Para el escritor, la izquierda traiciona sus propios principios cuando, por no alinearse con los Estados Unidos, observa la guerra al terrorismo como un conflicto ajeno y llega a justificar en parte los ataques fundamentalistas a los mejores valores de Occidente
Los tambores de guerra son espantosos para quienes privilegiamos la paz. Anuncian la diabólica fiesta de la devastación, donde el hombre se precipita hacia sus más salvajes bajezas. A la guerra no podemos sino condenarla.
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Pero la guerra existe desde que hay memoria. Según la Biblia, ya comenzó entre los dos primeros hermanos que habitaron el planeta. Y, aunque el relato de Caín y Abel posea elementos simbólicos, contiene una verdad que nos quita el aliento. Hubo guerra entre hordas, luego entre tribus y después entre grupos más vastos y organizados, hasta llegar a ciudades, países e imperios.
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Sus causas han sido disecadas por variadas teorías. Al principio se creía en las razones aparentes, que luego fueron reconocidas como excusas: el rapto de una mujer, la ofensa a un dios, la ambición de un tirano, el afán de gloria, mandatos divinos. Pero cuando la historia empezó a ser estudiada con rigor científico se tornó evidente que detrás de las razones idílicas había causas económicas, políticas, culturales y sociales de enorme potencia. Estas causas siguen vigentes hasta nuestros días. Pero se les ha agregado otra, que considero el carozo de los últimos conflictos. A ella me voy a referir.
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Ambiciones de la modernidad
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No hace mucho, en el siglo XVIII, despertó el pensamiento científico tal como lo conocemos ahora. Se expandió la tendencia a dudar, experimentar, contrastar y corroborar. Era un aire fresco que hacía crujir de manera progresiva e impetuosa las certezas de siglos. El conocimiento se dilató de manera asombrosa. El pensamiento crítico socavaba a los mitos y hubo terror por parte de quienes temían que se fracturase el mundo. La libertad en múltiples aspectos era elegida por un creciente número de personas, hasta que se desplegó en toda su iridiscencia la Ilustración y sus efectos.
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Hacia finales del siglo XVIII se produjeron la independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa, que fortificaron el rumbo de la nueva tendencia. Las luchas podían tener los factores económicos, políticos o sociales de siempre, pero incorporaban un nuevo y no siempre bien expresado componente, que algunos ahora llaman Modernidad. Usemos esa palabra.
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La Modernidad completó su repertorio en forma progresiva. El trípode Libertad-Igualdad-Fraternidad de los comienzos cargaba utopía y posibilidades, pero era necesario que se perfeccionaran y completasen. Al cabo de dos siglos llegó a ser un conjunto de macizos logros, una victoria de las tendencias positivas del género humano por sobre las negativas. Fue un avance contra las tinieblas y la inequidad. La lista incluye: derechos individuales, democracia representativa, justicia independiente, libertad de expresión, tolerancia religiosa, alternancia del poder, derechos humanos, pensamiento crítico, emancipación femenina, estímulo a la investigación científica, creatividad incesante, igualdad ante la ley.
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No todos sus componentes consiguieron imponerse al mismo tiempo, sino que algunos tardaron más que otros. Pero se puede reconocer que en los países mal llamados occidentales (porque debe incluirse Oceanía y parte de Asia), ya rige la mayor parte de ellos. Son los países que han logrado el más alto nivel de prosperidad. En otras palabras, modernidad, dignidad y riqueza van juntas.
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Pero pese a sus beneficios, la modernidad fue y es resistida. Al principio la combatieron las monarquías absolutas y por eso no es desatinado reconocer que la independencia de los países latinoamericanos fue también una lucha entre la ilustración y el oscurantismo. Se opusieron al progreso intelectual todas las religiones, que consideraban enemiga mortal a la libertad de pensamiento. De ahí el chiste de Heinrich Heine tomado rencorosamente por Karl Marx: «La religión es el opio de los pueblos». El conservadurismo o sus drásticas restauraciones anhelaban mantener el mundo del pasado, en el que la humanidad funcionaba como un explotado rebaño conducido por la elite. Pero en favor de la modernidad se abrieron paso corrientes impetuosas, muchas veces en forma anárquica o delirante. Brotó la llamada Izquierda, que irradiaba insolencia, voluntarismo, solidaridad, ensoñación. Surgieron esforzadas corrientes socialistas que bregaban por el triunfo de la modernidad, algunas mediante conquistas progresivas, otras mediante la revolución. Hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX sus avances se tornaron impresionantes, hasta que sobrevino el triunfo de la Revolución Bolchevique, saludada en su momento como un salto hacia el porvenir. Contra ella se alzaron los reaccionarios del mundo.
