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Por Alicia Dujovne Ortiz

Anna y el buen talante
Por Alicia Dujovne Ortiz

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PARIS
Cuando uno no está acostumbrado a cantar loas le cuesta encontrar los términos adecuados para cantarlas. Por eso tengo una deuda de gratitud para con Eugenio Raúl Zaffaroni, que tampoco debe de estar acostumbrado a eso y que sin embargo ha dado con la palabra justa: talante . Al referirse al presidente Néstor Kirchner, que lo ha propuesto como ministro de la Corte Suprema de Justicia, Zaffaroni empleó esa palabra algo en desuso que, justamente por eso, tiene la virtud de resonar en los oídos como si fuera nueva. No recuerdo si le agregó el adjetivo que corresponde; si dijo, por ejemplo, que Kirchner era «de buen talante». Lo que pensé al leer esas declaraciones fue que la palabra en sí misma, solita y sola, sin aditamento alguno, ya representaba un hallazgo. ¿Qué mejor forma de definir lo que le está pasando en este momento a la Argentina, que hablar de talante ? La Argentina lo tenía por el suelo. Ahora se diría que mejora, quizá porque el hallazgo de Zaffaroni rima con pa´lante .
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Es obvio que el talante necesita buenas noticias para experimentar mejoría. Así, por ejemplo, haber propuesto a Zaffaroni para dicho cargo ha generado otra expresión no menos acertada, esta vez de Elisa Carrió: «Esto es un cuento de hadas». Efectivamente, lo que se ha dado en llamar el «efecto K» incluye una dosis de felicidad más relacionada con las hadas que con los laberintos kafkianos. Al contrario, lo que tenemos es la sensación de emerger de un inacabable «Proceso» sin razón ni salida. Esta K que nos ocupa no parece ser la del kafkiano señor K, a cuyas angustiosas incertidumbres sí que estuvimos acostumbrados desde que tenemos memoria.
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Sin embargo, cada uno cultiva su propio terreno de reivindicaciones fundamentales, un jardín secreto en el que crecen determinados deseos de justicia. Que los militares culpables sean juzgados, que los políticos, los jueces y los policías corruptos paguen por lo que han hecho, que el nudo inextricable del atentado contra la AMIA se desate es belleza pura. Pero que se retroceda en el tiempo para poner el dedo en una de las grandes llagas del país, la parte que tocó al peronismo en la excelente acogida reservada por la Argentina a miles de criminales de guerra nazis, significa lo mismo que si a una le vinieran con un tierno ramito de flores cuando, de tan tarde que era, menos se lo esperaba. Si la decisión de abrir resueltamente y sin trampas los archivos relacionados con la presencia nazi en la Argentina no nos cambia el talante, es que ya nada puede alegrarnos en la vida.
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Por suerte, la capacidad de alegría es mucho más inacabable que los vericuetos de la pesadilla kafkiana. Hace unos días, Kirchner anduvo por Europa y se interesó por encontrarse con esos compatriotas del tercer tipo que somos «los argentinos de París». Un tipo de compatriota desconfiado y amargo, que ya ha visto unas cuantas y no acostumbra pegar brincos de júbilo así como así. Era una tardecita de verano, estábamos en los jardines de la Maison d´Amérique Latine y este presidente nuevo, tan inesperadamente caído o llovido sobre nuestro país, nos dirigía un discurso sencillo que, vaya a saber por qué, no nos inspiraba la desconfianza, la amargura habituales. Nunca desde que nos conozco nos vi tan contentos. Es claro que repetíamos «habrá que esperar» o «vamos a ver cómo le va» o «tiempo al tiempo» o «piano, piano», pero lo repetíamos con cara de gatos escaldados minutos antes de iniciar un agradable ronroneo.
