Todas juntas forman un escudo de casi 30.000 kilómetros cuadrados -los mismos del país- que sólo necesita cuatro minutos para disparar una vez que haya identificado a su agresor.
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Si hay aquí alguna certeza es que esta vez no será como en la Guerra del Golfo, en la que Israel no disparó un solo tiro mientras recibía 40 misiles lanzados por el ejército de Saddam Hussein. «Esta vez habrá respuesta», dijeron fuentes militares a LA NACION. Poco después, el primer ministro Ariel Sharon repitió la misma idea ante un grupo de empresarios.
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«Hemos dejado claro a nuestros amigos que si Israel es atacado, esta vez nos defenderemos», dijo Sharon. Rompió así el perfil bajo que intentó mantener sobre la guerra, ante los repetidos informes internacionales que advierten sobre una pésima imagen del país y de su gobierno por el interés demostrado en un ataque de los Estados Unidos contra Irak.
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Lejos de esas cuestiones, en medios militares hay satisfacción con el esquema defensivo, generador de un tremendo agujero presupuestario en la quebrada economía del país, donde se piensa dos veces antes de cortar gastos de defensa. «Estamos listos. No hay un solo hueco del cielo desprotegido, todo está cubierto como con un gran paraguas», se insistió.
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Las precisiones son menos generosas a la hora de explicar lo que puede pasar si una carga química o bacteriológica consigue burlar ese escudo.
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«Para eso tenemos las unidades ABC (atomical, biological and chemical) cuyo entrenamiento se intensificó en los últimos tiempos. Su objetivo prioritario es preservar las fuerzas de combate», se indicó.
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Los poderosos Patriot
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Pero la estrella de esta maquinaria bélica no son las baterías Patriot sino las más escasas -y más caras- Arrow, capaces de alcanzar un misil enemigo a tanto como 75 kilómetros de altura sobre el nivel del mar, lo que implica tres veces más que las primeras. «Tenemos dos ubicadas en la zona central, pero no son las únicas», explicaron las fuentes.
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Es su enorme capacidad lo que lleva a que un oficial ponga en duda la posibilidad de que Irak las haga entrar en acción. ¿Por qué? «Porque si detienen a un misil a 75 kilómetros de altura, los vientos en esa zona podrían arrastrar una carga no convencional hacia los países árabes vecinos. Difícilmente Saddam quiera eso», fue la explicación, bastante parecida a un efecto bumerán.
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Para cualquier argentino no familiarizado con esta tecnología, la primera visión podría ser decepcionante: hasta se las podría tomar por un modernísimo sistema de transporte. Lo más voluminoso son los containers dobles, rectangulares y con condiciones de temperatura y humedad en los que se almacenan y desplazan los misiles de defensa.
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Cada batería puede trasladarse de un sitio a otro, algo que se evalúa de acuerdo con la fragilidad de su corazón, formado por radares y censores informáticos que se dañarían si se los expone a movimientos intensos. De todos modos, en estos días no es lo único que barre el cielo israelí: en medios militares se asegura que esa misma misión recibió una fragata tipo Aegis de los Estados Unidos, que lleva semanas en el Mediterráneo.
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En cuanto a las Patriot, también hay rampas cerca de Tel Aviv y de Dimona, esta última en el Neguev, en la zona sur del país. Allí funciona una planta atómica en cuyos alrededores cayó, durante la Guerra del Golfo, un misil con carga de cemento que, de haber hecho blanco, podría haber dañado el sistema de refrigeración de la central y abrir paso a un desastre.
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La defensa antiaérea se completa con unidades Hawk para la destrucción de aviones de ataque, capaces de desactivar cazabombarderos eventualmente sin piloto, tanto en tareas de reconocimiento como con una carga no convencional.
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Todo está listo en este enorme despliegue para el que Israel contó con tecnología y equipos propios así como de los Estados Unidos y de Alemania, de quien recibió unidades Patriot. La última, hace sólo quince días, cuando las posiciones en el Consejo de Seguridad se dividían al extremo sobre una eventual acción armada contra Irak.
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«Esta no es nuestra guerra, sino de los Estados Unidos. Nosotros no participamos, sólo nos defenderemos si somos atacados, algo que no podemos descartar», dicen en el ejército. Barridos con esos carísimos equipos de defensa, los 30.000 kilómetros del cielo de Israel no son mucho más que los de Misiones. Pero dan bastante más que hablar.
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Por Silvia Pisani
Enviada especial La Nacion
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