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Pero en el primer cuarto del siglo XX aconteció un giro copernicano. Por una parte desaparecieron o se debilitaron los clásicos enemigos de la modernidad: las monarquías absolutas, la opresión religiosa y el conservadurismo irracional. Por otra parte, la revolución inaugurada por Lenin sepultó los principios que le dieron razón de ser.
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En efecto, por debajo de las consignas y el fanatismo ideológico, gran parte de la izquierda retrocedió hacia la antimodernidad. No surgió un hombre nuevo, sino un hombre sometido a otros patrones; no surgió una sociedad superior, sino un Estado totalitario. Dirigentes y dirigidos optaron por el confort de la pertenencia a una dirección absolutista, sanguinaria y mentirosa, que impugnar su traición a los maravillosos ideales. Resucitó la elite autocrática con diferentes protagonistas, que cercenó las conquistas que venían acumulándose desde la Revolución Francesa. Esa elite o nomenclatura conculcó los derechos individuales, prohibió la libertad de prensa, violó los derechos humanos (mediante torturas, juicios ficticios, deportaciones y ejecución sumaria), castró el pensamiento crítico, controló la investigación científica, alambró la creatividad artística, persiguió a la oposición política, hizo desparecer la democracia, manipuló la opinión pública dentro y fuera de sus fronteras, ahogó la justicia independiente, impuso el terror.
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Con pena debemos reconocer que gran parte de la izquierda -que es sensible, idealista y ama con pasión la libertad y el cuestionamiento-, prefirió dar la espalda a la modernidad. Aceptó como emblemas magníficos y hasta omniscientes a tiranos paranoicos como Stalin, Mao y Pol Pot, que fueron encumbrados a nivel de la divinidad, como en tiempos de la monarquía absoluta.
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Fue y es patético, porque aún muchos que se creen personas de izquierda, no terminan de reconocer su tendencia a la antimodernidad, su traición a los principios. No repudian en forma categórica el burdo «liderazgo hereditario» que existe en Corea del Norte, ni se atreven a combatir con todas las letras el régimen opresivo de Fidel Castro, donde se violan los derechos humanos por los cuales tantos camaradas perdieron la vida en otras latitudes. Ni siquiera se sonrojan por tamaña contradicción. Hace poco, Carlos Fuentes volvió a calificar esta posición como «fascismo de izquierda». Con la excusa de enfrentar al imperialismo o la globalización, simpatizan con dictaduras y hasta toleran genocidios.
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El mayor grotesco
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Los totalitarismos del siglo XX tienen ahora un epígono: el fundamentalismo. En lo esencial, tanto el comunismo como el nazismo comparten con esta nueva versión de la intolerancia enormes coincidencias. Los tres repudian la modernidad, a la que descalifican con variados argumentos. Los tres desconocen abiertamente la democracia, violan los derechos individuales, prohíben la libertad de prensa, someten la ciencia a sus delirios ideológicos, manejan la creatividad con criterios mediocres y tendenciosos, castran el pensamiento crítico, desacralizan la vida. Una elite acumula todo el poder y ansía imponerse en todo el mundo a cualquier costo. Un rosario de iniquidades.
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¿Es sólo una azarosa coincidencia que gente de extrema derecha y extrema izquierda miren ahora con ojos tiernos al terrorismo fundamentalista? ¿Es simple coincidencia que ante sus crímenes y amenazas busquen excusas para justificarlo?