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Esa capacidad de alegría se ha revelado aun más milagrosamente inacabable en el geriátrico judío al que voy cada miércoles, para grabar las historias de algunas sobrevivientes de la Shoah que pasan allí sus últimos años. Son mujeres de mucha entereza que han reconstituido sus vidas pese a todo. Una de ellas, Anna Gliott, sigue tan linda y tan conmovedora con sus casi ochenta años que es posible imaginarla de quince: la edad que tenía cuando llegó a Auschwitz.
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En nuestro primer encuentro me presenté como argentina. «Ah, argentina-dijo, con ese tono neutro y de apariencia serena que ha elegido para evitar desmoronarse-. Parece que después de la guerra, en la Argentina vivió Josef Mengele.» Y agregó como al descuido: «Yo lo conocí».
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Cuando terminó de hablar, me enteré de que jamás lo había hecho antes. Anna está en ese geriátrico desde hace dos años, pero nunca había dicho lo que de pronto se decidió a decir. Quién sabe por qué, un día, se abren las compuertas. En el caso de Anna, no ante su familia. Nunca, ni a su único hijo ni a sus dos nietos Anna les ha contado sobre la vez en que Josef Mengele la golpeó con ferocidad porque, terminada la selección que él realizaba en persona -los de la cámara de gas de un lado; los aptos para el trabajo, del otro-, la jovencita se apartó de su fila buscando sus ropas y él creyó que deseaba suicidarse pasándose al grupo de los primeros. Tampoco les contó que, al encontrarla en el pabellón N° 10, destinado a las experiencias médicas de Mengele, una guardiana alemana la había salvado mandándola a otro pabellón, donde volvieron a golpearla, jugando a la pelota con su cabeza contra la pared, pero donde no hicieron con ella lo que Mengele llamaba «trabajar por la ciencia».
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El último miércoles, cuando estuve a verlas, les anuncié a mis ancianas amigas que el gobierno de mi país acababa de ordenar la apertura de los archivos sobre el nazismo en la Argentina. Fue un buen momento. Se alegraron. Me pidieron que agradeciera de su parte. Con todo, agregaron, era realmente lo menos que podía hacer ese gobierno, y sin saberlo repitieron las palabras de nuestras Madres: «Ni olvido ni perdón». Después, Anna siguió contando algunas cosas, siempre con su francés perfecto, demasiado perfecto. La elegancia de su lengua se explica por el hecho de que al salir de Auschwitz pesaba veinticinco kilos y no podía hablar. Tuvo que reaprenderlo todo y lo hizo. Felizmente para ella, en su infancia leía mucho a Victor Hugo, a Lamartine. Hasta que vino Mengele. Ese mismo Mengele que vivió largos años entre nosotros, los argentinos, con un pasaporte concedido por nuestro país donde podía leerse con absoluta simplicidad: «Josef Mengele».
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«Si va a mencionar a Anna Gliott, ¿puedo pedirle que también mencione a mi hermana Charlotte Shapira, que también estuvo en Auschwitz?», me preguntó la otra Anna del grupo, una que se salvó de la deportación porque pasó «entre los hilos». «Por supuesto», le contesté con cara de distribuir los agradecimientos oficiales como pancitos. «¿Y a mi amiga Alice Goldman?» «Sí, sí, a Alice Goldman también», volví a aceptar, recordando el monumento elevado en Jerusalén a las víctimas del nazismo y que sólo consiste en un espacio negro donde tiemblan miles de lucecitas, y en una voz que va repitiendo sin pausa nombre y apellido de cada muerto.
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La Argentina del siglo XX ha cargado con dos grandes vergüenzas: la de los desaparecidos de los años 70, cuyos nombres y apellidos circulan cada jueves por la Plaza de Mayo, y la de los criminales nazis, alemanes y croatas, recibidos hospitalariamente en los 40, cuya identidad conoceremos ahora. Cómo no va a levantar el ánimo, o a mejorar el talante, limpiarse la conciencia destapando ese par de ollas infernales llenas de algo que, como el relato de Anna, silenciado durante tantos años, sigue quemando en la oscuridad.
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El último libro de Alicia Dujovne Ortiz es Al que se va (Libros del Zorzal). Fte La Nacion
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