Inicio NOTICIAS Sesenta y un años de concreción de un sueño milenario
Por el Rabino Abraham Skorka*
Benei Tikva en el 70 aniversario e su fundación

Sesenta y un años de concreción de un sueño milenario
Por el Rabino Abraham Skorka*
Benei Tikva en el 70 aniversario e su fundación

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El no haberse consolado nunca de la dispersión y la destrucción del Templo, de la pérdida de Jerusalén, ha conservado su identidad, le ha permitido seguir siendo, durante casi dos milenios, el mismo; ha hecho que sea, siglo tras siglo, no sólo una fe, sino algo muy distinto: un pueblo” (Israel, una resurrección, Editorial Columba, Buenos Aires,1969)

 Durante casi dos mil años tres veces al día los judíos rezan mirando hacia Jerusalem: “Toca cual heraldo el Shofar (cuerno de carnero con el que se anunciaba acontecimientos importantes en los tiempos bíblicos) de nuestra libertad. Eleva el estandarte que ha de reunir a nuestros exilados. Reúnenos desde los confines de la tierra. Bendito eres Tú Señor que reúnes a los dispersos de tu pueblo Israel’

 Este sentimiento movilizó a muchos judíos, durante los casi dos mil años que se extienden desde la destrucción de Jerusalem en el año 70 E.C. hasta la creación del estado, a establecerse en el devastado territorio, pues nunca dejaron de considerarlo como su lugar sobre la tierra, tal como se explicita en la Biblia. Desde fines del siglo XVIII y muy especialmente durante el XIX comienza a gestarse un movimiento migratorio de judíos, cada vez más importante, hacia lo que entonces era un apartado rincón del imperio otomano. Los componentes de las primeras olas inmigratorias eran muy observantes, los de finales del siglo XIX y primer mitad del XX, fervientemente socialistas. Ambos tenían en común el sueño de conformar una sociedad de justicia. Los socialistas le pusieron melodías a los versículos bíblicos que refieren a la redención de la tierra (vbgr.: Isaías 35: 1) y los transformaron en canciones populares. Los que salieron de los ghettos europeos y los mellahs de los países musulmanes, aprendieron a labrar la tierra.

 La columna vertebral de la nueva redención de aquel suelo lleno, a la sazón, de pantanos y desiertos, la constituían los kibutzim, las granjas colectivas, que al decir de Buber (M. Buber and A. I. Rubin en Kibbutz Studies, Michigan State University Press, 1971, pág. 18) fueron “el experimento (de conformación de una sociedad socialista) que no ha fracasado”  

 Después de las Cruzadas, es recién a partir de la conquista de Egipto a manos de las tropas napoleónicas que los estados europeos comenzaron a interesarse por echar sus intereses en el medio oriente. La apertura del Canal del Suez y la creciente importancia estratégica de la región impulsó las apetencias colonialistas de las potencias europeas hacia la misma.

 La primer guerra mundial tuvo uno de sus centros conflictivos más importantes en el medio oriente. Hay quien ve ( David Fromkin, A Peace to End All Peace, Ed. Henry Holt and Co., New York, 2001) en la arbitraria división de la región después de la primera gran contienda por parte de las potencias europeas, la instauración de una paz que no permita alcanzar nunca la verdadera paz. La cada vez más creciente necesidad del petróleo y su presencia en la región terminaron haciendo lo suyo.

 Paralelamente, se comenzó a recrear la cultura y el ser judío en aquel histórico solar. El 1º de abril de 1925 inauguró sus actividades académicas la Universidad Hebrea de Jerusalem, el primer gran ámbito en la era moderna en el que dialoga la varias veces milenaria cultura judía con las ciencias y filosofías desarrolladas en el seno de los pueblos y las naciones. El idioma de la Biblia volvió a ser el de todos los días. El desafío de recrear plenamente la tradición judía, en la que se formó Jesús y de la que se abrevó Mahoma, enfrentando los desafíos que el desarrollo de la ciencia y la tecnología anteponían al hombre de principios del siglo XX, tuvo su epicentro en la tierra de Israel.