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Cuando fueron destruidas las Torres Gemelas, muchos destacados intelectuales repudiaron los asesinatos de miles de inocentes, pero con mezquindad. Necesitaban dejar en claro que no apoyaban por eso a los Estados Unidos. No tuvieron siquiera el coraje de reconocer que los ataques fundamentalistas buscan destruir lo mejor de los Estados Unidos, lo que está ligado a la modernidad, no lo peor (su apoyo a dictaduras, la violación de derechos humanos, intervenciones bélicas para defender intereses económicos injustos).
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El terrorismo fundamentalista no negocia, no quiere regalos, no quiere beneficios. Quiere destruir, demoler. Es igual a cuando Daladier y Chamberlain fueron a hacerle grandes concesiones a Hitler para salvar la paz. Tras las concesiones, Hitler no se sintió obligado, sino fortalecido: invadió Polonia y bombardeó Londres. No le interesaba la paz. La paz vendría -para el nazismo- cuando el planeta quedase sometido a su voluntad. Y no hubo más remedio que hacerle frente. Muchos, entonces, lamentaron haberlo dejado llegar tan lejos.
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Lástima que los Estados Unidos tengan ahora como presidente a un hombre tan poco identificable con los principios de la modernidad. Lástima que su carácter y sus intereses personales aumenten la confusión. Lástima que su lenguaje caiga a menudo en expresiones desafortunadas y su visión no sea la de Jefferson, Madison, Lincoln y hasta Woodrow Wilson. Pero está sujeto a un sistema que lo mantiene más cerca de éstos que de los asesinos que hambrean a sus pueblos para fabricar las armas que los sostienen en el poder. El presidente de los Estados Unidos está sometido a un sistema legal imperfecto, pero superior al de los totalitarismos.
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Hitler no fue disuadido a tiempo porque las democracias de entonces -con cálculos miopes- no le presentaron un unánime y enérgico repudio. Hoy, la humanidad tiene la obligación de recordarlo. Y unirse para repudiar sin hesitaciones todas las manifestaciones terroristas, aunque agiten banderas respetables. El terrorismo no es respetable, es asesino e inmoral. No hay que hacerle las concesiones que lo fortalecen y enajenan. Un frente universal macizo contra sus protagonistas y los Estados que le dan apoyo franco o encubierto sería el disuasivo que salvaría al mundo de los horrores que siempre causa la guerra.
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Por Marcos Aguinis
.<< Comienzo de la notaLos tambores de guerra son espantosos para quienes privilegiamos la paz. Anuncian la diabólica fiesta de la devastación, donde el hombre se precipita hacia sus más salvajes bajezas. A la guerra no podemos sino condenarla.
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Pero la guerra existe desde que hay memoria. Según la Biblia, ya comenzó entre los dos primeros hermanos que habitaron el planeta. Y, aunque el relato de Caín y Abel posea elementos simbólicos, contiene una verdad que nos quita el aliento. Hubo guerra entre hordas, luego entre tribus y después entre grupos más vastos y organizados, hasta llegar a ciudades, países e imperios.
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Sus causas han sido disecadas por variadas teorías. Al principio se creía en las razones aparentes, que luego fueron reconocidas como excusas: el rapto de una mujer, la ofensa a un dios, la ambición de un tirano, el afán de gloria, mandatos divinos. Pero cuando la historia empezó a ser estudiada con rigor científico se tornó evidente que detrás de las razones idílicas había causas económicas, políticas, culturales y sociales de enorme potencia. Estas causas siguen vigentes hasta nuestros días. Pero se les ha agregado otra, que considero el carozo de los últimos conflictos. A ella me voy a referir.
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Ambiciones de la modernidad
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No hace mucho, en el siglo XVIII, despertó el pensamiento científico tal como lo conocemos ahora. Se expandió la tendencia a dudar, experimentar, contrastar y corroborar. Era un aire fresco que hacía crujir de manera progresiva e impetuosa las certezas de siglos. El conocimiento se dilató de manera asombrosa. El pensamiento crítico socavaba a los mitos y hubo terror por parte de quienes temían que se fracturase el mundo. La libertad en múltiples aspectos era elegida por un creciente número de personas, hasta que se desplegó en toda su iridiscencia la Ilustración y sus efectos.
