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Cuando los extremos se unen…Por SAMUEL HADAS

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En la inesperada situación creada por el rechazo de su plan, el margen de maniobra del primer ministro israelí se ve limitado. Sharon, que llegó al Gobierno con los votos, no solamente de la derecha, sino también del centro y de la izquierda porque prometió paz con seguridad y concesiones dolorosas, ve como su propio partido rechaza el primer plan que presenta después de tres años de gobierno sin seguridad y con una paz que se aleja cada vez más. Sharon deberá ahora intentar salvar su Gobierno, la unidad de su partido y su honor.

También deberá salvar Sharon el honor del presidente George W. Bush, que apoyó expresamente su plan, como parte de su campaña para obtener la aprobación de sus partidarios. Bush, obligado a poner buena cara, reiteró poco después del rechazo del plan que éste «puede conducir a una situación que posibilite la creación del Estado palestino». Es evidente que la derrota de Sharon ha dejado a Bush en una situación embarazosa: pese a sus garantías el Likud rechazó el plan. También es indudable que su impopularidad en el mundo árabe creció después de haber concedido su apoyo al plan. La percepción en el mundo árabe, declaró el rey Abdallah II de Jordania en vísperas de su visita a Washington, es que «Estados Unidos hace todo lo que quiere Israel». En el Departamento de Estado se escuchan nuevamente voces críticas a la política de la Casa Blanca, en la consideración de que Washington pagará un alto precio «sin haber recibido nada a cambio». En carta a Bush, sesenta ex embajadores de EE.UU. criticaron recientemente su apoyo al primer ministro israelí. Poco antes, más de cincuenta diplomáticos británicos enviaron una carta en términos similares a su primer ministro, Tony Blair.

Ninguna personalidad palestina ha condenado el brutal asesinato de la mujer israelí embarazada y sus cuatro hijas a manos de terroristas de la Yihad Islámica y de una unidad del Nasser Salah A Din, el «brazo armado» de los comités populares, integrados por elementos de Al Fatah con el evidente objetivo de exacerbar los ánimos de los votantes del Likud e inclinar su voto en favor de los opositores al plan. Según las organizaciones palestinas radicales, «el ataque estuvo destinado a enviar un mensaje a Sharon de que si se produce una retirada de Gaza ésta tendrá lugar no precisamente en una atmósfera en la que Israel domine la situación, sino en medio de una sucesión ininterrumpida de actos palestinos de oposición». Dicho sea de paso, para periódicos europeos que insisten en denominar «militantes» y «activistas» a terroristas que asesinan a mansalva a civiles por el hecho de ser israelíes, se trataba, nuevamente, de la «muerte» de una israelí, mientras que los cuatro terroristas palestinos eliminados en la consiguiente represalia fueron «asesinados» por los israelíes.

Los líderes de la ANP no ocultaron su satisfacción ante el fracaso de Sharon, cuyo plan, consideran muchos, no es sino «una estratagema para quedarse con la mayor parte de Cisjordania». Los palestinos deseaban la derrota de Sharon, pese a que sería una victoria de la extrema derecha israelí, por cuanto constituiría «un éxito diplomático» para los palestinos, porque «demostraría al mundo el verdadero rostro del Gobierno israelí, un Gobierno que no quiere la paz». Evidentemente, nada ha cambiado en el lado palestino: la pasividad del presidente de la ANP, Yasser Arafat, destacada después de la reunión del cuarteto de esta semana, por el propio secretario general de la ONU, Kofi Annan, seguirá permitiendo a las organizaciones terroristas continuar imponiendo su nociva agenda al pueblo palestino. Es evidente que las organizaciones terroristas logran impedir el proceso negociador Israel a la vez que prosiguen la lucha armada. Pero ello sólo irá en detrimento de las aspiraciones del pueblo palestino y seguirá postergando indefinidamente la creación de su Estado.

¿Y ahora qué? se preguntan políticos, analistas, intelectuales… y, sobre todo, el ciudadano común. Una vez más ha quedado demostrado que una minoría dicta la agenda del Estado de Israel. El primer ministro decidió aparentemente salvar su plan, aunque deberá encontrar la fórmula mágica que le permita conjugar su promesa de respetar el resultado del referendo y su decisión de seguir adelante con su propósito. El referendo ha demostrado la «desconexión entre la gran mayoría de los israelíes que apoyan el plan y los afiliados al Likud que votaron en contra. Aún no es tarde. La alternativa es que los ultranacionalistas conduzcan a Israel al ostracismo internacional y, finalmente, a un estado binacional en el que, tarde o temprano, un proceso demográfico irreversible llevaría a los palestinos a constituirse en mayoría. Por el momento, habrá que esperar hasta que la diplomacia estadounidense finalice su año sabático electoral. Quizás entonces la diplomacia internacional vuelva a la actividad, llene el vacío e intente reabrir la ventana de la oportunidad.

S. HADAS, primer embajador de Israel en España y ante la Santa Sede
Fte L.V.D

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