El sentimiento del pueblo judío fue siempre el de lograr la paz con sus vecinos. En la declaración de su independencia y establecimiento del estado se afirma: ‘Ofrecemos la paz y la amistad a todos los estados vecinos, y a sus pueblos, y los invitamos a cooperar con la nación judía independiente para el común beneficio de todos’

 No son meras palabras. El movimiento Shalom Ajshav (Paz ahora) supo reunir en sus actos a muchos miles, como aquél en el que participó Rabin antes de ser asesinado por un fanático. Las canciones que más hondo calaron (como Shir LaShalom, que se cantó en aquella oportunidad) refieren a la paz.

 Entre sus vecinos se desarrollaron dos posiciones. Por un lado aquellos que, a la postre, reconocieron la existencia del nuevo-viejo estado, otros que nunca dejaron de verlo como una entidad colonialista. Entre los primeros se hallaron Anwar Al Sadat y el rey Hussein de Jordania, que firmaron sendos tratados de paz, que en algún futuro amalgamarán en fraternidad entre los pueblos.

 Entre los segundos se hallan todos aquellos que utilizaron a Israel como símbolo de todos sus males. Su sueño es repetir todas aquellas luchas populares triunfantes del siglo pasado, que expulsaron en distintos ámbitos del mundo a las tropas colonizadoras.  Se niegan a aceptar que el ejército de Israel se halla conformado por el pueblo, que esta dispuesto a luchar, al igual que ellos, por aquella tierra, pues otra no posee.

 Para el pueblo judío, en su amplia mayoría, el Estado de Israel es una de las piedras angulares de su cultura, su ser e identidad.

 El Estado de Israel no nació como consecuencia de la Shoah, pero sí fue una respuesta a la misma. La sombra del tiempo en el que se debía pedir permiso para manifestarse como judío, o tener que mendigar cuando no darle un importante cohecho a algún mandatario de embajada a fin de obtener un pasaporte con el cual salvar la vida, por no poseer un estado soberano, seguirá acuciando la conciencia de este pueblo, que se caracteriza por su memoria histórica.

 El sueño de la abrumadora mayoría de los judíos es la conformación en Israel de una sociedad que sabe traducir los valores de la civilización hebrea en acciones que dan un aporte significativo para el bien de todos los pueblos y naciones.

 En estas aciagas horas para Israel, por el dolor de sus habitantes y por el dolor y sufrimiento de sus vecinos palestinos (uno de los sabios del Talmud enseña (Avot 4: 24) que entre los lemas capitales de la ética judía que siempre deben enfatizarse debe hallarse (Proverbios 24: 17): “no te regocijes de la desgracia de tu enemigo, y cuando caiga que no festeje tu corazón su derrota”), muchos son los judíos en el mundo que sienten la desazón de los sueños quebrados. Las imágenes de la destrucción y muerte aquejan y entristecen profundamente. Al igual que el resurgido antisemitismo, que disfrazado de antisionismo que proclama la destrucción del estado judío, regurgita cual ponzoña inextirpable de entre las más nefastas y execrables pasiones que se manifiestan en múltiples latitudes.

 Los sueños que comenzaron a entretejerse cada vez que se percibía algún avance en el proceso de paz se hallan cual lejano recuerdo que alguna vez pareció convertirse en realidad. Sin embargo, de la misma manera en que se mantuvo incólume, durante dos mil años, la esperanza de materializar la visión de Ezequiel (11: 17): “Por lo tanto di: Así ha dicho el Señor, Dios: Los reuniré de entre los pueblos, y los recogeré de las tierras en las cuales estáis esparcidos, y les daré la tierra de Israel”, hasta su concreción; el pueblo judío mantendrá incólume en su ser la visión de Isaías (19: 24-25): “En aquel día Israel será terceto con Egipto y con Asiria para bendición en el seno de la Tierra. Pues los bendecirá Dios, el Creador, diciendo: Bendito el pueblo mío Egipto y el asirio obra de mis manos e Israel mi heredad”, hasta su total concreción.

* Rabino de la Comunidad ‘Benei Tikva’ en el 70 aniversario.  

Una Comunidad al servicio de la recreación y continuidad de nuestros valores ancestrales,

mediante su autentica expresión en todos los ambitos de la vida judia.

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