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Hacia finales del siglo XVIII se produjeron la independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa, que fortificaron el rumbo de la nueva tendencia. Las luchas podían tener los factores económicos, políticos o sociales de siempre, pero incorporaban un nuevo y no siempre bien expresado componente, que algunos ahora llaman Modernidad. Usemos esa palabra.
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La Modernidad completó su repertorio en forma progresiva. El trípode Libertad-Igualdad-Fraternidad de los comienzos cargaba utopía y posibilidades, pero era necesario que se perfeccionaran y completasen. Al cabo de dos siglos llegó a ser un conjunto de macizos logros, una victoria de las tendencias positivas del género humano por sobre las negativas. Fue un avance contra las tinieblas y la inequidad. La lista incluye: derechos individuales, democracia representativa, justicia independiente, libertad de expresión, tolerancia religiosa, alternancia del poder, derechos humanos, pensamiento crítico, emancipación femenina, estímulo a la investigación científica, creatividad incesante, igualdad ante la ley.
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No todos sus componentes consiguieron imponerse al mismo tiempo, sino que algunos tardaron más que otros. Pero se puede reconocer que en los países mal llamados occidentales (porque debe incluirse Oceanía y parte de Asia), ya rige la mayor parte de ellos. Son los países que han logrado el más alto nivel de prosperidad. En otras palabras, modernidad, dignidad y riqueza van juntas.
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Pero pese a sus beneficios, la modernidad fue y es resistida. Al principio la combatieron las monarquías absolutas y por eso no es desatinado reconocer que la independencia de los países latinoamericanos fue también una lucha entre la ilustración y el oscurantismo. Se opusieron al progreso intelectual todas las religiones, que consideraban enemiga mortal a la libertad de pensamiento. De ahí el chiste de Heinrich Heine tomado rencorosamente por Karl Marx: "La religión es el opio de los pueblos". El conservadurismo o sus drásticas restauraciones anhelaban mantener el mundo del pasado, en el que la humanidad funcionaba como un explotado rebaño conducido por la elite. Pero en favor de la modernidad se abrieron paso corrientes impetuosas, muchas veces en forma anárquica o delirante. Brotó la llamada Izquierda, que irradiaba insolencia, voluntarismo, solidaridad, ensoñación. Surgieron esforzadas corrientes socialistas que bregaban por el triunfo de la modernidad, algunas mediante conquistas progresivas, otras mediante la revolución. Hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX sus avances se tornaron impresionantes, hasta que sobrevino el triunfo de la Revolución Bolchevique, saludada en su momento como un salto hacia el porvenir. Contra ella se alzaron los reaccionarios del mundo.
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Pero en el primer cuarto del siglo XX aconteció un giro copernicano. Por una parte desaparecieron o se debilitaron los clásicos enemigos de la modernidad: las monarquías absolutas, la opresión religiosa y el conservadurismo irracional. Por otra parte, la revolución inaugurada por Lenin sepultó los principios que le dieron razón de ser.
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En efecto, por debajo de las consignas y el fanatismo ideológico, gran parte de la izquierda retrocedió hacia la antimodernidad. No surgió un hombre nuevo, sino un hombre sometido a otros patrones; no surgió una sociedad superior, sino un Estado totalitario. Dirigentes y dirigidos optaron por el confort de la pertenencia a una dirección absolutista, sanguinaria y mentirosa, que impugnar su traición a los maravillosos ideales. Resucitó la elite autocrática con diferentes protagonistas, que cercenó las conquistas que venían acumulándose desde la Revolución Francesa. Esa elite o nomenclatura conculcó los derechos individuales, prohibió la libertad de prensa, violó los derechos humanos (mediante torturas, juicios ficticios, deportaciones y ejecución sumaria), castró el pensamiento crítico, controló la investigación científica, alambró la creatividad artística, persiguió a la oposición política, hizo desparecer la democracia, manipuló la opinión pública dentro y fuera de sus fronteras, ahogó la justicia independiente, impuso el terror.
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Con pena debemos reconocer que gran parte de la izquierda -que es sensible, idealista y ama con pasión la libertad y el cuestionamiento-, prefirió dar la espalda a la modernidad. Aceptó como emblemas magníficos y hasta omniscientes a tiranos paranoicos como Stalin, Mao y Pol Pot, que fueron encumbrados a nivel de la divinidad, como en tiempos de la monarquía absoluta.
