Fue una especie de consuelo el saber que altos funcionarios jordanos le hubieran asegurado a Israel de no planean liberar a Ahmed Daqamseh, quien el 13 de marzo de 1997 asesinó a sangre fría a siete alumnas israelíes de 11 años.
A pesar de que esa afirmación llegó en forma privada y de una alta fuente anónima, sin duda es mejor que ella haya sido transmitida a que no hubiera habido una reacción de Ammán a la abierta y vociferante agitación para liberar a Daqamseh del recientemente designado ministro de Justicia jordano.
En virtud del tratado de paz entre Israel y Jordania de 1994, la confluencia de los ríos Jordán y Yarmuk -Naharaim (la palabra significa “dos ríos”)- fue reservada como un lugar turístico y nombrada, con un optimismo esperanzador, “la Isla de la Paz”. Quedó bajo soberanía jordana, pero desarrollada y mantenida por varios kibutzim israelíes. Fue allí, terriblemente, donde un cabo jordano abrió fuego contra niñas israelíes de Beit Shemesh durante una escolar hace 14 años.
A primera vista podemos suponer que Daqamseh no recibirá un indulto real. Sin embargo, el hecho que encuentre socorro de alguien con tanta jerarquía jurídica en Jordania es motivo de grave preocupación. Fue profundamente perturbador escuchar al nuevo ministro de Justicia de Jordania, Hussein Mjali, describir públicamente al cobarde asesino de niñas pequeñas como a un auténtico héroe. En un marcado contraste, los tranquilizadores mensajes transmitidos posteriormente a Israel fueron casi susurrados.
Este contraste está lejos de ser menor. Prueba tendencias inquietantes en la monarquía de al lado, las cuales, evidentemente, han recorrido un muy largo camino alejado de la contrición tan convincentemente expresada por el difunto rey Hussein poco después del homicidio. Los israelíes no han olvidado su gesto de humildad humana cuando vino y visitó personalmente a cada una de las familias de las víctimas.
Este legado de empatía sin reservas evidentemente se está disipando en la Jordania de hoy. No tenemos forma de aseverar si, ese día, el rey Hussein en realidad reflejaba con exactitud el ánimo de su pueblo, pero desde luego trató de cambiar la percepción para bien. Esta tendencia parece estar cambiando.
Mjali fue designado para el cargo de ministro de Justicia la semana pasada, en una movida para frenar las protestas inspiradas por la revuelta de Egipto.
La lógica que apuntaló la designación fue facilitar mayores libertades democráticas, incluidos los derechos de reunión y expresión. ¡Qué funesto sería que Mjali encarnase el clima de las nuevas oleadas de libertad cívica en Jordania! ¡Qué sombrío sería que él dijese lo que su entorno considera progreso! ¿Para dar cabida a una fortalecida demanda de libertades democráticas y oportunidades en su reino el rey Abdullah también debe consentir una escalada en el tono inflamatorio antiisraelí? Esperemos que no.
El hecho que Mjali, quien se desempeñó como abogado de Daqamseh durante su juicio, pudiese ser nombrado ministro de Justicia, en primer lugar, plantea ciertas preguntas. Seguramente su predisposición no era desconocida. No habría sorprendido demasiado si hubiese sido el orador principal de una manifestación por la liberación de Daqamseh (foto).
Lo más preocupante es la señal hacia la opinión pública, en Jordania y más allá. Las bases están siendo alentadas a reverenciar a Daqamseh como un modelo a seguir.
Hace varios años, la madre del asesino le dijo a Al-Jazeera: “Estoy orgullosa de mi hijo y mantengo en alto mi cabeza. Mi hijo hizo un acto heroico y ha complacido a Alá y a su propia conciencia. Mi hijo levanta mi cabeza y la de toda la nación árabe e islámica. Me enorgullezco de todo musulmán que hace lo que hizo Ahmed (…). Mi hijo me dijo que no se arrepiente (…). Dijo: Lo único que me enoja es que el arma no funcionó correctamente. De lo contrario, habría matado a todos los pasajeros del autobús”.
El ministro Mjali aparentemente respalda algunos de estos sentimientos, y no está solo. El poderoso movimiento islamista de Jordania y los 14 sindicatos del país, compuestos por más de 200.000 miembros, impulsan sin cesar la liberación de Daqamseh.
El rey Abdullah seguramente debe ser consciente de que no se asegurará el puesto dejando salir de la botella al genio del odio. En lugar de apaciguar las voces de aquellos que legitimarían el asesinato a sangre fría de civiles, las reformas que lo presionan a acelerar deberían incluir un enfoque en una educación que rechace el odio sin sentido.
El correcto modelo a seguir está al alcance de la mano. Abdullah debería alentar a su pueblo a aceptar, con franqueza y sin temor, la valiente herencia de su padre.
CGG
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