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GEORGE BUSH

“Un mundo nuevo se abre ante nosotros”.
GEORGE BUSH

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Esta noche comparezco ante esta Cámara para hablar sobre el mundo, el mundo tras la guerra.

El reciente desafío no podría haber sido más claro. Saddam Hussein era el criminal; Ku- wait, la víctima. Países de Norteamérica y Europa, de Asia y Sudamérica, de África y el mundo árabe acudieron en ayuda de este pequeño país, todos unidos contra la agresión.

Nuestra excepcional coalición tiene que aunar esfuerzos con el propósito de forjar un futuro que jamás pueda tomar como rehén el lado oscuro de la naturaleza humana.

Esta noche en Iraq, Saddam camina entre escombros. Su maquinaria de guerra ha sido arrollada. Su potencial de amenaza de destrucción masiva ha sido aniquilado. Su pueblo ha sido engañado, se le ha ocultado la verdad. Y cuando sus malogradas legiones regresen a casa, todo iraquí contemplará y comprenderá los estragos que éstas han provocado. Les prometo que Saddam y aquellos que le rodean tendrán que rendir cuentas por todo lo que le han hecho a su propio pueblo, a los kuwaitíes y al mundo.

A todos nos afligen las víctimas de la guerra, el pueblo de Kuwait y el sufrimiento que ha dejado una cicatriz en el alma de esa orgullosa nación. Nos afligen nuestros soldados caídos y sus familias, los inocentes capturados en este conflicto. Y, sí, nos aflige el pueblo de Iraq, un pueblo que nunca ha sido nuestro enemigo. Tengo la esperanza de que un día volveremos a darles la bienvenida como amigos en la comunidad de naciones.

Nuestro compromiso con la paz en Oriente Medio no termina con la liberación de Kuwait. De modo que, esta noche, permítanme apuntar cuatro retos clave a los que habremos de enfrentarnos.

Primero, debemos trabajar juntos en la creación de un dispositivo de seguridad compartido en la región. Nuestros amigos y aliados en Oriente Medio saben que acarrearán con el grueso de la responsabilidad de la seguridad regional. Sin embargo, queremos que sepan que, del mismo modo que estuvimos a su lado para repeler la agresión, Estados Unidos también estará a su lado, dispuesto a trabajar junto a ellos para asegurar la paz.

Esto no significa destinar ejércitos de tierra estadounidenses a la península Arábiga; significa la participación estadounidense en ejer-cicios conjuntos que implican tanto fuerzas aéreas como terrestres. Significa mantener una presencia naval competente estadounidense en la región, como lo hemos venido haciendo desde hace cuarenta años. Seamos claros: nuestros intereses nacionales vitales dependen de un Golfo estable y seguro.

Segundo, debemos actuar para controlar la proliferación de armas de destrucción masiva y los misiles utilizados para lanzarlas. Sería trágico que ahora las naciones de Oriente Medio y el golfo Pérsico, tras la guerra, se embarcaran en una nueva carrera armamentística. Iraq requiere una vigilancia especial.

Hasta que Iraq no convenza al mundo de sus intenciones pacíficas, de que sus dirigentes no utilizarán nuevos fondos para rearmarse y reconstruir su amenazadora maquinaria de guerra, no ha de tener acceso a los instrumentos bélicos.

Y tercero, tenemos que trabajar para crear nuevas oportunidades para la paz y la estabilidad en Oriente Medio. La noche en que anuncié la operación Tormenta del Desierto expresé mi esperanza de que pudiera surgir una nueva coyuntura para la paz de entre los horrores de la guerra. En la era moderna hemos aprendido que la geografía no garantiza la seguridad y que la seguridad no resulta sólo del poder militar.

Todos somos conscientes del profundo resentimiento que ha hecho que la difícil situación entre Israel y sus vecinos resulte tan punzante e insoluble. Aun así, con el conflicto recién concluido, por primera vez Israel y muchos de los países árabes se han visto enfrentados al mismo agresor. A estas alturas, a todos debería resultarnos evidente que el proceso de paz en Oriente Medio requiere un compromiso. De igual forma, la paz conlleva beneficios reales para todos. Tenemos que hacer cuanto esté en nuestra mano para cerrar la herida entre Israel y los países árabes, y entre israelíes y palestinos. Las tácticas del terror no llevan a ninguna parte. La diplomacia no puede tener sustituto.

