Roberto Torres, un ecuatoriano de 25 años que trabaja desde hace dos en Israel, estaba el domingo último en la calle Neve Shaanan de Tel Aviv, en la zona de la vieja estación central de autobuses, cuando explotó a corta distancia una potente bomba.
Una de dos explosiones, en un doble atentado que cobró la vida de 22 personas, además de las de los palestinos responsables del hecho.
En su mayoría las víctimas fueron israelíes, pero también trabajadores extranjeros de diversas procedencias.
«Nada de normal»
Félix Madriz: «Es terrible encontrarse en una situación así».
Para Félix Madriz, de Venezuela, que se salvó hace un año y esta semana nuevamente de distintos atentados, esta situación nada tiene de normal.
«Es terrible encontrarse en una situación así porque tú vas caminando por la calle, estás en un lugar de una forma inocente donde hay tanta gente que pulula aquí en esta calle, israelíes y de otras nacionalidades, comprando, trabajando, y de repente oyes el bombazo. Nos quieren matar».
Félix, de 43 años, es uno de numerosos trabajadores latinoamericanos que se ganan la vida en Tel Aviv, en su mayoría sin papeles, sabiendo que la ilegalidad de su estatuto puede causarles problemas con la policía.
Fotos de la tragedia, para no olvidar.
Pero cuando estalla una bomba, lo único en lo que uno piensa es en la familia, como nos dijo Roberto Torres (25), de Quito.
«Lo primero que piensa uno es en la familia porque uno está solo aquí en este país. Y pensar que lo pueden a uno regresar dentro de un ataúd a su país, es muy doloroso».
Estación pasajera
Ninguno de los trabajadores latinoamericanos con los que hablamos está haciéndose las valijas aterrorizado.
Pero está claro que, en su enorme mayoría, son conscientes de que Israel es para ellos una estación pasajera.
Manuel Ardwiz: «Dan ganas de ir a otro lado».
Manuel Ardwiz, de 28 años, oriundo de Chile, ve la situación con preocupación.
«Con este conflicto, en los dos últimos años, la situación cambió del cielo a la tierra y ahora está difícil. Dan ganas de ir a otro lado a ver otras cosas».
También Marcos Pogo, de Ecuador, que al igual que los demás vino a Israel para trabajar y poder ahorrar, piensa, cuando pueda, volver a su país.
Marcos Pogo: «Este país me ha dado mucho, pero…».
«Este país me ha dado mucho. Trabajando aquí he podido ayudar a mi familia, he obtenido algunas cosas, la gente me ha tratado bien, pero la plata no es todo. Tengo que estar al lado de mi familia también».
El problema es que nadie parece ser demasiado optimista al analizar el futuro. Miguel Molina -que en su Bolivia natal estudiaba abogacía y en Israel se dice feliz de haber aprendido a trabajar en la construcción y a pintar casas- sugiere una solución.
«Creo que ambas partes tienen que dar algo de sí. También Israel tiene que dar algo. Si siguen así en este tren -y yo creo que están mucho peor que antes-; si no dan el brazo a torcer las dos partes, este conflicto nunca se va a arreglar».
Quiero darles un poco de valor a los trabajadores extranjeros, que no nos vayamos, que no tengamos miedo, (…) y que aquí estamos también junto con Israel, porque la suerte de Israel es la nuestra
Félix Madriz, trabajador venezolano
La normalidad recuperada gradualmente se mezcla con el temor en un país extraño para la mayoría de la gente que colma la calle.
Félix Madriz, el venezolano que trabaja en aluminio pero también es escritor, va con una cartulina bajo el brazo dispuesto a transmitir su mensaje central.
«Quiero escribir que Israel no está solo, que nosotros estamos con ellos (los israelíes)», señala.
«Y también quiero darles un poco de valor a los trabajadores extranjeros, a los trabajadores ilegales que también están aquí, que no nos vayamos, que no tengamos miedo, que no caigamos en el pánico y que aquí estamos también junto con Israel, porque la suerte de Israel es la nuestra».

