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Un movimiento que crece como bola de nieve

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Por Jana Beris.-
Todavía no son miles, sino algunos cientos. Vienen desde el sur, desde el centro y desde el norte de Israel. Hay de izquierda y de derecha. Y están seguros de que su presencia es sólo el comienzo. «Así empiezan las revoluciones -dicen-. Y ésta tiene que lograr la renuncia de los responsables de los fracasos en la guerra.»

Algunos reservistas que retornaron del campo de batalla en territorio libanés lanzaron la primera piedra. Encendieron la mecha. Apenas regresaron a casa, empezaron a hablar y a exteriorizar las presiones que sentían cuando estaban allá, en el Líbano.

Se instalaron en el Jardín de las Rosas -el escenario tradicional para las manifestaciones en Jerusalén- cerca de la oficina del primer ministro, Ehud Olmert.

Los primeros en plegarse a las protestas fueron los amigos y los compañeros de unidad, que no habían sido reclutados por problemas de salud, pero podían entender claramente el sentido de las quejas. Luego aparecieron otras personas, desconocidas, pero que se sentían representadas por el espíritu de la protesta. Y en cuestión de días se hicieron presentes decenas, cientos de ciudadanos comunes, de todo el país, para decir, junto con los reservistas que lucharon: «Esto no va más. La próxima vez tiene que ser diferente».

A dos semanas de proclamado el alto al fuego, la población trata de disfrutar de la tensa calma reinante, a pesar de la convicción de que una nueva guerra es sólo cuestión de tiempo. Pero en el medio están aquellos que creen que esta protesta será clave para que, cuando llegue esa próxima vez, el resultado no se repita.

«Hay que investigar por qué nos llevó 30 días y no tres ganarle a Hezbollah», dice el abogado Eliad Shraga, que encabeza el Movimiento por un Gobierno de Calidad, una agrupación que instaló sus carpas de protesta no lejos de los reservistas. «Somos mejores que esos terroristas, pero si nos guía un gobierno de inexpertos no llegaremos a nada», agrega.

Común denominador

En medio de la manifestación hay un común denominador: todos opinan que la guerra contra Hezbollah era imprescindible y justa, pero que fue mal conducida por el gobierno. Sin embargo, hay matices.

Lior Dinmez, un reservista de 28 años, encargado junto con otros de organizar la protesta, no habla de victoria sobre Hezbollah de manera tan tajante. «Ganamos por puntos, no por knockout», dice, parafraseando al comandante del ejército israelí, Dan Halutz. «Podríamos haber hecho un trabajo mucho mejor. Aunque ganamos y los soldados tuvieron un buen desempeño, los de arriba se durmieron y ahora tienen que hacerse responsables de eso.»

No son pocos los que opinan como Sharon Reuven, de 32 años, que con una voz sumamente pausada lanza un mensaje muy duro contra el gobierno: «Cuando dejé a mi esposa y a mi hijo, en el momento de ser reclutado de urgencia, sentía que iba a una guerra de la que quizá no volvería. Pero fui porque sabía que era para defender el norte de Israel. Ya en el Líbano, la sensación fue que el gobierno limitaba a los soldados y no les permitía asestar el golpe definitivo a Hezbollah. Como si estuviese más preocupado por rendirle cuentas a Europa que a la propia población israelí. Los soldados querían luchar como se debe, pero el gobierno los frenó».

Lejos del campo de batalla, pero con la sensación de que su conciencia «había sido reclutada», Ronen, agricultor del Moshav Ketahin, en el sur de Israel, aclara que sus problemas de columna le impidieron luchar en el Líbano junto con sus compañeros. «Pero lo que sentían mis amigos también lo sentí yo desde aquí», aclara. Y enseguida denuncia: «Esto fue un fracaso. ¿Por qué dijeron de antemano que no era posible aniquilar a Hezbollah? Una bala a cada uno y punto. Pero no supieron hacer las cosas, y por eso yo me instalé aquí, a pesar de que estoy lejos de mi mujer y mis dos hijos. No podía dejar que otro saliera a protestar por mí».

Moti Yelin, que también se instaló para dar su apoyo, no tiene dudas. «Esto es el comienzo del fin del gobierno de Olmert. No hay otra. No queremos otra vez la sensación de impotencia que soportamos durante 33 días, bajo una lluvia de 3800 misiles, escondidos en los refugios. Por eso, sin trampas y sin perder tiempo, los responsables que no supieron lidiar con esta situación se deben ir a casa.» Y agregó: «Esta revolución recién comienza».

Nadie parece dudar de que habrá otra guerra. Los que reclaman una investigación oficial o, directamente, la renuncia del primer ministro Olmert y del titular de Defensa, Amir Peretz, quieren asegurarse de que en el gobierno haya gente capaz de dirigirla.

Ronen admite que hoy no se le ocurre ninguna alternativa mejor para ocupar esos puestos. «Pero eso es irrelevante, porque el próximo se cuidará más. Sabrá que el pueblo lo estará observando.»
La Nacion

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