Una paz global debe fundarse en las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y el principio de territorialidad para la paz. Este principio debe elaborarse con el fin de proporcionar seguridad y reconocimiento a Israel y, al mismo tiempo, para legitimar los derechos políticos palestinos. Cualquier otra medida no pasaría la doble prueba de la ecuanimidad y la seguridad. Ha llegado el momento de poner fin al conflicto árabe-israelí.

La guerra contra Iraq ha terminado. La búsqueda de soluciones para el problema en Líbano, la disputa árabe-israelí y el Golfo ha de ponerse en marcha con nuevo énfasis y determinación. Y les garantizo que nadie se esforzará más que nosotros por conseguir una paz estable en la región.

Cuarto, tenemos que fomentar el desarrollo económico en nombre de la paz y el progreso. El golfo Pérsico y Oriente Medio constituyen una región rica en recursos naturales con un gran potencial humano sin explotar. Los recursos dilapidados en la maquinaria militar han de ser redirigidos hacia fines más pacíficos. Ya estamos ocupándonos de las consecuencias económicas inmediatas de la agresión de Iraq. Ahora, el reto es ir más allá, es fomentar la libertad económica y la prosperidad para todos los pueblos de la región.

Enfrentándonos a estos cuatro retos podremos construir un marco para la paz. He pedido al secretario de Estado, Baker, que vaya a Oriente Medio para dar comienzo al proceso. Irá a escuchar, a sondear el terreno, a ofrecer sugerencias y a promover la búsqueda de la paz y la estabilidad. También le he pedido que plantee la difícil situación de los rehenes retenidos en Líbano. No los hemos olvidado ni los olvidaremos.

No existe una solución única a todos los

retos a los que se enfrenta esta región del mundo, ni una única respuesta estadouniden-

se. No obstante, podemos hacer que las co-

sas cambien. Estados Unidos trabajará sin descanso como catalizador para un cambio positivo.

Sin embargo, no podemos dirigir un nuevo mundo más allá de nuestras fronteras si en casa continuamos con la misma política de defensa y diplomacia. Ha llegado el momento de apartarnos de la tentación de proteger sistemas armamentísticos innecesarios y bases obsoletas. Ha llegado el momento de poner fin a la microgestión de programas de ayuda a la seguridad y al exterior, una microgestión que humilla a nuestros amigos y aliados, que ata de pies y manos a nuestra diplomacia. Ha llegado el momento de dejar atrás nuestra mentalidad provinciana y de proyectos locales, de hacer lo que sea necesario, lo correcto, y aquello que permita a esta nación desempeñar el papel de liderazgo que se nos exige.

El alcance de las consecuencias del conflicto del Golfo va más allá de los confines de Oriente Medio. Durante este siglo, en dos ocasiones anteriores, el mundo entero se vio convulsionado por la guerra. En dos ocasiones, de los horrores de la guerra surgió la esperanza de una paz duradera. En dos ocasiones anteriores, dichas esperanzas resultaron ser un sueño lejano, fuera del alcance del hombre.

Hasta ahora, el mundo que hemos conocido ha sido un mundo dividido, un mundo de alambre de espino y bloques de cemento, de conflicto y guerra fría.

Ahora, un nuevo mundo se abre ante nosotros. Un mundo en el que existe una perspectiva muy real de un nuevo orden mundial. Como dijo Winston Churchill, un «orden mundial» en el que «los principios de justicia y juego limpio (…) protejan al débil del fuerte». Un mundo en el que las Naciones Unidas, sin la carga de una guerra fría en sordina, tomen posición para hacer realidad la visión histórica de sus fundadores. Un mundo en el que la libertad y el respeto por los derechos humanos encuentren un hogar en todas las naciones.

La guerra del Golfo supuso la primera prueba de este nuevo mundo y, conciudadanos, la superamos.

En nombre de nuestros principios, en nombre del pueblo de Kuwait, nos mantuvimos firmes. Porque el mundo no mirará hacia otro lado, embajador Al Sabah; esta noche, Kuwait es libre.

Esta noche, mientras nuestras tropas emprenden el regreso a casa, debemos recordar que el trabajo duro por la libertad todavía nos reclama. Hemos aprendido la dura lección de la historia. La victoriosa campaña contra Iraq no se libró como «una guerra para acabar con todas las guerras». Ni siquiera el nuevo orden mundial puede garantizar una era de paz eterna. Sin embargo, la paz duradera ha de ser nuestra misión. (…)

Traducción: Verónica Canales Medina
Fte L.V.G

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