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Por Raphael Schutz,
Embajador de Israel

La obsesión anti-israelí de un filósofo
Por Raphael Schutz,
Embajador de Israel

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Una versión más breve de este artículo se ha publicado como “Carta al director” en el diario El País (30.4.2010).

 

Con la publicación el pasado miércoles 21 de abril, coincidiendo con la celebración del día de la independencia de Israel, del artículo “Israel, un error ya consumado” de Salvador Pániker, en La Cuarta Página, es decir, en la principal tribuna de opinión del diario, El País da un salto cualitativo en su posicionamiento anti-israelí al abrir sus páginas a un artículo que desde el título al punto final no tiene más objetivo que la deslegitimación del estado de Israel y la negación del derecho de los judíos a tener un estado.

Sin entrar en los innumerables errores de carácter histórico (como afirmar que el antisemitismo surge en Europa con la primera cruzada) y de filiación (ni Newton era judío, ni Freud renegó de su judaísmo) en los que incurre, todo el artículo, torticeramente basado en citas a autores judíos, concatena proposiciones sin demasiada relación la una con la siguiente para provocar en el lector una asociación de causalidad (post hoc ergo propter hoc).

La puesta en cuestión del derecho de Israel a existir comienza en el título (“un error consumado”) para continuar en las primeras líneas diciendo que se trata de “un problema, pues, fundacional” y que es un “estado-nación artificial que sólo ha generado desgracias desde su nacimiento” y más adelante, “un error histórico”. Todo esto en los tres primeros párrafos. Al autor (o a su diario), ¿se les ocurriría publicar un artículo que ponga en cuestión el derecho a existir de algún otro estado? Luego, una vez que asume como irremediable su establecimiento dice que debería haberse comportado “con humildad y moderación” (¡!). Por cierto, no sólo lo pone en cuestión, si no que le responsabiliza de las malas relaciones entre occidente y el Islam. Lo de responsabilizar a Israel (¿los judíos?) de todos los males, suena a déjà vu.

Habla de los grandes nombres judíos de la diáspora, premios Nobel, etc., pero calla que Israel, ese estado “que sólo ha generado desgracias” sigue contribuyendo al progreso de la ciencia, la medicina, la tecnología, el pensamiento y la cultura. Israel es el país con el índice de patentes médicas, científicas y tecnológicas más alto del mundo; de hecho, el ordenador desde el que el autor escribió su panfleto anti-israelí lleva tecnología desarrollada en Israel. Entre los pensadores y escritores más destacados de las últimas décadas encontramos importantes figuras israelíes, y en los ocho últimos años cinco israelíes han obtenido el premio Nobel. Lamentablemente no existe un índice para medir la contribución al bienestar de la Humanidad (a partir de los logros médicos, educativos o tecnológicos, la lucha contra la desertización o el aprovechamiento del agua o la ayuda al desarrollo), pero posiblemente Israel estaría entre los países que encabezarían la lista.

Es difícil rescatar una frase o una idea que no esté cargada de judeofobia; cualquier publicación de exaltación de la superioridad de la raza aria podría haberle dado cabida en sus páginas.

Pániker quiere decidir cómo hemos de ser y vivir los judíos: “diseminados, diluidos, enriquecedores, fértiles, cruzados con los gentiles”. O sea, si no fuéramos fértiles (léase útiles para él o para otros), ¿no deberíamos existir? Su recurso al discurso del odio contra los judíos se nutre de viejos argumentos: “es ya el radicalismo en el sentido de identidad judío el que pertenece a la patología de la historia” escrito, aparentemente, a la sombra de la cruz gamada. También recurre a este otro en el que quiere sepultarnos bajo la losa de la historia junto a otros pueblos o civilizaciones de la antigüedad: “¿Por qué no dejar que “lo judío” –al igual que lo helénico o lo romano– se acabara diluyendo en la gran corriente de la civilización occidental?”. En este mundo de exaltación de la multiculturalidad se nos pide a los judíos que nos diluyamos. Se le ha ocurrido decir lo mismo a los seguidores del Dalai Lama en China, a los musulmanes de  Pozuelo, a los franceses, a los catalanes o a los indios. Somos parte de la civilización occidental desde su nacimiento, y como parte de ella hemos contribuido a la creación de sus valores y a su desarrollo ético, cultural, social, científico, etc. Veinte siglos de antijudaísmo cristiano dejan huella: hay que convertir a los pérfidos judíos, fieles, según el autor del artículo, a “un viejo Dios celoso”. Habla de la “intransigencia religiosa” de los judíos. Pregunto: ¿comparada con la de quién? Con la de los cristianos de las cruzadas y la inquisición, con la de las huestes de Mahoma que pasaron a cuchillo a quienes no se convirtieron al Islam o a aquellos convencidos de la libertad religiosa que dinamitan budas,  estrellan aviones en Nueva York y vuelan trenes en Madrid.

El problema de la obsesión anti-israelí es que genera monstruos. Monstruos intelectuales y distorsiones perversas. Este mundo nuestro ha entrado en el siglo XXI con una gran cantidad de conflictos y situaciones injustas: desde el genocidio de Darfur al hambre en África que vienen arrastrándose desde hace décadas y que nadie, ni la ONU, ni la Unión Europea, ni estados Unidos, ni tan siquiera Salvador Pániker han podido resolver, pero, si el conflicto palestino-israelí no ha llegado a resolverse aún, no se debe a su complejidad, responsabilidades de ambas partes, etc. No. Es culpa “del poder que tiene en América el lobby israelí”. Otro déjà vu.

Si difícil es entender las motivaciones por las que un filósofo español escribe un libelo anti-israelí recurriendo a los mismos argumentos que las infamias antijudías de la iglesia medieval y la propaganda nazi, lo injustificable es su publicación en su diario, con el agravante de hacerlo en los días de conmemoración del aniversario de la independencia de Israel.

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