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Justicia que sabotea la paz.Por Marcos Aguinis

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La paz y la justicia son dos bienes que merecen el más intenso de los aprecios. Pero no siempre se alcanzan en forma simultánea ni en equivalentes proporciones. A menudo se impone la paz dándole la espalda a la justicia, y a menudo ocurre al revés: los comprensibles anhelos de justicia demoran o impiden la paz. Esto es así, aunque resulte paradójico e inquietante. Parece una ecuación que marcha a contramano de los valores que la humanidad predica y cultiva desde los tiempos antiguos.

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Un ejemplo de cómo los deseos de justicia impiden conseguir la paz es el crónico conflicto palestino-israelí. El insistente reclamo de justicia resulta inversamente proporcional a los beneficios de la paz que obtendrían ambas partes si privilegiaran a esta última. Pero han caído en el cepo de creer que sólo una justicia perfecta será la garantía de una verdadera paz. No es así. La justicia perfecta casi no existe en este mundo.

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Los argumentos que esgrimen son tan conmovedores y poderosos como los de una pareja en trámite de divorcio. Un cuento jasídico relata que un matrimonio desavenido acudió a un rabino para pedirle su intervención. Su secretario hizo pasar primero al esposo, quien expuso una versión apabullante; el sabio lo comprendió y lo despidió con estas palabras: «Usted, hijo, tiene razón». Después escuchó a la esposa, cuya elocuencia le produjo lágrimas. La despidió diciéndole también a ella: «Usted, hija, tiene razón». Entonces el secretario sintió el derecho de interpelar al maestro con palabras indignadas: «¡No se entiende! ¡Al marido le dijo que tiene razón, y después a la esposa le dijo que tiene razón..!» El anciano lo miró con una sonrisa: «¿Sabes? tú también tienes razón».

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Los dueños de la tierra

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Como le ocurre a todo pueblo, las opiniones, aunque sonoras, no son unánimes. Pero en el imaginario colectivo de los palestinos fue acentuándose la convicción de que son los verdaderos (a veces sostienen que únicos) dueños de la tierra. En sus mitos han incorporado ideas increíbles, como por ejemplo que se habían instalado en el país antes que el patriarca Abraham. Con la falta de rigor histórico propia de las mitificaciones, Yasser Arafat aseguró que el mismo Jesús fue palestino…

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Repudian la decisión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que el 29 de noviembre de 1947 dividió el territorio en dos Estados, uno árabe y otro judío, y califican a la independencia de Israel como el origen de su catástrofe. Afirman que los judíos expulsaron entonces a un millón de palestinos, condenados a vivir en campamentos de refugiados. La segunda catástrofe advino con la ocupación israelí de la Franja de Gaza y Cisjordania durante la Guerra de los Seis Días, en 1967.

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En consecuencia, la justicia que anhelan tiene un maravilloso ideal: borrar del mapa a Israel, culpable de todas sus desventuras. Otra forma menos violenta sería el ingreso en ese país de unos cuatro millones de palestinos, cifra hasta la que creció el millón original de refugiados. De esa forma, por el peso demográfico, se convertiría a los judíos en minoría y se arrebataría a Israel su identidad judía. Esta última propuesta fue planteada en la conferencia de Camp David (fines de 2000) y fue la única que, obviamente, no podía aceptar el gobierno-paloma de Ehud Barak, tras haber cedido en las restantes demandas. Arafat le respondió con el desenfreno de la segunda intifada.

