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Perdidos en el mundo

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Por: Rafael Granado. Especial para Clarín.- La historia arranca a las siete de la mañana, cuando José golpea la puerta del modesto departamento de Miguel y le pide que lo deje instalarse allí porque se peleó con su esposa y, encima, lo echaron de su trabajo. Miguel es un divorciado reciente, que también está desempleado y se resiste a darle alojamiento a quien acaba de llegar cargando una valija. Finalmente cede y casi le ordena a José que lo ayude a cuidar a don Nicola, un anciano sordo, que fue profesor universitario, y reside en el mismo edificio.

Ambos hombres discuten al principio, putean, pero se tienen estima, los une la amistad. En determinado momento, Miguel afirma que cuidar a Nicola de lunes a viernes es el "objeto social de mi laburo". Como se puede deducir fácilmente son dos entrañables perdedores. El ingreso a escena de Nicola, en su silla de ruedas, completa un cuadro tragicómico, en la línea de un grotesco actual como Pais solía definir a esta obra.

Relato de estructura simple, coloca el acento en la dura realidad de la falta de un oficio que le permita subsistir a gente común, aunque sea atendiendo a una persona muy mayor, a la que -incluso- hay que higienizar cuando se producen sus inevitables urgencias físicas. La figura de don Nicola es el retrato de la vejez, de la impotencia por no poder valerse con sus propios medios, de la decadencia corporal, del aislamiento anímico. Todo esto sin que Días eternos pierda un humor irónico, de sabor agridulce.

Pese a que no alcanza a profundizar los aspectos mencionados, quedándose en la superficie de los problemas planteados, Carlos Pais suscribió -a punta de oficio y sensibilidad- una narración cálida y entretenida, con algunos atisbos de reflexión. La funcional puesta de Gladys Lizarazu contribuye a redondear esta pintura de seres humanos desprotegidos a través de atmósferas impregnadas de desencanto, que no obstante dejan entrever una pequeña esperanza.

En un elenco de tres, Marcelo Mazzarello interpreta a José con los matices exactos de bronca, de resignación; y Pablo Cedrón calibra con acierto las reacciones de un Miguel nervioso, enojado, que luego va acomodando sus sentimientos. En cuanto a Max Berliner, que lleva a cuestas airosamente sus 91 años en la vida real, compone a don Nicola con gestos, gruñidos y, más allá del grado de incomunicación de su papel, con sonrisas pícaras, sin decir una sola palabra en todo el transcurso de la historia: resulta admirable verlo, su labor es de una total solvencia. «

Información

Días eternos

Autor: Carlos Pais. Direccion: Gladys Lizarazu. Elenco: Con Marcelo Mazzarello, Pablo Cedrón y Max Berliner. lugar: Teatro Nacional Cervantes.

Buena

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