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Marshall, el rabino de la Conadep

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Sus enemigos le decían “el rabino rojo”. Mientras la Daia le daba la espalda a las imploraciones de padres y abuelos de desaparecidos argentinos judíos, durante la dictadura militar Marshall Theodor Meyer iba a golpear la puerta de los cuarteles. Cierta vez –contó el actual embajador ante Estados Unidos, Héctor Timerman– el rabino fue, quizá con su kipá (su solideo, su gorrita), quizá con su pasaporte norteamericano en las erres arrastradas, a pedir por la aparición con vida del periodista Jacobo Timerman. Lo atendió, por así decir, el hoy condenado a reclusión perpetua, comisario general de la Policía de Buenos Aires, Miguel Etchecolatz. “Bueno, bueno” –le dijo el matón con uniforme de policeman–. “Al fin y al cabo usted es un pastorcito”.
“Justamente –respondió el rabino, siempre rápido de reflejos–.
Soy un pastor y se me ha perdido una de mis ovejas.Y no voy a parar hasta encontrarla.” Ese temple tenía el rabino rojo, que había nacido en Brooklyn, y al que rememora el libro Marshall T. Meyer. El hombre.
Un rabino, de Mariela Volcovich (en librerías desde el 13 de agosto).Meyer estudió para rabino en la escuela conservadora norteamericana. El ala conservative –congregada mayormente en el Jewish Theological Seminary–, dista mucho de lo que en Argentina se podría entender con esa palabra. Representa un camino intermedio entre la ortodoxia y el liberalismo.
Una misión. Fallecidos los padres en dos meses consecutivos, su psicólogo y los catedráticos del JTS le confiaron una misión.
En 1959, la comunidad judía más tradicional de Buenos Aires, la Cira, más conocida como el templo de Libertad, buscaba un rabino joven para atraer a los hijos porteños de los moishes inmigrantes.
Esa generación estaba más seducida por realizar mítines políticos en la pizzería El Cuartito que por congregarse en el templo a rezar. Los dirigentes de la Comunidad Israelita se proponían fomentar un movimiento juvenil que hiciera perdurar la tradición. Lo novedoso fue que en vez de abrevar en los orígenes ashkenazíes de la Europa Oriental, pidieron orientación a los norteamericanos.
A poco de llegar, el futuro rabino rojo armó un revuelo: entre otras cosas, proponía modificar el ritual congregacional y juntar en el kabalat shabat, (la bienvenida del séptimo día de la creación) a hombres y mujeres en un mismo salón. La resistencia de su renovación fue creciendo, al punto de que dividió a la comunidad.
En 1962 fundó el Seminario Rabínico Latinoamericano.
Rompió definitivamente con el templo de la Cira y creó la comunidad Bet-El. Fueron discípulos de él, entre otros reconocidos rabinos, Daniel Goldman y Baruj Plavnik, que lo ayudaron en su valiente tarea durante el genocidio argentino.
En democracia y con la Conadep.
Recuperada la democracia, siendo extranjero, el presidente Raúl Ricardo Alfonsín lo incluyó en el equipo de la Conadep, que luego se convertiría en el testimonio abrumador del Nunca Más. Representó a ese grupo en Ginebra, ante la Onu, y medió para traer información fresca sobre los desaparecidos de diversas organizaciones de los Estados Unidos.
Sorpresivamente, en 1984 decidió volver a Estados Unidos. Se instaló junto a su esposa en Nueva York. Revivió la sinagoga B’nei Yeshurún hasta convertirla en una de las más brillantes del judaísmo norteamericano. Falleció diez años después, habiendo modificado toda la estructura de las comunidades judías de América latina y habiendo dado un impulso de estudio y amor por el pueblo, la filosofía y la religión judías como pocos guías espirituales.
Sus muchos amigos lo recuerdan simplemente como Marshall.Miradas Al Sur 

 

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