JERUSALEN.- En el estacionamiento número 7 del shopping Malcha, al sur de esta ciudad, Hani Stein, una joven pelirroja de 29 años, avanza con su cochecito hacia un puesto de distribución de máscaras antigás. Como muchos otros israelíes, va a hacer controlar si su equipo, el de su marido y el de su hijo de tres años y medio siguen en buen estado.
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«Me revisarán si los filtros y las inyecciones de atropina que sirven para protegerse de ataques químicos no están vencidos y retiraré el baby sitter kit para mi hijita», cuenta a LA NACION, mientras señala con orgullo a Ya´ara, una beba de dos meses escondida debajo de una manta del cochecito.
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En el caso de que Irak ataque a Israel, si Estados Unidos emprende una guerra, Hani se verá obligada a estrenar el impresionante baby sitter kit . Una especie de burbuja de plástico que cubre la cabeza y los brazos del bebe, que tiene en la espalda una mochila con un respirador: no hay máscaras para quienes tienen de 0 a 3 años.
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«En 1991, cuando Irak nos atacó con misiles Scud, no tuve miedo. Pero ahora sí, y mucho, porque tengo dos hijos», dice Hani, al mostrarles su documento de identidad a las soldados que comenzarán a revisar las etiquetas de las cajas de cartón que envuelven las máscaras de la familia.
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A cuatro días de las elecciones en las que se descuenta una nueva victoria del premier Ariel Sharon, aunque la mayoría de los israelíes considera que la guerra en Irak «no es asunto nuestro», Israel prepara a sus 6 millones de habitantes para escenarios catastróficos.
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No sólo ha llamado a todos los ciudadanos a renovar, revisar o buscar sus kits de máscaras antigás en distintos centros de distribución, sino que también ha comenzado, sigilosamente, maniobras militares conjuntas con los Estados Unidos.
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La idea es coordinar sus operaciones en caso de un ataque con misiles balísticos, con aviones manejados por suicidas o aviones sin piloto con armas de destrucción masiva, en el caso de que Irak ataque a Israel si estalla una nueva guerra del Golfo.
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Durante la guerra del Golfo de 1991, entre enero y febrero Irak disparó 39 misiles Scud contra Tel Aviv, Haifa y el desierto del Negev, donde está el reactor nuclear de Dimona. En esos dos meses murieron 15 civiles, de los cuales sólo uno por el impacto directo de un misil iraquí y los demás a raíz de ataques cardíacos, por asfixia al usar máscaras antigás o por mala aplicación de las inyecciones de atropina, que sirven de antídoto de las armas químicas.
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Aceitado plan de emergencia
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Sin contar que se ha llamado a la población a tener listos -con agua y comida- los refugios subterráneos que hay en ciudades, asentamientos, colegios y jardines de infantes de todo el país, también se sellaron acuerdos para que los grandes hoteles que hay en la costa del Mediterráneo alojen a heridos. Además, el gobierno anunció la puesta a punto de un aparato nacional de información especial.
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«En la guerra de 1991 en mi familia nos pusimos las máscaras más de quince o veinte veces», recuerda Hani, que parece resignada a convivir con máscaras, respiradores, filtros e inyecciones antiveneno.
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«No bien suena la sirena, un ruido terrible, tenemos que ir a un cuarto cerrado de la casa, ponernos la máscara y esperar que por TV o por radio nos digan cuándo podemos salir», afirma con naturalidad.
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«La inyección de atropina tenemos que dárnosla en la pierna, pero sólo después de que nos hayan avisado de que se trata de una bomba química y de que estamos efectivamente en el área afectada por el veneno», explica.
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Aunque cambian según la edad del usuario, y si éste es asmático o barbudo, en líneas generales cada kit contiene un manual de instrucciones, una máscara, un filtro, un tubo de goma, un respirador, un tubo tipo pajita para tomar agua y una inyección de atropina. «El problema es que los chicos abren las cajas para jugar y se ponen las inyecciones… Ya hubo tres casos, y es peligroso», afirma Hani.
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Para los bebes de 0 a 3 años, como Ya´ara, el kit no viene en caja de cartón, sino en una valijita de plástico azul. Minutos después de que una chica-soldado se la ha entregado y le ha explicado cómo funciona la virtual burbuja anti-sustancias químicas Hani confiesa que no entendió nada.
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«No importa. En 1991 a mi mamá le agarró un ataque de pánico y yo tuve que ponerle la máscara a mi hermanita de tres años, leyendo las instrucciones al vuelo -dice-. En la emergencia uno siempre se las arregla.»
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Como la mayoría de los israelíes, Hani está más preocupada por el permanente estado de alerta que vive su país, golpeado por decenas de atentados terroristas, que por si estalla una nueva guerra del Golfo.
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«Rezo todos los días para no tener que usar estas máscaras -asegura Hani, mientras se va del estacionamiento con su cochecito-, pero la verdad es que me da mucho más miedo lo que pasa en Israel, donde venir a un shopping center como éste se ha vuelto una aventura muy peligrosa.» «
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Por Elisabetta Piqué
Enviada especial La Nacion
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