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Fue y es patético, porque aún muchos que se creen personas de izquierda, no terminan de reconocer su tendencia a la antimodernidad, su traición a los principios. No repudian en forma categórica el burdo "liderazgo hereditario" que existe en Corea del Norte, ni se atreven a combatir con todas las letras el régimen opresivo de Fidel Castro, donde se violan los derechos humanos por los cuales tantos camaradas perdieron la vida en otras latitudes. Ni siquiera se sonrojan por tamaña contradicción. Hace poco, Carlos Fuentes volvió a calificar esta posición como "fascismo de izquierda". Con la excusa de enfrentar al imperialismo o la globalización, simpatizan con dictaduras y hasta toleran genocidios.
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El mayor grotesco
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Los totalitarismos del siglo XX tienen ahora un epígono: el fundamentalismo. En lo esencial, tanto el comunismo como el nazismo comparten con esta nueva versión de la intolerancia enormes coincidencias. Los tres repudian la modernidad, a la que descalifican con variados argumentos. Los tres desconocen abiertamente la democracia, violan los derechos individuales, prohíben la libertad de prensa, someten la ciencia a sus delirios ideológicos, manejan la creatividad con criterios mediocres y tendenciosos, castran el pensamiento crítico, desacralizan la vida. Una elite acumula todo el poder y ansía imponerse en todo el mundo a cualquier costo. Un rosario de iniquidades.
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¿Es sólo una azarosa coincidencia que gente de extrema derecha y extrema izquierda miren ahora con ojos tiernos al terrorismo fundamentalista? ¿Es simple coincidencia que ante sus crímenes y amenazas busquen excusas para justificarlo?
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Cuando fueron destruidas las Torres Gemelas, muchos destacados intelectuales repudiaron los asesinatos de miles de inocentes, pero con mezquindad. Necesitaban dejar en claro que no apoyaban por eso a los Estados Unidos. No tuvieron siquiera el coraje de reconocer que los ataques fundamentalistas buscan destruir lo mejor de los Estados Unidos, lo que está ligado a la modernidad, no lo peor (su apoyo a dictaduras, la violación de derechos humanos, intervenciones bélicas para defender intereses económicos injustos).
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El terrorismo fundamentalista no negocia, no quiere regalos, no quiere beneficios. Quiere destruir, demoler. Es igual a cuando Daladier y Chamberlain fueron a hacerle grandes concesiones a Hitler para salvar la paz. Tras las concesiones, Hitler no se sintió obligado, sino fortalecido: invadió Polonia y bombardeó Londres. No le interesaba la paz. La paz vendría -para el nazismo- cuando el planeta quedase sometido a su voluntad. Y no hubo más remedio que hacerle frente. Muchos, entonces, lamentaron haberlo dejado llegar tan lejos.
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Lástima que los Estados Unidos tengan ahora como presidente a un hombre tan poco identificable con los principios de la modernidad. Lástima que su carácter y sus intereses personales aumenten la confusión. Lástima que su lenguaje caiga a menudo en expresiones desafortunadas y su visión no sea la de Jefferson, Madison, Lincoln y hasta Woodrow Wilson. Pero está sujeto a un sistema que lo mantiene más cerca de éstos que de los asesinos que hambrean a sus pueblos para fabricar las armas que los sostienen en el poder. El presidente de los Estados Unidos está sometido a un sistema legal imperfecto, pero superior al de los totalitarismos.
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Hitler no fue disuadido a tiempo porque las democracias de entonces -con cálculos miopes- no le presentaron un unánime y enérgico repudio. Hoy, la humanidad tiene la obligación de recordarlo. Y unirse para repudiar sin hesitaciones todas las manifestaciones terroristas, aunque agiten banderas respetables. El terrorismo no es respetable, es asesino e inmoral. No hay que hacerle las concesiones que lo fortalecen y enajenan. Un frente universal macizo contra sus protagonistas y los Estados que le dan apoyo franco o encubierto sería el disuasivo que salvaría al mundo de los horrores que siempre causa la guerra.
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Por Marcos Aguinis
La Nacion

