La conmemoración que realizaron las autoridades de la AMIA de la instalación del primer cementerio propio de la institución pasó casi desapercibida en la comunidad, no sólo entre sus miembros, sino también entre su dirigencia, pues sólo 6 directivos, todos de esa entidad, concurrieron al acto que se efectuó el pasado lunes 20 de diciembre en el hall de la mencionada necrópolis.
Para el judaísmo, el cementerio -que tradicionalmente se denomina Beit Hajaim (casa de la vida)-es uno de los sitios que no debe faltar en cualquier lugar donde viva Am Israel (Pueblo de Israel).
Por ello fue una de las fundamentales preocupaciones de los dirigentes que construyeron la comunidad organizada en la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores en la segunda mitad del siglo XIX.
Fundada en febrero de 1894, la Jevrá Kedushá Ashkenazí (la Congregación Sagrada de los judíos de origen ashkenazí, de la cual la Asociación Mutual Israelita Argentina -AMIA- es su continuadora) se encargaba de dar sepultura de acuerdo a las disposiciones prescriptas por la Halajá (Ley judía) a los judíos fallecidos.
El conseguir un terreno propio para el cementerio fue una de las tareas que encararon sus dirigentes, para lo cual mantuvieron conversaciones con sus pares de otras instituciones comunitarias, integradas por judíos de origen diferente, que tenían la misma preocupación.
Hasta principios de los ’90 del siglo XIX, las inhumaciones de judíos se llevaban a cabo en el denominado “Cementerio de los Disidentes”, utilizado por los cristianos no católicos y ubicado en la manzana rodeada por las calles Pasco, Alsina, Pichincha y Victoria (hoy, Hipólito Yrigoyen), donde en la actualidad se encuentra la plaza 1º de Mayo.
En 1892, el municipio porteño decidió cerrar esa necrópolis y habilitar un predio en el cementerio de La Chacarita para darles entierro a los cristianos no católicos, donde continuaron efectuándose inhumaciones de judíos, si bien la Jevrá Kedushá Ashkenazí también utilizaba ciertas parcelas del cementerio del sur de la ciudad, hoy conocido como el de Flores.
A fines del siglo XIX surgió la posibilidad de conseguir un terreno en Barracas al Sud (hoy, partido de Avellaneda), pero la Jevrá Kedushá la rechazó a fin de no tener relación con quienes habían logrado esa autorización, ya que eran miembros de una institución íntimamente relacionada con los “tratantes de blancas”.
La búsqueda de un predio continuó hasta que, en 1910, bajo la presidencia de Naúm Enquin, la Asamblea de la Jevrá Kedushá Ashkenazí decidió la compra de un terreno a un par de cuadras de la estación Liniers del Ferrocarril del Oeste, después denominado Sarmiento.
Para ponerlo en funcionamiento, los directivos realizaron todas las tratativas destinadas a conseguir la correspondiente aprobación municipal y vencer la oposición de los lugareños, lo cual lograron no sin esfuerzo.
Así, a fines de ese año, la Jevrá Kedushá Ashkenazí contó con su primera necrópolis, el Cementerio Israelita de Liniers, donde a partir de ese momento realizó las inhumaciones de sus asociados y demás miembros de la comunidad ashkenazí de Buenos Aires y sus alrededores.
En 1935, los restos de quienes recibieron sepultura en el cementerio de Flores fueron trasladados a Liniers.
A cien años de distancia, y teniendo en cuenta la escasa repercusión que la conmemoración del centenario de la instalación del Cementerio Israelita de Liniers tuvo en la comunidad, en especial en su dirigencia, es válido pensar que, abrumados por la cotidianeidad, estamos perdiendo la perspectiva de lo que fue un hito sin precedentes en la historia de los judíos que vivimos en la Argentina.
Año a año leemos en la Torá que, al morir la matriarca Sará, Abraham Avinu (nuestro patriarca) compró Mearat Hamajpelá (la Cueva de la Majpelá, en Hebrón) para darle sepultura, de lo cual aprendemos que el lugar de descanso de los fallecidos tiene que ser propio.
Quienes durante años, como dirigentes de la Jevrá Kedushá Ashkenazí, se ocuparon de conseguir un terreno que sea propiedad de la institución para cumplir con la mitzvá (el precepto) de Kéver Israel, brindar un lugar de descanso eterno a los miembros de la comunidad de acuerdo a lo dispuesto por la Halajá, merecen nuestro recuerdo y honra porque no les fue sencillo lograrlo.
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