Hace dos semanas una periodista del Time Magazine me sorprendió con una pregunta brutal. Quería saber si ahora estábamos peor que durante la última dictadura. Quedé perplejo, porque comparaba situaciones diferentes y hasta dudé si yo la había entendido en forma correcta. Pero enseguida capté que no se refería a las muertes, torturas o desapariciones, sino al estado de ánimo nacional. Entonces le di una respuesta que me salió de las vísceras, sin la debida evaluación. Recuerdo que empecé a reprocharme a medida que hablaba, porque temía estar cayendo en un error grueso. Dije que en un aspecto antes estuvimos mejor. ¿Mejor? , brincó ella. Sí -agregué-, mejor porque durante la dictadura sabíamos quién era nuestro enemigo: era el puñado de militares sádicos, ineptos y corruptos que controlaban el país; en cambio ahora la sociedad argentina no sabe quién es el enemigo. Lo busca en forma desesperada y hasta violenta, sin dar con él.
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Cuando la periodista se marchó seguí dándole vueltas al asunto. Nuestra imperfecta democracia nos brinda beneficios que la tornan superior a la más benigna de las dictaduras. Pero también es verdad que antes la inmensa mayoría se articulaba contra un enemigo claramente identificable, al que era preciso vencer. En cambio los argentinos del presente no sabemos contra qué o contra quién luchar. El ruido de las cacerolas, las asambleas barriales, los piquetes, las imperativas consignas, las amenazas, los escraches -que ya no logran suficiente participación ni la calidad de frutos que corresponde a las expectativas- van quedando como las descoloridas murgas de un carnaval. El patético carnaval en el que se fue descomponiendo nuestra joven y anémica democracia.
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Un golpe de Estado sin militares destituyó al indeciso presidente Fernando de la Rúa. Como todos los golpes institucionales que lastimaron a nuestro país, fue acompañado por el júbilo irresponsable de las multitudes (muchos se regocijaron en forma manifiesta, otros en forma vergonzante). Pero como todos los golpes, a la corta o a la larga llevó a una situación peor a la existente. Se trata de una ley tan sólida como las de la física. Los protagonistas de esos días, en los que incluso se derramó sangre, no desplegaron una epopeya, lamentablemente, sino un desastre. La seguidilla de presidentes transitorios a que dio lugar la expulsión del que había sido elegido en 1999, sumado a los errores tan grandilocuentes como demagógicos de las primeras semanas, multiplicaron el desprestigio del país y produjeron el más acelerado y vertical empobrecimiento sufrido por los argentinos en toda su historia.
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De eso, tan grave, aún no se hizo la debida autocrítica.
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Al principio el enemigo más detestado era el ex presidente y su equipo económico. Expulsándolos del poder -se creyó con ingenuidad abismal- quedaba abierto el camino de la salud. Las cacerolas demostraron ser más fuertes que los cañones y más perspicaces que los sabios. Derrocaron un gobierno; hasta se las intentó reproducir en otras latitudes. Pero como en lugar de salud advino un quiebre impresionante del sistema financiero y un despojo de la propiedad privada, la furia popular se olvidó del ex presidente y desvió su objetivo hacia los bancos. Ellos emergieron entonces como los principales saqueadores de la riqueza nacional. Produjo llamas de un incendio formidable la versión de que por lo menos tres centenares de camiones se habían llevado los dólares de los ahorristas al aeropuerto de Ezeiza. Hasta aparecieron testigos que daban legitimidad a la denuncia. Gabriel García Márquez debió haberse apenado al advertir que los argentinos lo superaban en imaginación.
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Entonces se desenrolló un ataque sin precedente contra las sedes bancarias. En las calles de las principales ciudades del país se quería golpear, destruir y linchar al enemigo. Y el enemigo eran los bancos. Fueron rotas persianas, picaportes, vidrieras, paneles, vallas. Nada quedaba indemne ante el huracán de los argentinos rapiñados, engañados, abusados. La indignación era legítima. Parecía haberse dado con el verdadero depredador del país.
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Meses más tarde tuve la ocasión de conversar en Brasil con un directivo del Scotiabank. Le reproché que ciertos bancos hubieran embolsado exageradas ganancias en la época menemista y, cuando debieron afrontar las vacas flacas, optaron por marcharse. Me explicó que el Scotiabank había comprado la mayoría del Banco Quilmes en 1996. De inmediato se aplicó a un gran esfuerzo para que el Quilmes mereciera el prestigiado nombre de Scotiabank, lo que recién se consiguió en 2001. Fue la culminación de mucho trabajo gerencial y financiero. Se habían renovado todos los sistemas, se seleccionaron los mejores empleados, a los que se proveyó entrenamiento, se rediseñaron los procesos crediticios y remodelaron las sucursales. En la segunda mitad del año 2001 el Scotiabank era uno de los bancos más líquidos del sistema. Pero la crisis que estalló en diciembre degeneró en la devaluación asimétrica de la moneda, la suspensión de las ejecuciones por créditos impagos y el desangramiento sin límite de los amparos. Había cesado el ingreso de depósitos u otros dineros, lo cual dejó ilíquido al banco por primera vez en toda su vida. La central envió partidas al comienzo, pero esos fondos desaparecieron. La completa incertidumbre determinó que no se enviase más dinero hasta que se restableciera un marco de seguridad jurídica.
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Es verdad que abundan los pecados del sistema financiero. Pero, ¿es ese sistema el más importante enemigo de la Argentina? La sociedad debió haberse formulado la pregunta, porque también orientó su bronca en otra dirección: las empresas extranjeras. Pero ninguna empresa se desmoronaba aunque los argentinos rompiésemos los nudillos de nuestros puños contra sus paredes.
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¡El enemigo eran los políticos, entonces!
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Esto venía poniéndose en evidencia desde las elecciones de 1999, cuando los partidos tradicionales fueron aturdidos por un contundente «voto bronca». Surgió la consigna maximalista que se vayan todos . La expresión condensaba rabia y desesperación. Pero no podía tomarse en serio como propuesta, porque era utópica, infantil y peligrosa. Utópica debido a su inaplicabilidad, infantil por su generalización irresponsable y peligrosa porque dejaría un vacío que sólo podía ser llenado con una dictadura o desembocar en la anarquía. Que se vayan todos tampoco explicaba quién vendría en reemplazo, ni qué garantías se daban para que ese reemplazo fuese mejor.
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Al menos, pensamos, la iracundia popular haría trabajar mejor al Congreso y a cada funcionario nacional y provincial. Hasta la Corte Suprema, que iba a ser enjuiciada en bloque, trató de mejorar su desempeño. Pero transcurridos unos meses, volvieron a las andadas. No entienden que los políticos son una corporación que debe estar por debajo de la Nación, no al revés.
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Desde 1930 hasta 1983 prevaleció entre nosotros la corporación militar. Cada ciudadano sabía de memoria el nombre de los jefes del ejército, la marina y la aviación. Las luchas entre ellas o dentro de sus facciones internas podían comprometer el destino del país. Pero cuando terminó la prevalencia militar, su espacio fue ocupado por la corporación política. Así como muchos militares olvidaron que estaban al servicio de la patria, muchos políticos han olvidado que están al servicio de la Nación. Este equívoco es también un enemigo que se debe extirpar, con o sin cacerolazos.
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Dentro de una semana me referiré a otro potente enemigo, al que buscamos sin poder encontrar.
.Fte La Nacion
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