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El Gobierno israelí tiene dificultades para atraer inmigrantes

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El Pais.- JUAN MIGUEL MUÑOZ.-Theodor Herzl diseñó el sueño sionista a finales del siglo XIX, Naciones Unidas decretó la partición de Palestina en noviembre de 1947 y David Ben Gurión fundó el Estado judío seis meses más tarde. El siglo XX fue, con altibajos, el de una emigración masiva a Israel impulsada por el Holocausto, la desintegración de la Unión Soviética, las urgencias demográficas y, en menor medida, por desastres económicos como el de Argentina hace cinco años. Las estadísticas no dejan hoy margen de duda: el descenso de inmigrantes es constante desde hace 15 años. Sólo 20.000 el año pasado. La Agencia Judía, el organismo competente para fomentar la aliya (la emigración para quedarse a vivir en el Estado hebreo), se esmera en adaptarse a los nuevos tiempos.

«Durante una década nos centramos en los emigrantes de la antigua Unión Soviética. Hoy tenemos que trabajar duro con los judíos de Europa, Estados Unidos y Canadá. En Rusia y los Estados de la antigua Unión Soviética viven 800.000 personas que podrían venir a Israel porque la Ley de Retorno se lo permite. Pero quienes deseaban venir ya lo hicieron. La situación económica mejora y ya no emigran», afirma Michael Jankelowitz, portavoz de la agencia.

Con un presupuesto de 300 millones de euros, casi dos terceras partes aportadas por judíos estadounidenses, este organismo se desvive por captar inmigrantes. La preocupación por el enorme crecimiento demográfico de los países árabes vecinos es palpable en la vida política israelí.

El ministro de Absorción, Zeev Boim, acaba de realizar un viaje a Estados Unidos para tratar de convencer a los israelíes que allí residen de la conveniencia de regresar. Lo que para algunos países es una bendición, supone un contratiempo para la agencia. «Hoy tenemos un problema: la asimilación en Europa y Estados Unidos. Muchos abandonan su identidad judía. Por eso, Israel debe ser el lugar en el que los jóvenes mantengan esa identidad», destaca Jankelowitz.

Pero ahora hay que ir a buscarlos. De ahí el nacimiento del Programa Birthright, por el que 100.000 jóvenes de entre 18 y 26 años han sido invitados el último lustro a visitar durante 10 días Israel. O el Plan Masa, creado por Ariel Sharon, que permite a estudiantes y voluntarios vivir entre seis meses y un año en Israel y aprender hebreo.

Yoav Peled, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Tel Aviv, es categórico y nada contra corriente: «El sionismo nunca tuvo gran predicamento. Los que vinieron lo hicieron forzados, por necesidad. El filón está exhausto. Quedan muchos judíos en EE UU y Francia, pero pocos quieren venir a Israel. Los hay que trabajan en París o Londres y sólo vienen los fines de semana. Los argentinos han dejado de emigrar. Algunos lo hicieron durante la represión de los años setenta, y otros después de la crisis económica provocada por el corralito. También los atentados o la guerra del pasado verano en Líbano frenan la inmigración, pero lo que ha contado siempre es tener una razón para abandonar el país de origen».

En el pasado pudo ser el componente ideológico, las razones políticas o religiosas las que tentaban a los judíos a la aventura de establecerse en Israel. Hoy son los menos quienes aterrizan en el aeropuerto de Ben Gurión de Tel Aviv con la bandera del ideal sionista. «El emigrante no busca cumplir el sueño de Herzl. Tenemos que ofrecerle la posibilidad de que pueda cumplir sus objetivos. Debemos conseguir que este país resulte atractivo, vender el producto Israel», apunta Michael Jankelowitz. «Hay que hacer ver que no todo es conflicto con los árabes, que existe el Macabbi de Tel Aviv, que nuestros académicos obtienen premios Nobel», añade el portavoz de la Agencia Judía.

Jankelowitz es partidario de facilitar al máximo la apertura. Por eso rechaza las pretensiones de los sectores ultraortodoxos, guiados por la Halacha, la estricta ley religiosa, a la hora de determinar quién es judío. Los rabinos más fundamentalistas exigen que sólo sea considerado judío quien haya nacido de madre judía. La agencia pretende favorecer un criterio más laxo: basta con probar que se tiene un abuelo judío para heredar tal condición. Entre el millón de rusos que inmigraron en la década de los noventa, unos 300.000 son cristianos. Pero se facilita su conversión. «Quizás hubiera viajado a España si me hubiera abierto las puertas como me las ha abierto Israel», afirma Adrián, un joven recién llegado.

Alberto Spectorovsky, profesor de la Universidad de Tel Aviv, sostiene que «Israel debe quedar como refugio para los judíos de todo el mundo». «Pero», agrega, «existe una contradicción: si hay algún lugar donde la vida judía corre peligro es en Israel. El sionismo no es garantía de seguridad, pero al menos tenemos capacidad de respuesta. Más de 1.000 años de historia demuestran que hay que guardarse las espaldas».

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