una cadena, cada uno fue relatando algo que tiene que ver con la transmisión y escucharlos me traía a la mente el ser parte del pueblo que transmite de generación en generación; la idea principal tiene que ver con poder transmitir y ser parte del legado, y eso me enorgullece”.
“Debemos contar qué fue la Shoá y qué significa nuestro Estado de Israel”, para lo cual “no hay edad y cada uno tiene que elegir cuál es su momento” porque el “desafía es que se despierten sensaciones en el viaje y hacer un análisis desde uno mismo”, ya que “muchas veces llevamos a gente que no sabe ni adónde está viajando”, continuó.
“El desafío como educador es ser parte del pueblo judío y de esta gran cadena milenaria de generación en generación”, finalizó la directora de “Marcha por la Vida”.
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