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El escritor pacifista israelí Amos Oz demostró que los palestinos libran dos guerras a la vez: una para conseguir un Estado independiente junto a Israel (sectores moderados, racionales y que merecen todo su apoyo) y otra para exterminar a Israel (sectores fundamentalistas, y que merecen toda su condena). La justicia perfecta que exigen los fundamentalistas sabotea la llegada de la paz y hunde a ambos pueblos en un pantano de sangre y miseria. El primer ministro Abu Mazen lucha por la opción posible, pero los extremistas la consideran una traición.
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Desde tiempos bíblicos

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Los israelíes afirman que el país les pertenece desde los tiempos bíblicos. Pero no se basan sólo en ello para defender su causa. A fines del siglo XIX, la entonces Siria Meridional (no se hablaba casi de Palestina) estaba desierta de hombres y de vegetación, como lo atestiguan el censo oficial del Imperio Otomano (1882) y visitantes de la talla de Mark Twain. Los judíos empezaron la construcción de Tel Aviv en 1909, sobre médanos de arena, siguiendo el ejemplo de otros pioneros que desde hacía varias décadas habían levantado kibutzim , escuelas agrícolas y aldeas, habían abierto caminos y habían comenzado a forestar.

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Durante la Primera Guerra Mundial funcionó la Legión Judía, que ayudó a los aliados. Después empezó un desarrollo económico que atrajo a largas columnas de inmigrantes árabes de Siria y Egipto. Antes de la Segunda Guerra Mundial, los judíos habían instalado la universidad más prestigiosa de Medio Oriente, un instituto científico de avanzada, miles de colegios, una orquesta filarmónica inaugurada por Arturo Toscanini, teatros, usinas, puertos nuevos. Al terminar la conflagración se intensificó la lucha con Gran Bretaña, que tenía a los árabes de aliados.

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La guerra judía por su independencia determinó la partición votada por la ONU. Israel no fue «creado», sino reconocido. Sus límites eran los de las poblaciones judías, a las que se añadió el desierto del Neguev, que sólo los judíos prometían cultivar. Nada se les quitaba a los árabes. La guerra de 1948 -que produjo la «catástrofe» palestina- fue una iniciativa de los Estados árabes vecinos, con el manifiesto propósito de «echar a los judíos al mar», que entonces no tenían ni un tanque ni un avión. De no haber sido por esa insensata agresión, hoy celebraríamos el 53° aniversario de Israel y del Estado árabe-palestino a la vez.

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La milagrosa victoria israelí produjo una ola de venganza que determinó la masiva expulsión de judíos radicados en los países árabes. Cisjordania fue incorporada a Jordania y Gaza fue administrada por Egipto. Durante 19 años no se habló de constituir un Estado palestino en esas tierras.

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En 1967, el presidente egipcio Nasser decidió realizar el viejo sueño de borrar del mapa a Israel, pero fue derrotado, junto con Siria y Jordania. Israel amplió sus fronteras de una forma que no habían imaginado ni los más belicosos de sus generales. Propuso negociar la paz, pero la Conferencia de Khartum emitió los famosos Tres No: no reconocer, no negociar, no hacer la paz con Israel.

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Cisjordania corresponde a las bíblicas Judea y Samaria. Tanto los sectores religiosos como los nacionalistas exigieron su incorporación a Israel. A esto se sumaron razones de seguridad. Fue salpicada de nuevas colonias, que hoy habitan 200.000 personas y cuyo desmantelamiento exigiría un enorme sacrificio.

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Para los israelíes toda la culpa recae sobre los Estados árabes, que provocaron las guerras y el drama palestino. Su anhelo de justicia exige que se reconozca su derecho a vivir en paz, con fronteras seguras, y que se modifiquen las fronteras actuales para mantener los asentamientos. Esta última pretensión, obviamente, no arrimará la paz. Pero, contra lo que esperaban los mismos israelíes que se oponen a Sharon, éste ahora reconoce que se debe dividir el territorio y que no se debe postergar la creación de un Estado palestino. La historia no deja de darnos sorpresas: Abu Mazen, líder de la OLP, y Sharon, el militar duro, coinciden en poner freno a las ambiciones de la justicia perfecta que arde en el corazón de cada pueblo, para aceptar renuncias mutuas y conseguir de esa forma el bien posible que más necesitan ambas partes: la paz.

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Por Marcos Aguinis

Para LA NACION
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El último libro de Marcos Aguinis es la novela Asalto al paraíso (Planeta).
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